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¡Hay que salvar a Omayra! / Crónica de Germán Santamaría sobre la niña que quedó atrapada entre el lodo de la avalancha de Armero

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¡Hay que salvar a Omayra! / Crónica de Germán Santamaría sobre la niña que quedó atrapada entre el lodo de la avalancha de Armero


Germán Santamaría

Ensayista, historiador y diplomático (1937-1939)

Desde los escombros de Armero.— La niña Omayra Sánchez, de doce años, agoniza en estos momentos con medio cuerpo por fuera del lodazal, pero está aprisionada de la cintura abajo por rocas y ladrillos y dice que pisa el cadáver de su tía y tal vez de su padre.

¡Hay que sacar a Omayra, por favor! La pequeña lleva ya dos días allí y mira asombrada a los socorristas ya los curiosos que la observan y dice: “Voy a perder el año, porque ayer y hoy fallé a la escuela”.

Al pie de Omayra, el caso del niño de México, llamado “Monchito” es algo menor, ya que uno puede hablar con esta pequeña tolimense, se le puede tocar, se le puede acariciar, ella le cuenta a uno su historia, y sin embargo hasta ayer a las cinco de la tarde no habían podido sacarla.

Omaira Sánchez

Entre una llanta y con medio cuerpo atrapado en el lodazal, Omayra Sánchez, permaneció durante horas con los cuerpos de su padre y su tía bajo sus pies, a la espera de una motobomba que nunca llegó. Finalmente, murió.

Foto:ARCHIVO EL TIEMPO

Aunque parezca increíble, Omayra está fuera del agua del pecho hacia arriba pero de la cintura hacia abajo se encuentra atascada entre los escombros de lo que fuera la plancha del techo de su casa y dice que debajo de sus pies siente cadáveres y que son los de su tía María Adela Garzón. y que posiblemente también allí esté el cuerpo de su padre, Álvaro Enrique Sánchez, un conductor de combinada cogedora de arroz. Durante dos horas conversamos con Omayra Sánchez. Le dimos la mano. Le acariciamos la cabeza, hasta por un momento molestando ya las cinco de la tarde de ayer nos dijo: “Váyanse a descansar un ratico y después vengan y me sacan de aquí”.

Todos le dimos la mano y le dimos la espalda para que no nos viera llorar. Y nos fuimos llorando un puñado de periodistas, entre ellos varios norteamericanos que habían conocido la muerte en los arrozales de Vietnam. Apretamos los puños y nos quedamos mirando la llanura de lodo que cubre lo que antes fue Armero.

Pero Omayra Sánchez aún está viva y es posible que hoy sábado aún esté viva y segun los socorristas que la desenterraron hasta el pecho se puede salvar si se consigue una simple motobomba para succionar el charco de agua que se formó a su alrededor cuando lograron apartar la plancha de cemento que la tenía aprisionada.

armero

Una vaca es captada moviéndose entre el espeso lodo. Muchos animales quedaron enterrados y otros lograron desplazarse después de la avalancha, con dificultad.

Foto:EL TIEMPO

¡Una motobomba sencilla! Desde las diez de la mañana los socorristas se la estaban pidiendo a los pilotos pero allí en aquel caos infernal de los escombros de Armero, nadie fue capaz de llevar en todo el día una simple motobomba. “Hijueputa vida, no puede ser que esta niña se vaya a morir porque en este país no sean capaces de haberle traído en 2 días una motobomba”, Pensó el cronista cuando se alejó de ella, y Omayra se quedó allí sola, ahora ayudada por un neumático para que no se hundiera en el charco.

Sola en la noche que venía, sola entre tantos muertos, sola sobre los escombros de su ciudad, sola abandonada por los hombres y por Jesús y por Marx… por todos abandonados.

su tragedia

Doña María, la madre de la niña, se vino para Bogotá el pasado 4 de noviembre a diligenciar el asunto de un diploma en el Sena. Entonces allí en su casa del barrio Santander de Armero quedó Omayra de 12 años y su padre y su tía y su hermano menor.

A las once y media de la noche del pasado miércoles los cuatro no se habían acostado, porque estaban preocupados con aquella lluvia y ceniza que había estado cayendo desde las cinco de la tarde.

Habían acabado de cerrar la puerta, cuando sintieron un ruido espantoso y después el estrépito de las rocas y las aguas que derrumbaron las puertas y entraron en forma salvaje.

Foto:EL TIEMPO

A partir de ese momento, Omayra se sintió estremecida en las aguas, sacudida, bamboleada y no supo nada más de su hermano ni de su padre ni de su tía. “Todo se me fue de la cabeza y cuando me desperté estaba debajo de esa cosa de cemento”, dice. Allí debajo de “esa cosa de cemento”, que en realidad es una plancha, permaneció toda la madrugada del jueves y hacia el mediodía logró sacar la mano por una hendija que dejaba la plancha. Entonces Jairo Enrique Guativonza, un socorrista espontáneo, vio aquella mano y con la ayuda de otros se puso a triturar la plancha. Escuchando la voz de la niña, trabajaron toda la tarde y la noche del jueves y solo en la madrugada del viernes lograron despejar el cemento fundido y las tejas y las maderas que estaban cubriendo a la niña.

Jalándola con sumo cuidado, lograron sacarla un poco, pero en determinado momento no pudieron seguir porque de hacerlo hubieran tenido que arrancarle las piernas. Lo único que hicieron fue construir como un nidito para que la pequeña pudiera girar la cabeza y su pecho hacia un lado y otro.

El inflador

Durante toda la mañana de ayer viernes, varios socorristas y policías trataron de sacar a Omayra. pero Era imposible porque a cada momento el agua se encharcaba más y por instantes parecía que la pequeña se iba a ahogar. Entonces trajeron un neumático y se lo colocaron por debajo de los brazos y quedó como los niños en la piscina o los náufragos en el mar.

Varios socorristas trataron de sumergirse entre el agua, que es una espesa sopa de lodo, y comprobaron que las piernas de la niña están incrustadas en algo así como una puerta, que había ladrillos y palos. y que metiendo las manos más abajo se tocan cuerpos.

“Sí señor, siento que estoy pisando carne y esa es mi tía, y ojalá que no sea mi papá ni tampoco mi hermano”, dice la niña.

Omaira Sánchez, Armero

Omaira Sánchez, Armero

Foto:Archivo EL TIEMPO

Durante toda la mañana, Omayra estuvo un poco animada. Al mediodía le dieron primero un vaso de agua y después una gaseosa y un pan y Omayra dijo que deseaba comer algo de dulce.

Preguntó qué día era y cuando le dijeron que era viernes, entonces “respondió: “Ay caramba, hoy era el examen de matemáticas”. Ella está en primero de bachillerato. “Voy a perder el año”, dijo.

Después del mediodía, Los ojos de Omayra se comenzaron a poner rojos. Se le hinchó un poco la cara y sus manos eran muy blancasaunque ella es una morenita crespa, de cara redonda y de labios horribles.

Así con sus ojos enrojecidos y su carita hinchada, hacia las tres de la tarde, cuando llegaron los enviados de EL TIEMPO y otros reporteros especialmente extranjeros, Omayra ya estaba perdiendo la alegría para empezar a sumirse en los delirios de la agonía.

Los recuerdos del periodista Germán Santamaría que cubrieron la tragedia de Armero hace 40 años.

Reproducir vídeo

Los recuerdos del periodista Germán Santamaría que cubrieron la tragedia de Armero hace 40 años.

Foto:

Un mal vecino

La pequeña se encuentra rodeada de escombros por todas partes, especialmente de tejas de zinc y techos de casas que fueron arrastrados por la corriente.

A unos diez metros del pozo de lodo donde se encuentra la niña, El cadáver de una mujer, son apariencia de anciana, se halla recostado contra un tronco. Es un cuerpo tumefacto bajo el sol ardiente y varios gallinazos açechan desde una ceiba cercana.

Omayra ni siquiera sabe qué pasó, no entiende que Armero fue borrado de la faz de la tierra por el río Lagunilla y que posiblemente todos sus 39 compañeros de primero de bachillerato perecieron.

Cuando llegaron los reporteros, la mayoría de los socorristas se habían ido a guarecerse del sol que a las tres de la tarde picaba inclemente sobre los escombros de la ciudad.

Estaba agachada sobre el neumático y cuando sintió las voces levantaron la carita y nos miró. Intentó una sonrisa. Los labios le temblaron. Sus ojos enrojecidos parpadearon.

armero

Un avión de la Fuerza Aérea Colombiana con los suministros para la emergencia.

Foto:cortesia

“Ay…”, dijo pero no lloró, no nos miró con súplica, no estaba derrotada, sino que había mucho de valentía en su mirada. No dijo que le dolían las piernas sino que simplemente no las podía mover. “Siento frío”, dijo y nos dirigió una mirada profunda.

Pero se le veía tranquila, valiente. Era una niña toda coraje. “Tengo miedo que el agua suba y me ahogue porque yo no sé nadar aunque soy aquí de tierra caliente”, balbuceó.

“No sé dónde está mi mamá en Bogotá, pero mi tío es celador en Expreso Bolivariano”, narró y dijo: “Mi papá trabaja cogiendo arroz y sorgo en una combinada”.

Apoyó su rostro sobre el neumático, como para descansar. Estuvo así unos cinco minutos. Todos permanecimos en silencio. Después, otra vez levantó el rostro y pronunció unas frases un poco incoherentes y ya sus ojos estaban más rojos y se notaba algo de delirio. “Tengo sed”, dijo e intenté tomar un poco de aquella agua putrefacta. Se lo impedimos y le pasamos otro vaso de agua.

MSF

Foto desde un helicóptero del avance tras la erupción del volcán Nevado del Ruiz.

Foto:MSF

Seguimos allí hasta las 5 de la tarde. Los socorristas regresaron y después se volvieron a ir y señalaron que era imposible tratar de jalarla con toda la fuerza porque eso sería destrozarla de la cintura para abajo por lo menos perdería los pies. Dijeron que era indispensable traer la motobomba para sacar el agua y poder proceder a retirar la materia que la aprisionaba cuando los helicópteros pasaban sobre ella, Omayra levantaba sus ojos enrojecidos y los miraba alejarse “Te juramos, Omayra, que vamos ya a traerte la motobomba para sacarte de aquí”. Nos miré con dignidad y nos dijo: “Váyanse a descansar y vuelvan a sacarme”. Entonces dimos la espalda y nos fuimos llorando con rabia, arajo, como odiando a Dios, a los hombres ya la naturaleza… Ella quedó allí solita, entre el charco y la noche se aproximaba.

Y como no pudimos ayer conseguir la motobomba, hoy sábado a las cinco de la mañana salimos con la motobomba en un helicóptero directamente hacia Omayra y esperamos y escúchanos, Oh Señor, desde tu morada que ella esté viva, porque de lo contrario será un dolor que nos perseguirá para siempre…

GERMÁN SANTAMARÍA

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