Era previsible que en una cumbre dedicada al cambio climático la gran mayoría de los automóviles asignados a las delegaciones participantes fueran sostenibles y estuvieran impulsados por energía eléctrica. Sin embargo, pocos anticipaban que las marcas que se observaron circulando la semana pasada por la ciudad brasileña de Belém, sede de la reunión de la COP30 de Naciones Unidas, no fueran estadounidenses, europeas o japonesas, sino principalmente chinas.
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Y efectivamente, así fue. Por ejemplo, el anfitrión Lula da Silva utilizó una de las 30 camionetas Sung Pro proporcionadas por la multinacional BYD –originaria de Shenzhen– que fueron fabricadas en la planta que esta tiene en el estado de Bahía. Varios de sus colegas optaron por parte del centenar de vehículos donados por el conglomerado GWM –con sede principal en una ciudad satélite de Pekín– cuya fábrica en el país suramericano se localiza en el estado de São Paulo.
BYD Foto:BYD.
Este aspecto puede parecer insignificante, pero la composición de la flota de transporte resalta aún más la carencia de una delegación de alto nivel de Estados Unidos, por decisión expresa de la Casa Blanca. Además, transmite el mensaje de que al Tío Sam le ha tocado compartir lo que, durante tanto tiempo, consideró su patio trasero.
Aunque la imagen cuenta con múltiples matices, es innegable que China continúa adquiriendo relevancia al sur del Río Grande. Sin embargo, a diferencia de lo que sucedió en décadas anteriores, cuando el intercambio comercial predominó, los fundamentos de esa relación ahora van más allá del ámbito económico y abarcan otros aspectos que incluyen la cooperación militar.
Tales aproximaciones han generado incomodidad en Washington desde hace tiempo, dando lugar a presiones más o menos sutilezas. También en otras épocas dieron pie a promesas de trato preferencial hacia los latinoamericanos, en cuestiones de acceso a mercados o inversiones, con el fin de mantener a las ovejas dentro del redil.
Sin embargo, desde enero pasado, cuando Donald Trump asumió nuevamente el poder, las tensiones se incrementaron tras implementar los principios del America First, que solo toma en cuenta lo que le resulta conveniente al mandatario. Con su estilo particular, este ha utilizado mucho más el garrote que ofrecer alguna zanahoria, tal como ocurrió con Panamá.
Quizás a excepción de Argentina –la cual recibió un apoyo crucial que le permitió sortear una situación cambiaria bastante complicada– o de El Salvador –que abrió sus prisiones para recibir a cientos de deportados– en las otras capitales las quejas sobre los abusos del Coloso del Norte son abundantes. El caso de Colombia, cuyo presidente fue despojado de visa e incluido en la lista Clinton, tras
provocar en múltiples ocasiones a Trump, indica que otros vientos soplan por el hemisferio.
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No solo consiste en hablar más fuerte o en imponer sanciones. La creciente presencia de tropas, embarcaciones y aviones estadounidenses en el Caribe introduce un nuevo capítulo repleto de incertidumbres. Además del hundimiento de barcos para frenar el tráfico ilegal de drogas, existe la amenaza armada que pesa sobre el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela.
Cumbre entre el líder de Estados Unidos, Donald Trump, y el presidente de China, Xi Jinping Foto:AFP
Esto ha incrementado las inquietudes, así como el deseo de establecer lazos en otras regiones con el objetivo de reducir los peligros. Siendo conscientes de que deslindarse completamente de la esfera estadounidense resulta casi inviable para la mayoría, debido a razones que van desde la ubicación geográfica hasta vínculos forjados a lo largo de décadas, consolidar alianzas alternativas se presenta como una opción deseable.
Frente a esta intención, surge la interrogante de qué se puede anticipar de Pekín en estos momentos. Los analistas advierten que no se trata de sustituir una potencia cercana por otra más lejana, sino de saber manejar las cartas que posee la región y comprender lo que sucede al otro lado del océano Pacífico. Este consejo es especialmente pertinente para la diplomacia colombiana y para los aspirantes a reemplazar a Gustavo Petro el próximo 7 de agosto.
Cambio de enfoque
“China ha entrado en una nueva etapa en su compromiso con América Latina”, escribió en Americas Quarterly hace un mes Margaret Myers, académica y asesora del Diálogo Interamericano, un think tank en Washington. Más allá de la búsqueda de recursos naturales y mercados para sus exportaciones, el gigante asiático “evoluciona hacia un enfoque más concreto y estratégico”.
Esto no implica que el comercio haya quedado relegado. El año pasado, el intercambio entre la región y la economía china superó los 518.000 millones de dólares, 43 veces más que al inicio del presente siglo. Para Chile, Brasil o Perú, la nación comunista ocupa la primera posición, tanto en términos de exportaciones como de importaciones.
Dicha situación se relaciona con el hecho de que esta parte del mundo es excedentaria en bienes primarios, ya sean minerales o alimentos, que son cruciales para un país que no es autosuficiente en esas categorías. Al mismo tiempo somos grandes consumidores de bienes de capital y de consumo, desde maquinaria hasta televisores y teléfonos celulares, producidos a precios altamente competitivos por una gran industria.
Por otro lado, las prioridades de Pekín han cambiado. Myers explica que…
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Si a inicios de la década anterior se priorizó el progreso de la infraestructura de transporte como una herramienta de política exterior –lo que se manifestó en iniciativas como el metro de Bogotá o el puerto de Chancay en Perú–, en la actualidad la atención se centra en la tecnología innovadora, como en el ámbito de las telecomunicaciones o la producción de energía mediante paneles solares.
También han quedado atrás los periodos en los que se otorgaban créditos en abundancia. La experiencia con Venezuela –que recibió miles de millones de dólares en financiamientos– no ha sido la más favorable, y aunque todavía existe la posibilidad de nuevas transacciones, el criterio para la aprobación de estas es financiero y no político. Al mismo tiempo, en lo que se refiere a inversiones, los recursos se dirigen hacia áreas clave como la extracción de litio o las plantas de automóviles eléctricos en Brasil.
Ciudadanos en Beijing toman precauciones y continúan utilizando mascarillas. Foto:EFE
Este último país, cabe mencionar, ha sabido aprovechar esa relación. Cuando hace unos meses la Casa Blanca incrementó al 50 por ciento los aranceles de los productos brasileños que ingresan a Estados Unidos como represalia por el tratamiento que la justicia le otorgaba al expresidente Jair Bolsonaro (quien más tarde sería sentenciado), Brasilia logró vender la mayor parte de su abundante cosecha de cereales a China y mantener su economía a flote.
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A cambio, los sacrificados fueron los agricultores estadounidenses que se mostraron furiosos con Trump. Las presiones internas de los agricultores permiten comprender la tregua firmada entre el presidente estadounidense y Xi Jinping a finales de octubre, que incluye la reapertura de las exportaciones de granos.
Incluso los que están más cercanos a Washington se cuidan de no antagonizar a Pekín. Argentina, que también comercializa una gran cantidad de soya, no solo flexibilizó los visados para los ciudadanos chinos, sino que autorizó una ruta aérea que conectaría a Buenos Aires con Shanghái –tras una escala en Oceanía– en lo que sería el vuelo comercial más extenso del mundo.
Gestos de esa índole no ignoran que existen puntos de fricción. Por poner un ejemplo, hay un exceso de capacidad instalada en la producción de acero global y China es, con diferencia, el principal productor.
Si se añaden las restricciones impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea, el resultado es la llegada a América Latina de más envíos del derivado del hierro que amenazan a las fábricas locales. Como respuesta, varias naciones de la región han implementado medidas compensatorias, a pesar de las protestas desde el otro lado del océano.
No obstante, el haber donado millones de dosis de vacunas durante la pandemia es recordado aún como un gesto de buena voluntad. A pesar de barreras como distancia, idioma y cultura, la percepción hacia China es más positiva que negativa, según Latinobarómetro.
Otroritmo
Es en medio de tales situaciones que Colombia procura interpretar una partitura diferente. Después de cuatro décadas y media de relaciones bilaterales formales, los lazos se han consolidado, aunque en una medida divergente a la que se observa en la región.
Sin duda, la gran tarea pendiente radica en el comercio exterior. En contraposición a lo que sucede en zonas adyacentes, nuestras exportaciones son relativamente modestas y están concentradas en escasos sectores.
De acuerdo con el Dane, al finalizar septiembre, las ventas a China alcanzaron 1.179 millones de dólares, lo que representa una disminución del 38 por ciento respecto a los primeros nueve meses de 2024. Este descenso se debe al sector de combustibles, pero el inconveniente trasciende y se relaciona con una oferta restringida. Las comparaciones son incómodas, pero mientras que más de un tercio de las exportaciones de Chile van a ese destino, en nuestro caso, el porcentaje apenas supera el 3 por ciento.
Ministerio de Comercio Foto:Ministerio de Comercio
Por si fuera poco, las importaciones son abundantes, lo que resulta en un desequilibrio considerable. Hasta agosto, el déficit en la balanza comercial alcanzó los 10.506 millones de dólares, una cifra que promete convertirse en un nuevo récord al cierre del año y presenta múltiples retos.
Tal disparidad indudablemente influyó para que fuéramos invitados de honor a lo que se describe como la feria de importaciones más vasta del mundo, la cual se inauguró la semana pasada en Shanghái. Quizás esto ayude a que se le otorgue la aprobación sanitaria a la carne de pollo y cerdo de granjas colombianas, que buscan ingresar al mercado chino, aunque no hay certezas de que esto ocurra.
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Mientras tanto, no queda más opción que dar mayor relevancia al asunto en la política pública. El inconveniente es que lo que debería ser una estrategia estatal a largo plazo ha quedado atrapada en la complejidad de la contingencia, a causa de la brecha que se abrió entre Bogotá y Washington. Durante una visita de Gustavo Petro a Pekín en mayo, Colombia se unió a la Iniciativa de la Franja y la Ruta que promueve proyectos de infraestructura global para mejorar la conectividad con China, algo que no pasó inadvertido en la capital estadounidense.
Incorporarse a ese grupo que incluye a numerosos países no tiene nada de malo, aunque el financiamiento destinado a Latinoamérica sea muy escaso. Lo que resulta perjudicial es convertir el acercamiento en un estandarte del Pacto Histórico.
Como destacó en una columna en El Espectador el abogado Guillermo Puyana, quien preside la Asociación de la Amistad colombo-china, “se está distorsionando la prolongada tradición de pragmatismo y consenso político en torno a China, con efectos negativos a largo plazo”. Añadió que
Aparte de alcanzar consensos entre los distintos grupos políticos, es necesario “eliminar la conexión de la contienda electoral nacional, de modo que con un cambio de administración (…) no terminemos retrocediendo de manera dolorosa y diplomáticamente onerosa bajo la premisa equivocada de que la sincronización de nuestros intereses nacionales con Estados Unidos solo puede ocurrir en detrimento de nuestros intereses nacionales con China”.
Retomar el camino adecuado implica crear un plan estratégico. Para la profesora Diana Gómez, jefa del Doctorado en Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional, “es indispensable establecer una política de acercamiento desde Colombia hacia China, ya que las oportunidades económicas y comerciales son evidentes”. Añade que “es necesario estructurar y dar pasos sistemáticos a lo largo del tiempo, pues la situación internacional es favorable para diversificar las alternativas que poseemos y ampliar el ámbito de acción en relación con la política exterior”.
Aprender de las experiencias exitosas ajenas podría ser útil, al igual que establecer objetivos concretos. El desbalance comercial actual puede propiciar iniciativas productivas de capital conjunto que busquen equilibrar las condiciones de competencia.
Sin embargo, lo más importante es actuar. “Un recorrido de mil millas inicia con un solo paso”, dice un antiguo proverbio chino.
RICARDO ÁVILA PINTO
Colaborador especial para EL TIEMPO
En X: @ravilapinto

