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Deportes

Diego Poncelet: a 131 km/h sobre un monopatín

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El viaje a Ítaca de Diego Poncelet

Joan Llull, que vive retirado en un monasterio budista en Francia, es su ayudante-amigo-consejero

Gerardo Riquelme

‘Libre, libre, libre… sube un ciclista’. Joan Llull conduce delante de Diego Poncelet en una bajada sin apenas tránsito en Mallorca, una de esas carreteras semiabandonadas que sólo seducen a inquietos excursionistas, globeros con una necesidad interior o los chicos de deportes extremos que ven en estos parajes el escenario ideal para grabarse y subir los vídeos a las redes sociales. Libre significa que el camino está despejado y el skater puede desplegar toda su velocidad sobre la tabla, en un trabajo que requiere un equipo mínimo. Joan, a los 68 años, es uno de ellos, algo que choca entre tanta juventud.

El ‘abridor’ vive ahora en retiro espiritual en un monasterio Zen en Francia, disciplina que rompe para acompañar a las competiciones a Diego puntualmente, lo que no ha interrumpido la comunicación. De hecho, el trofeo del primer campeonato del mundo reposa en un escritorio del monasterio Kosan Ryumonji, centro budista en Weiterswiller, a 50 km de Estrasburgo, dentro de un vasto bosque.

Es una persona muy importante para mí“, apunta Poncelet. “Lo conocí cuando era adolescente. Es más raro que un perro verde porque es auténtico. Solo hay uno como él. Y, como adolescente, ver a alguien que rompe todas las normas, que es él mismo, que le da igual lo que piensan los demás, fue muy importante para poder desarrollar mi carácter”.

Joan se encontró con esta disciplina deportiva “de casualidad” en la Sierra de la Tramuntana. Un grupo de jóvenes le pidió hace unos años que si les podía acompañar al Coll de Sa Batalla. Ese día no iba por delante, sino atrás, viéndolos patinar. Yo había visto skate por la ciudad, pero no me llamaba la atención. Pero aquí dije, ‘glup, ¿qué es esto?’. “Lo encontré espectacular”.

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Como la mayoría eran jóvenes sin carnet, Llull se convirtió en una especie de chófer oficial. En Andratx, Alcudia, Formentor por sus dos caras… “A los cinco años o así apareció Diego, ya era un grupo grande de distintos puntos de la isla. Él iba a patinar al Coll de Sa Creu, que es una carretera militar que está al lado de Palma y subía andando con otros. Entonces, les vi y les dije pues que suban también. Los que iban en el coche, algo más mayores, dijeron: ¿pero qué haces con estos niños? Como que no los consideraban. Y así empezamos”.

Joan recuerda que su primera conversación con él fue un día que se cayó. “Enseguida me di cuenta de que tenía un talento especial. Pero no sólo para skate, para todo a lo que se dedique. Cuando se graba vídeos tienen que ser perfectos. Su voluntad para la excelencia marca la diferencia.

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Igual que el emperador Marco Aurelio encontró en Epicteto una especie de arquitectura interior, Diego tiene en Joan un guía. “Pero es algo bidireccional. Me aporta muchas cosas, inquietudes que me interesaban de joven. Somos buenos amigos, a pesar de la diferencia de edad”. Fue a él al que recurrió para asaltar el Mundial en un camino que duró cinco años. Largo como el Viaje a Ítaca, el poema de Konstantino Kavafis, lectura que le ha regalado.

“Cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias. No temas a los lestrigones ni a los cíclopes, ni al colérico Poseidón, seres tales jamás hallarás en tu camino, si tu pensar es elevado, si selecta es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo… (sic) Mas no apresures nunca el viaje.

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Mejor que dure muchos años y atracar, viejo ya, en la isla”, recita casi de memoria el veterano interlocutor.

Si Diego ve a Joan, como ese perro verde, la mirada en la otra dirección es de un tipo “trabajador. Es competitivo, pero noble y muy empático”.

Finalmente, Joan introduce un nuevo concepto: la meditación en movimiento. “Sería la meditación como la practicamos en el Zen, la meditación sin objeto. La ausencia de pensamientos. Lo que nosotros hacemos es sentarnos frente a una pared y, en ese momento, no puede haber otra cosa. En la carretera a él le ocurre lo mismo. Sólo puede estar la carretera, las piedritas en el camino, porque no hay tiempo para pensar. A la velocidad que baja tiene que utilizar otros niveles que no son el pensamiento racional”.

“Antes de tirarse puede estudiar bien la pista y la estudia bien, pero en el momento en que está yendo a 100 por hora, a la velocidad que va, son mecanismos automáticos totalmente que tienen que funcionar sin pensar en nada, estando concentrado, plenamente concentrado en lo que está. La velocidad de razonamiento es imposible.“, concluye.



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