Colombia
las voces de quienes lo usan 25 años después

El autobús rojo llega lleno. No importa la hora: 7:00 de la mañana, al mediodía o caída la noche, siempre hay alguien agarrado a un tubo, mirando el celular, vendiendo alguna que otra menta o lima para las uñas o calculando si alcanzará a bajar antes de que cierren las puertas.
En una estación de TransMilenio, el día comienza con empujones contenidos, maletas cruzadas al pecho y un tipo de coreografía para no perder el equilibrio entre tantos que están en las mismas.
LEA TAMBIÉN
El pitido de las puertas, el anuncio por parlantes y el golpe seco de los torniquetes marcan el ritmo de una ciudad que se mueve todo el día, todos los días.
Aquí, el tiempo no se mide en minutos sino en filas, en autobuses que llegan llenos y en miradas de preocupación para llegar a tiempo al lugar que sea.
El sistema nació como respuesta a una crisis. Foto:EL TIEMPO
“TransMi”, como muchos así le dicen, cumple 25 años. Y después de todo este tiempo, sigue siendo el pulso diario de Bogotá, es allí donde toda la ciudad se encuentra, se cansa y se reconoce.
Su historia no solo está en los kilómetros de troncal o en las cifras oficiales, sino en las voces de quienes lo usan todos los días.
“TransMilenio hace parte de mi día a día, ya que todos los días para ir a trabajar debo utilizarlo”dice Andrés Romero, mientras recuerda las tardes eternas en la estación Pepe Sierra. “A las 5 o 6 de la tarde uno se demora al menos 30 o 40 minutos solo para poder entrar. Es inseguro y no hay acompañamiento policial”.
Andrés Romero es agente de call center y la estación que más utiliza es Pepe Sierra.
El sistema nació como respuesta a una crisis. Durante décadas, Bogotá creció más rápido que sus vías. En los años 60, cuando la ciudad apenas superaba el millón de habitantes, el transporte urbano todavía era manejable. Para 1967, se movilizaron 2.679 autobuses más de 1,6 millones de pasajeros diarios.
Para 1967, se movilizaron 2.679 autobuses más de 1,6 millones de pasajeros diarios. Foto:EL TIEMPO
Pero el aumento de la población, del parque automotriz y la falta de infraestructura colapsaron un modelo privado, desordenado e ineficiente. A finales de los 90, moverse por la ciudad era una tarea lenta, contaminante y desigual.
Fue entonces cuando TransMilenio apareció como promesa de orden y modernidad. Respeto por la vida, por el tiempo, por la diversidad y estándares internacionales: esos fueron los pilares con los que el sistema se inauguró el 18 de diciembre del año 2000.
Hoy, esa promesa convive con la rutina. Elkin Saavedra lo sabe bien. Usa TransMilenio todos los días desde hace más de 15 años. Habla mientras mira la pantalla que anuncia rutas retrasadas.
El sistema se inauguró el 18 de diciembre del año 2000. Foto:EL TIEMPO
“Para mí TransMilenio significa servicio. Dependiendo de él todos los días”, afirma. “Lo que más me gusta es la rapidez. Lo que menos, el desorden y la multitud”. Luego añade lo que muchos repiten: “La inseguridad en horas pico”.
Cuando el autobús finalmente llega, no siempre hay espacio. El ingreso es una negociación de quienes van con afanes para el trabajo, la universidad o una cita médica. El pasillo se llena, alguien pide permiso sin éxito y las puertas se cierran de golpe.
El vehículo arranca, a veces bruscamente, otras de la manera más tranquila posible. Mar como mar, la ciudad comienza a pasar por la ventana: edificios grises, ventas ambulantes, tramos de ciclorruta, barrios que cambian en cuestión de estaciones.
La palabra “conectividad” se repite entre quienes ven en el sistema una red que sostiene la rutina diaria. Lina Pardo lo resume así: “TransMilenio significa conectividad. Te deja cerca del trabajo, del estudio, de todo”. Pero también señala puntos críticos: “La inseguridad en estaciones como Ricaurte, la 22 o la 85 es algo que ya se conoce por cifras”.
Elkin Saavedra usa el servicio hace más de 15 años, todos los días.
El sistema, que hoy cuenta con más de 114 kilómetros de troncales, 143 estaciones y autobuses de tecnologías limpias, conecta extremos de una ciudad profundamente desigual.
En el mismo vagón viajan estudiantes, trabajadores, adultos mayores, técnicos, ingenieros y personas que apenas están aprendiendo a moverse en la capital.
Usuarios de TransMilenio Foto:EL TIEMPO
Sin embargo, la experiencia de viaje no siempre se traduce en esas cifras. Alejandro Mena, trabajador y usuario desde hace más de 15 años, lo dice sin rodeos: “Abarca casi toda la ciudad, sí, pero va muy lleno. Leía cambiar la seguridad y pondría más autobuses para que el transporte sea más rápido”.
Usuario frecuente de las estaciones Salitre-El Greco y avenida Chile.
Para los adultos mayores, TransMilenio es una mezcla de resignación y gratitud. María Victoria Quintero, de 69 años, lo usa desde que nació el sistema. “Es muy lleno, toca cuidar mucho los bolsillos, pero es muy rápido. En minutos llega uno a donde tenga que ir”, dice con una sonrisa tranquila. Cuando se le pregunta qué cambiaría, responde con calma: “Nada. Yo estoy conforme”.
María Victoria está pensionada y utiliza el servicio desde que abrió.
Las nuevas generaciones y los que no conocieron cómo era el desorden del transporte en Bogotá antes de TransMilenio, en cambio, lo miran con distancia. Gabriela Gómez, estudiante universitaria de 24 años, lo usa poco. “Hoy lo usé porque me tocó”, confiesa. “Lo bueno es que con un solo pasaje puedes ir a varios destinos. Lo malo: la cantidad de personas”.
Gabriela Gómez es estudiante de veterinaria
El sistema hoy cuenta con más de 114 kilómetros de troncales. Foto:EL TIEMPO
Entre quienes lo analizan con mirada técnica está Andrés Barros, ingeniero civil. Para él, el problema es claro: “La frecuencia de las rutas debería ajustarse al tránsito promedio diario. Con un análisis serio se podría mejorar mucho el servicio”.
Su trayecto de todos los días es de menos de media hora y demuestra que el sistema aún puede ahorrar tiempo, aunque no comodidad.
Andrés Barros es ingeniero civil y la estación que más usa es avenida Rojas
Incluso, desde adentro, la evaluación es ambigua. Ida Serna, funcionaria del sistema, define a TransMilenio como “una entidad que regula el transporte en la ciudad”. Destaca su agilidad y cobertura, pero reconoce fallas: “Los fines de semana las rutas se demoran más y la seguridad es algo que se debe mejorar”.
Cuenta con 143 estaciones y autobuses de tecnologías limpias. Foto:EL TIEMPO
Ida Serna es funcionaria de la empresa hace más de 5 años.
Al caer la noche, las estaciones vuelven a llenarse. Las personas regresan a sus casas cansadas, apretadas, con afanes. TransMilenio sigue ahí, sosteniendo a Bogotá, a pesar de sus grietas. 25 años después, el sistema no es solo autobuses y estaciones: es el lugar donde la ciudad se encuentra consigo misma, todos los días.
SARA MALAVER
Escuela de Periodismo MultimediaEL TIEMPO







