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La revista ‘The New Yorker’celebra su centenario con una película


Si usted es un fan del semanario neoyorquino, esta película le decepcionará porque siendo un magnífico publirreportaje, quizás no está a la altura de la revista.

The New Yorker at 100 es un documental de encargo que Marshall Curry resuelve con suerte desigual.

Y es que resulta difícil, por no decir imposible, contar en 96 minutos la historia de una publicación sobre la que se han escrito decenas de excelentes libros, antologías, biografías y memorias, mucho mejores que este publirreportaje de Netflix.

En una de las escenas de la película, un periodista del departamento de edición de la revista dice: “Mejor perfecto que publicado”.

Y esta es la clave de todo. La película deja mucho que desear para decir que es perfecta. De hecho, su estreno estaba previsto que coincidiera con el número del centenario, pero ahora sabemos que no gustó y los cineastas tuvieron que rehacerla casi en su totalidad, no tanto por inexactitudes fácticas sino por el tono acrítico, excesivamente autocomplaciente y propagandístico que destila el documental.

Dicho esto, la película es una ventana indiscreta para voyeurs que hará las delicias de cualquiera que hubiera gustado asomarse a ver cómo se fabrica una revista de este calibre con más de un millón doscientos mil suscriptores, la mayoría de los cuales la leen en soportes digitales, faceta que en ningún momento se explica en un documental centrado exclusivamente en los entresijos, vicisitudes y dilemas de la edición impresa.

The New Yorker TNY/Netflix

David Remnick, director en tiempo de descuento, tiene ya 67 años y no tardará en ser sustituido, algo que como siempre sucedió en el pasado, será difícil y traumático, con la excepción de la sucesión de su fundador Harold Ross que, tras su muerte en 1951 fue reemplazado por su segundo Willian Shawn.

Dos años después de que la familia Newhouse, propietaria del grupo Advance Publications comprara la revista, Shawn fue sustituido contra su voluntad por Robert Gottlieb, director de Simon & Schuster, un dandy en las antípodas del austero y tímido Shawn que sólo duró cinco años en el cargo. Sucedido por Tina Brown, directora de Vanity Fair , esta británica casada con Sir Harold Evans, antiguo director del Times de Londres, revolucionó con éxito la revista de Harold Ross. Contrató a Richard Avedon como primer director de fotografía de la revista y aunque mantuvo las portadas a base de ilustraciones, rejuveneció el fondo y forma de The New Yorker .

Famosa por su killing rate (artículos encargados, no publicados, pero si pagados), Tina Brown fue reemplazada por un joven reportero que ella misma había contratado, David Remnick, corresponsal en Moscú del Washington Post que ganó un Pulitzer por sus crónicas sobre el final de la Unión Soviética.

Recuerdo que, muchos años antes, un día le pregunté a Barry Sussman, el Watergate editor del Washington Post , quien podría ser el sucesor de Ben Bradlee y, sin dudarlo, me dijo: “David Remnick, el periodista más joven y prometedor del Post ”.

En el documental de Netflix, el director de The New Yorker está omnipresente, seleccionando entre las 1.000 viñetas gráficas que reciben cada semana, y que son divididas en tres bandejas “Si, no y tal vez”, o decidiendo la ilustración de portada con la directora de arte, Françoise Mouly.

Asistimos también a las interioridades del departamento de verificación donde 30 periodistas revisan de modo obsesivo la exactitud de todo lo que se publica.

Se habla de cómo en 1946 John Hersey escribió sobre Hiroshima una crónica de más de 30.000 palabras que ocupó todas las páginas de la revista. Luego publicada como libro y que Harold Ross calificó como “el mejor reportaje periodístico de la historia”. Albert Einstein quedó tan impresionado que compró mil ejemplares de esa revista.

Desfilan ante las cámaras, veteranos como el crítico de cine, Richard Brody, que en sus cuarenta años en la revista dice haber visto todos los días una película. “Tomo notas a mano mientras las veo, y luego me aíslo y no pienso más que en la película hasta que escribo cada reseña”.

El viejo Brody dice algo que tal vez resume este documental: “Cuesta dos años hacer una película, dos horas verla, dos minutos destrozarla y dos segundos tuitearla”.

Y Remnick sentencia sobre el espíritu y misión de The New Yorker : “La gente quiere algo más que los dichosos tuits”.

Amén, y larga vida para una revista tan icónica.