Colombia
¿Cómo la crisis en Venezuela podría agravar el orden público en el Catatumbo y poner a Colombia en alerta máxima?

En Cúcuta, la frontera nunca duerme del todo. Pero en la madrugada del viernes 3 de enero, el silencio tuvo otro peso. No era solo la hora ni la escasez de vehículos. Era la suma de mensajes que circularon en la noche, de alertas informales, informes de prensa y de la incertidumbre que volvió a instalarse tras los hechos ocurridos en Caracas.
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En una región acostumbrada a leer los movimientos del vecino país como señales propias, la zozobra se sintió antes del amanecer. La ciudad, y en general Norte de Santander, arrastra desde diciembre de 2025 un clima de tensión permanente por el recrudecimiento de la violencia en el Catatumbo, donde los enfrentamientos armados, las restricciones a la movilidad y el desplazamiento forzado han vuelto a poner en jaque la estabilidad regional. En ese contexto, cualquier sacudida externa se amplifica.
Desde las cinco de la mañana, la frontera empezó a moverse. El puente internacional Simón Bolívar dio paso a motocicletas, taxis y vehículos particulares que comenzaron a cruzar en ambos sentidos. El flujo, aunque vigilado, devolvió a Cúcuta una imagen conocida: la de la rutina fronteriza que persiste incluso en medio de la incertidumbre.
Así se ve la frontera entre Colombia y Venezuela en medio de la crisis. Foto:Andrés Carvajal. EL TIEMPO
A los costados del puente, taxistas esperaban pasajeros, viajeros ajustaban sus bolsos y organismos de socorro se ubicaron para observar y verificar. La normalidad no era plena, pero sí suficiente para marcar un contraste con las horas previas.
Entre quienes avanzaban a pie estaba Fanny Bermúdez, de 67 años, quien caminaba despacio junto a su esposo. Contó que un familiar la llamó desde Caracas en plena madrugada y que en su casa nadie pudo dormir.
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En San Antonio del Táchira, dijo, algunos comerciantes decidieron no abrir sus negocios ante la zozobra que se expandió desde la noche anterior. Para ella, lo ocurrido dejó sentimientos encontrados. Reconoció “una pequeña sensación de justicia”, pero aseguró que “la estructura del poder sigue intacta”. Añadió que, aunque muchos desean una Venezuela libre, “preocupa que vidas civiles terminen pagando el costo de una acción militar”.
No es un movimiento menor. De acuerdo con cifras de la Alcaldía de Cúcuta, por los pasos fronterizos de Norte de Santander cruzan en promedio más de 60.000 personas cada día. Se trata de una población flotante que entra y sale del país por razones laborales, comerciales, familiares o humanitarias. Durante diciembre de 2025, en algunos días ese flujo se incrementó de manera significativa y llegó a registrarse cerca de 250.000 cruces diarios, una presión constante sobre una frontera que rara vez se detiene.
Así se ve la frontera entre Colombia y Venezuela en medio de la crisis. Foto:Andrés Carvajal. EL TIEMPO
La tensión también se reflejó en las vías del Táchira. María José Saavedra viajó desde Rubio con su esposo y su hija de siete años y relató las dificultades para salir de Venezuela. Dijo que los transportadores se resistieron a circular por las carreteras y que quienes lo hicieron “duplicaron el valor del pasaje”.
Aseguró que “no estamos felices por lo ocurrido” y que “hay muchas vidas en riesgo”. Por suerte, logró cruzar a Colombia el mismo día.con el temor latente de un eventual cierre fronterizo. Indicó que no hubo solicitudes por parte de la Guardia Bolivariana durante el trayecto.
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La presencia de la Fuerza Pública fue visible desde temprano. Tres vehículos blindados del Ejército Nacional, patrullas de la Policía Metropolitana y funcionarios de Migración Colombia refuerzan los controles en el principal paso binacional. De acuerdo con las autoridades, el despliegue respondió a una estrategia preventiva en una frontera históricamente sensible a las crisis políticas y militares de Venezuela.
Dos crisis simultáneas
Ese refuerzo ocurre en un departamento que ya enfrenta una emergencia interna. Según el alto consejero de paz de Norte de Santander, Luis Fernando Niño, hasta el 2 de enero se tenía registro de al menos 1.200 personas desplazadas desde el Catatumbo que llegaron a Cúcuta y Tibú. Ese fue el último saldo disponible al cierre de la semana.
Desplazamiento en el Catatumbo Foto:cortesia
Niño explicó que, ante los hechos ocurridos en Caracas, se activó un plan de contingencia para responder a cualquier escenario migratorio, tanto de ingreso como de salida del país. La estrategia contempla la instalación de un Puesto de Mando Unificado liderado por el Gobierno, con el objetivo de coordinar a las autoridades civiles y la Fuerza Pública.
Recordó que a finales de diciembre se realizó un consejo de seguridad en el que se definió “el envío de cerca de 3.000 hombres adicionales al Catatumbo, que se suman a los aproximadamente 18.000 efectivos que ya operan en la región”.
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La preocupación, advirtió, es “enfrentar dos crisis de manera simultánea”. Mientras se intenta contener el desplazamiento forzado en el Catatumbo, los hechos en Venezuela abren un nuevo frente de incertidumbre. Grupos armados como el Eln, con presencia a ambos lados de la frontera, podrían reaccionar de formas imprevisibles, con efectos directos sobre el territorio colombiano.
Desde una mirada académica, la docente investigadora de la Universidad Francisco de Paula Santander, Olga Marina Sierra, considera que la intervención militar vulnera el principio de autodeterminación de los pueblos. Señala que, sin respaldar al gobierno de Nicolás Maduro, “no hay justificación para que un país extranjero decida por otro”.
La guerra en el Catatumbo sigue estando más latente que nuca tras casi un año. Foto:Presidencia/c. Escobar. EFE/Joaquín Sarmiento. AFP
Advierte que aceptar ese precedente implica el riesgo de que una lógica similar se aplique en el futuro sobre Colombia, bajo argumentos como el narcotráfico.
Para Sierra, lo ocurrido es “un hecho inédito” en la región y difícil de similar. A su juicio, las mayores consecuencias recaen siempre sobre la población civil.
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También advierte sobre posibles repercusiones a mediano plazo en Norte de Santander, donde la presencia de cultivos ilícitos y el procesamiento de drogas se concentran cerca de la frontera y podrían convertirse en un argumento para nuevas acciones externas.
La académica explica que la normalidad que se vive en la frontera responde a una costumbre arraigada. “La gente cree que las decisiones en Caracas o Bogotá no atañen a esta frontera”, afirma. Mientras no haya una afectación directa, la población continúa cruzando, trabajando y resolviendo lo inmediato, sin dimensionar del todo las posibles consecuencias de una escalada mayor.
Así se ve la frontera entre Colombia y Venezuela en medio de la crisis. Foto:Andrés Carvajal. EL TIEMPO
No todos lograron cruzar. Jesús Quintero, con el cansancio marcado en el rostro, regresó sobre sus pasos tras intentar ingresar a Venezuela. Había viajado desde el Valle del Cauca junto a su esposa para visitar a su familia, pero al llegar a la aduana no encontró funcionarios consulares que sellaran los pasaportes.
“No hay quien vende los pasaportes. Nadie da respuestas. Nos tocó regresarnos”, dice. Con resignación, tuvo que buscar nuevos pasajes de regreso a Cali. Habla de su país con una mezcla de rabia y tristeza. “Si no se va toda la estructura del poder, esto va a seguir igual”, afirma, antes de seguir su camino hacia la terminal terrestre de Cúcuta.
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Así, Cúcuta atravesó la jornada en una calma vigilada. Una frontera abierta, con tránsito constante y refuerzos militares visibles, que intenta sostener la normalidad en medio de un contexto regional marcado por la violencia en el Catatumbo y la incertidumbre que llega desde el país vecino.
ANDRÉS CARVAJAL
Para EL TIEMPO – CÚCUTA







