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El interés por Avatar ha decaído de manera muy notable en tan solo tres años. Regresar a Pandora ya no nos emociona como antes, y la gran épica de ciencia ficción de James Cameron podría acabarse con Fuego y ceniza.
Desde su estreno, los números no han sido demasiado buenos para la tercera entrega de la franquicia de Avatar, si los comparamos con los que obtuvieron las dos películas previas. Por eso no me sorprendió demasiado cuando publiqué una noticia a mediados de enero en la que analizaba el rendimiento en taquilla de la saga, semana a semana, durante su primer mes en cartel.
Los resultados señalaban cómo, en un comienzo, Avatar: Fuego y ceniza (2025) acababa posicionada por delante de la primera entrega de Avatar (2009), pero por detrás de Avatar: El sentido del agua (2022).
Las tornas cambiaron en la cuarta semana: la entrega más reciente de la saga había dejado de destacar. El boca a boca no debió ayudar cuando la única virtud de la cinta se encontraba en la técnica, pero quizá eso ni siquiera fuera aliciente suficiente cuando en sus imágenes no destacaba ninguna imagen diferenciadora de manera tan radical como vimos en 2022.
Todo lo que está mal en Avatar 3
Avatar: El sentido del agua tardó demasiado en llegar, más de una década, cuando todo el mundo se había olvidado de que James Cameron tenía planes más grandes con su universo alienígena de bichos azules con USB al final de sus trenzas.
A pesar de todo, el público se volcó en la propuesta. El sentido del agua nos presentaba un entorno renovado por completo, dejando atrás los bosques para sumergirnos en los océanos del otro extremo del planeta.
Nuevos tipos de Na’vi, de animales, vegetación, personajes… y una llamativa revolución en el CGI con su cuidada recreación del agua, que hacía honor a ese interés primigenio que expuso James Cameron de representar cada uno de los elementos en sus largometrajes, fueron ingredientes más que suficientes para convencernos de que la película merecía la pena en pantalla grande.
Pero Avatar 3 no es Avatar 2… O, más bien, debería decir que Avatar 3 es tan Avatar 2 que ha perdido todo el interés por el camino.
La gente podría haber ignorado El sentido del agua, pero quedó fascinada e intrigada por la cinta, por este resurgir de James Cameron con un proyecto que le había costado años y el desarrollo de nuevas técnicas de captura por movimiento subacuáticas para lograr una réplica digital lo más precisa posible de esos escenarios.
En cambio, Avatar: Fuego y ceniza ha llegado como una más. Antes del estreno de El sentido del agua, James Cameron ya había fijado en nuestros calendarios la fecha de lanzamiento de las próximas tres entregas de la saga con un par de años de descanso entre cada una de ellas.
Se perdió la expectación porque dejamos de esperar, y porque ya no era ninguna una sorpresa: tocaba que este universo cinematográfico se siguiera expandiendo como se había prometido.
Además, como su director bien se ha esforzado en recordarnos, Fuego y ceniza resultó ser la consecuencia de que sus ideas para El sentido del agua no pudieran abarcarse en una sola cinta, provocando que acabara dividida en dos.
El rodaje de ambas entregas fue simultáneo, y la narrativa de la película continuaba justo tras el final de la anterior sin grandes cambios, para que luego su universo no ofreciera tanta novedad porque sus personajes seguían navegando este arrecife que ya se nos presentó en el segundo largometraje.
El gran atractivo prometía volver a ser su CGI, en esta ocasión centrado en el comportamiento del fuego y la ceniza que daban nombre a la cinta. Y, si bien hasta se incorporaba una nueva tribu Na’vi que se relacionaba con estos elementos, el ingrediente de la admiración se evaporó ante la falta de un nuevo hábitat tan rompedor como el anterior.
Asimismo, la película repetía temas que ya se habían tocado en las cintas previas, y su argumento parecía una versión actualizada de lo que ya se nos narró en la Avatar original, copiando patrones que evidencian las carencias de James Cameron como guionista, que no logran disimular su habilidad con los efectos especiales.
Toda esta suma de factores podría haberse convertido en los ingredientes que hubieran hecho de Avatar: Fuego y ceniza una cinta mucho menos rentable que las anteriores, aunque fuera la más cara de producir.
De este modo, se convierte en la pieza clave que demuestra cómo el gran evento que supuso el regreso de Avatar en su día será difícil de reproducir a corto plazo, en caso de que se vuelva a dar el caso.
James Cameron no se ha cansado de amenazar con que este podría ser el final de la saga si no lograse las cifras esperadas. Pero tras ver lo que ha hecho con la tercera entrega, cuesta imaginar que todavía le quede algo por decir en su siguiente película, que con facilidad podría convertirse en la versión 2.0 de El sentido del agua, o en un remix de las tres previas.
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