Colombia
liderazgo, cuidado y resistencia en el corazón del TransMilenio

A las 1:30 de la madrugada, mientras buena parte de la ciudad duerme, Mireya Santos ya está despierta. Vive en el sur de Bogotá y debe cruzar la ciudad para llegar a Fontibón, donde conduce un autobús alimentador del sistema TransMilenio. Tiene 34 años, un hijo de nueve con autismo y una rutina marcada por el reloj, el cansancio y una red de apoyo familiar que le permite sostener el trabajo.
LEA TAMBIÉN
“Es difícil, pero me gusta manejar. Yo le meto amor a esto”, dice Mireya, mientras ajusta su jornada a las terapias de su hijo ya los tiempos del sistema. Su historia, sin embargo, no ocurre en el vacío. Se inscribe en un país donde, incluso cuando el empleo muestra señales de recuperación, las mujeres siguen cargando con las mayores barreras para acceder y mantenerse en el mercado laboral formal.
Mireya integra el grupo de 1.032 mujeres que hoy se desempeñan como operadoras en el sistema TransMilenio, una cifra que revela la persistente brecha de género: ellas representan apenas el 4,18 % de los 24.674 operadores que mueven a diario la ciudad.
En el panorama laboral colombiano, estas trayectorias individuales se inscriben en un contexto aún marcado por profundas desigualdades de género. Aunque el mercado de trabajo mostró una mejora general en agosto de 2025, con una tasa de desempleo nacional que descendió a 8,6 %, la más baja para un mes de agosto desde 2001, las mujeres no han experimentado esta recuperación en igualdad de condiciones.
Según datos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), mientras la economía empieza a mostrar señales de estabilización, las brechas laborales persisten y afectan de manera desproporcionada a las mujeres.
Cuando Mireya toma el volante, no solo conduce un autobús: administra tiempos, emociones y responsabilidades que empiezan mucho antes de que la ciudad se despierte. Su jornada no se mide únicamente en kilómetros recorridos, sino en la precisión con la que logra articular el trabajo remunerado con el cuidado de su hijo.
Mireya Santos combina el trabajo en TransMilenio con el cuidado de su hijo con autismo Foto:Cortesia.
En un sistema histórico pensado mentalmente desde la lógica masculina del turno completo y la disponibilidad total, su experiencia revela otra cara del transporte público: la de las mujeres que sostienen el servicio mientras sostienen, al mismo tiempo, la vida.
Como Mireya, otras mujeres llegan de madrugada al patio Fontibón I – Refugio, el primer patio de autobuses completamente eléctricos del sistema. Allí, entre luces blancas, pantallas de control y el sonido constante de los vehículos, se cruzan historias que durante años fueron excepcionales y hoy empiezan a ser visibles. No porque sean mayoría, sino porque han logrado permanecer en un entorno que normalmente les era negado.
Rosa Neva: “Aprendí a liderar en un mundo de hombres”
Rosa Neva tiene 36 años y lleva 12 en el sistema. Llegó muy joven, proveniente del campo boyacense, sin experiencia previa en transporte y con un hijo de apenas un año. Empezó como auxiliar de operaciones coordinando una pequeña flotilla. Hoy es coordinadora de operaciones y seguridad vial. Su historia no es lineal ni cómoda: está hecha de turnos nocturnos, aprendizaje acelerado y una maternidad atravesada por la exigencia laboral.
“Cuando entré, el solo hecho de ser mujer en operaciones era raro”, recuerda. No había coordinadoras. Los cargos de mando estaban ocupados por hombres. A Rosa le advirtieron que el ambiente era “fuerte”, que compartir con tantos operadores podía ser problemático. Dudó. Pensó que no la llamarían. La llamaron. Y tuvo que demostrar, desde el primer día, que podía liderar sin perder el respeto y que la autoridad no dependía del género.
Rosa Neva es coordinadora de operaciones y seguridad vial tras empezar como auxiliar. Foto:Cortesia.
Ese proceso no estuvo libre de miedo. “Claro que tuve muchos miedos”, dice. No solo por ser mujer, sino por llegar a un sistema que desconocía por completo. Sin embargo, el crecimiento profesional fue también un crecimiento emocional. Rosa sacó adelante a sus hijos, estudió, se sostuvo. “Me demostró que podía sola”, afirma, aunque aclara que en el camino hubo acompañamientos clave.
Viviana Delgado: “Ninguna llega sola”
Uno de esos apoyos fue Viviana Delgado, hoy directora de gestión humana, es otra mujer que creció dentro de la organización y que se convirtió en un referente de liderazgo. “Ella fue la que me impulsó a estudiar, a superarme”, cuenta Rosa. Esa relación entre mujeres —hecha de respaldo, mentoría y confianza— no suele aparecer en los informes oficiales, pero resulta fundamental para entender por qué hoy hay más mujeres ocupando cargos de decisión en el sistema.
Viviana Delgado hoy ocupa un cargo directivo, impulsando el liderazgo femenino en áreas operativas. Foto:cortesia
Las cifras, sin embargo, muestran que el camino sigue siendo desigual. Según datos oficiales de TransMilenio SA, hay 1.032 mujeres vinculadas como conductoras al sistema y más de 23.000 hombres, es decir, solo representan el 4,18 %. Su presencia es mayor en áreas administrativas y de atención al usuario, mientras que en los cargos operativos, técnicos y de mantenimiento continúa siendo minoritaria.
Por otra parte, según la recogida de información por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) y de otros informes sectoriales, advierte que la segregación ocupacional por género sigue marcando el mercado laboral, especialmente en sectores asociados históricamente a la fuerza física, la técnica y el liderazgo.
Esa segregación no es producto del azar. Como explica la abogada y docente universitaria Katherin Castellanos: “los estereotipos de género son ideas socialmente establecidas que asignan a los hombres unos comportamientos, habilidades y campos de desempeño distintos a los que se asignan a las mujeres”.
Según la experta, mientras a los hombres se les asocia con la dirección y lo público, a las mujeres se las sigue vinculando con el cuidado y lo privado.
En el caso de la conducción, Castellanos desmonta uno de los prejuicios más arraigados. “No se trata de capacidades intelectuales o físicas”, señala, sino de oportunidades.
“A los hombres se les enseña a conducir desde jóvenes, mientras que muchas mujeres aprenden después de los 30, cuando ya tienen independencia económica”. Esa diferencia implica menos años de práctica y explica por qué persisten imaginarios que estigmatizan a las mujeres conductoras.
Paradójicamente, los datos muestran otra realidad. Castellanos recuerda que estudios de compañías aseguradoras evidencian que las mujeres presentan menos accidentes de tránsito que los hombres, una diferencia asociada a una conducción más prudente y al respeto por las normas.
“Muchas veces conducimos con nuestros hijos y eso genera una conciencia mayor sobre el cuidado”, explica. En el sistema TransMilenio, esa prudencia se traduce en trayectos seguros que se reconocen como un aporte diferencial.
Luz Ángela Martínez: “El taller también puede tener rostro de mujer”
En el taller de mantenimiento del patio Fontibón I – Refugio, esa lógica del cuidado se expresa de otra forma. Luz Ángela Martínez, ingeniera de producción y especialista en gerencia de mantenimiento, es la jefa del área. Tiene 37 años y más de 13 de experiencia. En un equipo alrededor de 40 personas, solo seis son mujeres. Ella es la única mujer en un cargo directivo dentro del taller.
“En otros trabajos me costó muchísimo ascender”, cuenta. Las vacantes solían estar dirigidas específicamente a hombres. Aquí ocurrió lo contrario: buscaron una mujer para liderar el área. Su llegada no solo transformó la estructura del equipo, sino también la manera de ejercer la autoridad. Luz Ángela habla de límites claros, respeto mutuo y una cercanía que no se confunde con permisividad.
Luz Ángela Martínez es la única mujer en la dirección del taller del patio Fontibón I – Refugio. Foto:cortesia
Ese tipo de liderazgo ha permitido construir un ambiente laboral donde, según relata, no se tolerarán bromas de doble sentido ni violencias simbólicas. La organización, explica, ha trabajado en la formación de los técnicos desde un enfoque de respeto y empatía. Esa apuesta no es menor en un sector donde históricamente el machismo ha sido normalizado.
Aún así, Luz Ángela reconoce que el miedo sigue siendo una barrera para muchas mujeres que podrían entrar al área de mantenimiento. “El límite más grande que tenemos es el miedo”, dice. Su mensaje es directo: estudiar, prepararse y atreverse. No porque sea fácil, sino porque es posible.
Ese miedo también aparece en las historias de ascenso. Como explica Katherin Castellanos, en los sectores tradicionalmente masculinos “los hombres suelen resentir la autoridad de las mujeres”, lo que genera ambientes hostiles que dificultan el ejercicio del liderazgo femenino. Ese contexto explica por qué muchas mujeres dudan antes de asumir cargos de mayor responsabilidad.
Sostener la ciudad: la doble jornada que no se ve
A esa dificultad se suma la carga del cuidado. Según datos del DANE, las mujeres en Colombia dedican el doble de tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Castellanos lo define como una “doble jornada” y agrega un tercer componente: la carga mental. Pensar en horarios, citas médicas, reuniones escolares, alimentación, pagos. “Aunque los hombres ayudan, la carga mental suele seguir recayendo en las mujeres”, advierte.
En el sistema TransMilenio, Muchas trabajadoras cumplen turnos rotativos, nocturnos o de madrugada. Compatibilizar esos horarios con la maternidad exige redes de apoyo sólidos y, en algunos casos, comprensión institucional. Mireya lo resume con sencillez: sin su familia, no podría sostener el trabajo. Esa realidad pone sobre la mesa una pregunta estructural: ¿cómo se piensa el trabajo cuando quien lo desempeña también cuida?
El patio Fontibón I – Refugio no solo representa una apuesta tecnológica y ambiental por la movilidad eléctrica. Es también un espacio donde se ensaya otra forma de presencia femenina en el transporte público. Todavía son pocas. Todavía deben demostrar más. Aún cargarán con miedos y responsabilidades adicionales. Pero están.
Rosa lo dice con claridad: “Antes, a una mujer no le hacían caso. Hoy hay coordinadoras, directoras, operadoras”. Ese cambio no es casual ni automático. Es el resultado de años de trabajo silencioso, de mujeres que llegaron cuando no había referentes y que hoy se han convertido en uno.
Cuando Mireya termina su turno, la ciudad ya está en marcha. Su hijo la espera. El cansancio se acumula. Pero también el orgullo. “Yo le meto amor a esto”, repite. En ese gesto cotidiano —conducir, liderar, reparar, coordinar— estas mujeres no solo mueven autobuses. Mueven los límites de lo posible en un sistema que, poco a poco, empieza a parecerse más a la ciudad diversa que recorre.
Ángela María Páez Rodríguez
Para Redacción Bogotá
Redes sociales: @angelsintildes







