El sábado 20 de septiembre de 2025, Bogotá vivió la apertura de la Bienal Internacional de Arte y Ciudad BOG25. En el centro del evento, 15.000 flores donadas por cultivadores de la Sabana de Bogotá, bajo la coordinación de Asocolflores y la Secretaría de Cultura se tomaron el eje ambiental con la intervención “Canto del río”, con el propósito de ‘devolver’ la vida al Eje Ambiental, obra que lideró Rogelio Salmona y que antes fue la Avenida Jiménez, el río San Francisco y el río Vicachá, uno de los ríos fundacionales de Bogotá bautizado así por los muiscas y que traza el recorrido central de BOG25.
La instalación no fue solo un gesto estético: buscó transmitir un mensaje de reconciliación, unión y respeto por la vida en la ciudad. Cada flor se concibió como un símbolo de palabra no dicha o herida por sanar, en un espacio público que históricamente ha sido escenario de vida, protesta y resistencia.
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Para Augusto Solano Mejía, presidente de Asocolflores, el aporte del gremio tuvo un valor cultural y social, pues “desde tiempos inmemoriales, las flores han inspirado a artistas de todas las disciplinas. Con esta donación celebramos la reconciliación y la unión, honrando el trabajo de 240.000 empleados que hacen posible exportar flores colombianas a más de 100 países”, dijo.
Y luego de las flores, ¿Qué va a pasar?
Si bien la instalación generó impacto visual y emocional, su final no estaba escrito. Para evitar que las 150.000 flores terminaran en el relleno sanitario de Doña Juana, la Secretaría de Cultura encomendó a Más Compost el proceso de retiro y también el aprovechamiento de los residuos.
La empresa, fundada en 2018 por Jessica Rivas Sánchez, se ha consolidado como pionera en el manejo de residuos orgánicos bajo principios de economía circular. Su modelo funciona con un esquema de membresías que ofrece a familias y empresas un servicio semanal de recolección de residuos crudos y cocidos. Todo el material se transforma en compost a gran escala, evitando su disposición en el botadero.
Actualmente, Más Compost atiende a unas 2.800 familias y 150 empresas, entre ellas el Aeropuerto El Dorado, Adidas y Cruz Roja Colombiana. Según Rivas, el impacto ambiental es notable, pues “estamos salvando alrededor de 350 toneladas del botadero, lo que reduce la generación de lixiviados y metano. En cambio, logramos transformar los residuos en abono natural que vuelve a los hogares, se dona a campesinos de la ruralidad o se convierte en insumo para huertas comunitarias”.
Recolección de las flores de Canto del río Foto:Mascompost
Un proceso educativo itinerante
De acuerdo con Rivas, el cierre de Canto del río se convirtió, sin proponérselo, en una experiencia pedagógica. Durante el retiro, que inició en la madrugada del miércoles 23 de septiembre a las 4 de la mañana y se extendió hasta las 10 de la mañana, peatones y visitantes se acercaron a preguntar qué sucedería con las flores y cómo funcionaba el compostaje.
“Fue muy bonito porque se transformó en un espacio de formación en vivo. La gente descubría que un residuo orgánico no necesariamente tiene que ir a la basura, y entendía cómo esas flores se convertirán en abono para el suelo de la ciudad”, relató Rivas.
El proceso permitió visibilizar la importancia de los residuos como recurso, y no solo como desecho, y reforzó el mensaje de la Bienal sobre la necesidad de construir ciudad a partir de la reconciliación y el cuidado colectivo.
Recolección de las flores de Canto del río Foto:Mascompost
El material recolectado equivale a tres toneladas de flores, que serán transformadas en cerca de media tonelada de abono natural. Según el acuerdo con la Secretaría de Cultura, ese compost regresará a la ciudadanía en forma de insumo para huertas comunitarias y espacios verdes de la capital.
La intención es que el ciclo quede claro: lo que un día fue arte y celebración pública, mañana se convierta en fertilizante que nutre la tierra. “Es la manera de hacer tangible la circularidad. La flor que alguien disfrutó en el Eje Ambiental podrá regresar a su barrio como alimento para el suelo”, explicó Rivas.
Bienal Arte Foto:Archivo El Tiempo
Más Compost cobra a los hogares una membresía mensual de 58.000 pesos y a restaurantes y pymes entre 72.000 y 100.000 pesos, dependiendo de la frecuencia y el volumen de residuos. La empresa genera 25 empleos directos, principalmente para jóvenes recién graduados, y su meta es abrir un centro de investigación para explorar otros usos de los residuos orgánicos, como biogás o biomasa.
Además del servicio comercial, la compañía dona entre 200 y 500 kilos de abono cada mes a campesinos de Usme y Sumapaz, contribuyendo a la sostenibilidad de la agricultura en zonas rurales de Bogotá.
El desafío, según Rivas, está en que la ciudad dé el salto regulatorio hacia la circularidad. “Nuestro negocio prosperará en la medida en que haya una tarifa para los orgánicos y un compromiso institucional claro. Mientras tanto, seguimos avanzando con familias y empresas conscientes, que deciden pagar un extra para garantizar que sus residuos no vayan al botadero”.
La Bienal de Arte se convirtió en un escenario inesperado para mostrar la economía circular en acción. Lo que para algunos era el final de una instalación artística, para otros fue el inicio de un proceso de transformación y educación.
De cara al cierre de la Bienal, previsto para noviembre, Más Compost regresará con el abono transformado. La expectativa es entregar cerca de 500 kilos de fertilizante a proyectos comunitarios. La Secretaría de Cultura estudia abrir espacios de voluntariado para que la ciudadanía participe en la distribución y aproveche el producto.
Recolección de las flores de Canto del río Foto:Mascompost
Rivas asegura que será un momento simbólico, “las flores que representaron unión y reconciliación volverán a la ciudad convertidas en alimento para el suelo. Es un mensaje claro de que la circularidad no es un discurso lejano, sino una práctica posible”.
Rivas apunta que la cofundadora reconoce que el reto está en cambiar la mentalidad de instituciones y ciudadanos. En la actualidad, la mayor parte de los residuos orgánicos de Bogotá terminan enterrados en Doña Juana, pero la experiencia en la Bienal abre la puerta a nuevas alianzas: eventos culturales, festivales gastronómicos y grandes superficies podrían integrar la circularidad de los residuos en su gestión.
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