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No ganan casi nunca: si pierden un clásico todas las miradas apuntan a los entrenadores, pero si ganan por goleada no son ellos sino sus jugadores los que acaparan las portadas. Y es el más puro acto de justicia al final pues el fútbol, toda la vida, fue de quienes se paran en la cancha. De nadie más.
‘La nevera llena’ de los paisas
Es así como ver a un novato Diego Arias parado en la raya, aplaudiendo en primera fila el 5-2 que los suyos le propinaron a Independiente Medellín, termina produciendo envidia. Y no porque Marino Hinestroza por fin se encendió, porque recordó cómo juntarse con Román o porque a Tesillo le rindió igual en el área propia y en la rival. O bueno, no solo por eso.
Nacional vs. Medellín Foto:Atlético Nacional
Es porque cada vez que mira al campo los destellos de las estrellas lo bendicen y cuando se da vuelta y ve el banco tiene superávit de opciones para jugar incluso a otra cosa si así se le antoja. Es el único, tal vez junto a Alfredo Arias en Junior, que puede darse semejante vida.
Si se cansa Cardona va Batista, si es Sarmiento el que no llega puede ir Bauzá, si hay problemas con Uribe o le falta un compañero fiable al central, qué tal un par de terceros del Mundial Sub 20 como García y Rivero. Es la felicidad de no tener problemas porque antes de que vengan ya habrá soluciones. Y es que en Nacional siempre ganaron todos, hasta el cuestionado Jhon Bodmer, porque la nómina le queda muy grande al nivel del fútbol local. Diego Arias, impecable hasta aquí, no tendría por qué ser la excepción.
Después, el marco de esa pintura es una afición verde y roja junta, que se rinde ante la autoridad del mejor, conviviendo en el mismo estadio como tiene que ser. Antioquia es todo lo que está bien cuando se habla de un clásico.
Nacional vs. Medellín Foto:Atlético Nacional
‘La nevera vacía’ de los cachacos
Y esa abundancia, que es casi humillante en términos de recursos, contrasta de manera abrumadora con lo que pasa en Bogotá.
Un par de equipos armados desde la precariedad, amarrados en la cancha, en la raya y hasta en las oficinas de sus directivos, termina ofreciendo un espectáculo a esa imagen y semejanza: 90 minutos de torpeza, de malas decisiones, de falta de libreto y de autoridad y, lo que es peor, de talento que se rebele cuando todo juega en contra.
Son patadas a falta de ideas y nada más que ganas, que sin fútbol saben a nada. Por eso un jugador de 38 años que viene de lesión y que aparece a cuenta gotas como David Mackalister Silva es Wolverine, el héroe de la película al que se le cae una idea y es como para salir en carro de bomberos. Qué poco hace falta para sentirse satisfecho viendo a Millonarios y Santa Fe.
Santa Fe vs. Millonarios Foto:Sergio Cárdenas. EL TIEMPO
Se llama improvisación y se nota más cuando les ponen encima el rótulo de ‘clásico’. La tabla, al final, es solo un espejo: el que juega está clasificado y en la punta, el que no hace ni lo uno ni lo otro está fuera. Si el milagro se consuma alguno podría estar en cuadrangulares porque el formato premia la mediocridad. Pero qué poco hay para presumir de eso que los dueños del negocio llaman ‘el producto’: la liga con más expulsiones en el mundo, la que expone a juveniles por no pagar salarios ante la solidaridad gremial, la que juega en potreros, la que les cobra a las promesas sus pésimos manejos dirigenciales… Suerte que existe el clásico paisa, lo único que hay para mostrar.
Opinión
Jenny Gámez
Editora de Futbolred
@JennyGamezA
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