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Colombia

Crónicas de Enrique y Hernando Martínez sobre el envenenamiento en Chiquinquirá en 1967 que provocó la muerte de al menos 78 personas

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Crónicas de Enrique y Hernando Martínez sobre el envenenamiento en Chiquinquirá en 1967 que provocó la muerte de al menos 78 personas


Enrique Martínez y Hernando Martínez.

Crónicas publicadas entre el 26 y el 27 de noviembre de 1967, de autoría de Enrique y Hernado Martínez.

A continuación se incluyen tres crónicas cortas sobre el envenenamiento ocurrido el sábado 25 de noviembre en el municipio de Chiquinquirá en Boyacá. Al menos 800 personas resultaron intoxicadas, y 78 fallecieron al consumir pan contaminado con Folidol, un poderoso plaguicida.

Un frasco provocó la tragedia.

Un solo frasco del poderoso tóxico Folidol provocó la gravísima tragedia que desde ayer conmovió al país, cuando centenares de personas se envenenaron al consumir pan elaborado con harinas contaminadas de dicha sustancia.

Como pudimos comprobarlo, gracias a la colaboración del inspector municipal de Policía, Jesús María Zambrano, y de su secretario Benjamín Castro, a cuya carga estuvieron las diligencias iniciales de la investigación, solo un frasco de tamaño regular, cuyo contenido es de 500 cc., —aproximadamente el de dos botellas de gaseosa— fue el que se rompió dentro de una caja de cartón, en que era transportado con otras unidades, cuyo contenido después de traspasar el material de la caja, impregnó a once sacos de harina. que traía el camión conducido por Eresmildo Vargas González, de los cuales solo cuatro fueron utilizados.

Imprevisión

Los frascos de Folidol tienen en su etiqueta, aún para el analfabeto, la advertencia del peligro dibujada en tinta roja, cual es la efigie de la muerte que en los venenos se acostumbra a hacer por medio de una calavera cruzada por dos huesos.

En sus instrucciones debajo de la marca, en grandes caracteres, dice: “Veneno”. También recomienda manejarlo con cuidado y al utilizarlo rebajarlo con cien partes de agua.

En el camión, sobre el cargamento de harina fueron transportadas además de 29 cajas de diferentes productos, todos tóxicos. El Folidol que venía allí se recomienda para exterminar plagas en algunos cultivos.

El cargamento trágico

El conductor Vargas González, al llegar el viernes a Chiquinquirá, hizo entrega inicialmente de la carga que transportó sobre la harina o fueron las cajas de productos tóxicos. Según informes extraoficiales, el destinatario de esta mercancía le hizo el reclamo por el frasco que venía roto, ante lo cual el chofer habría manifestado que no tenía responsabilidad alguna en lo sucedido, por cuanto había sido una contingencia del viaje.

entrega de harina

Concluida su primera tarea, Vargas González se dirigió a la Panadería Nutibara, donde hizo entrega a su propietario Aurelio Fajardo de la harina.

Se dice que allí alguien notó que varios sacos venían manchados, después de haber sido recibidos los mismos, pero que Fajardo, ignorante de qué se trataba, autorizó emplearlos para la preparación del pan del día siguiente.

conjeturas

Así se observa que tanto el conductor Vargas González como el dueño de la Panadería, Aurelio Fajardo, ignoraban qué cosa era el Folidol, y que el panadero, al fin y al cabo, no tenía por qué saber que su harina había sido contaminada.

los detenidos

Inmediatamente se establecieron las causas de la tragedia, las autoridades ordenaron la detención preventiva de los dos personajes.

Cuando logramos autorización para visitar brevemente a los detenidos, en el cuartel de Policía de Chiquinquirá, taciturno, sentado sobre unos ladrillos, el chofer Evisneldo Vargas González tomó algún alimento. No se inmutó ante nuestra presencia y al tomarle las fotografías bajó un poco la cabeza.

En cambio Fajardo, quien permanecía aislado del anterior, al vernos prorrumpió en llanto, se cubrió el rostro con las manos y exclamó:

Aurelio Fajardo, dueño de la panadería, asegura ser inocente.

Aurelio Fajardo, dueño de la panadería, asegura ser inocente.

Foto:ARCHIVO EL TIEMPO

“¡Soy inocente, soy inocente…!”

“¡Cómo iba yo a poder hacer intencionalmente tanto mal! Llevo quince años sirviéndole a este pueblo y mis productos han sido consumidos por la Policía y hasta por las tropas del Batallón y algunos colegios, sin que nada hubiera pasado”.

Y continuaba sollozando: “¡Soy inocente, Dios mío, soy inocente…!”.

Chiquinquirá, 26. (Por Enrique A. Martínez).

‘Hubiera querido comer el pan de mis cuatro hijos’

“Es terrible ver cómo los más queridos se nos van de nuestras manos en forma tan rápida”, expresó Álvaro Flórez, jefe de uno de los hogares más afectados por la tragedia del sábado, en la perdieron cual la vida cuatro de sus seis hijos, a saber: Javier Alfonso, Flor Marina, María Elena y William Ernesto de 6, 7, 4 y 5 años.

“Nosotros —dijo el señor Flórez—, nos sentamos todos a desayunar a las ocho de la mañana y minutos antes habíamos elevado nuestras oraciones al Todopoderoso ya nuestra gloriosa Virgen Santísima de Chiquinquirá.

Los niños, como de costumbre, cogieron primero cada uno de sus dos panes y los fueron mordisqueando, mientras les traían la ‘changua’ y el chocolate.

Ellos se encontraban felices por haber terminado con éxito sus estudios y estaban haciendo planes para disfrutar de las vacaciones en las casas de algunos familiares que residen en el campo.

Como a la hora de habernos desayunado —siguió diciendo el señor Flórez—, William Ernesto, el más pequeño de todos mis niños, comenzó a sentirse muy malo y en cuestión de segundos todos los demás, gritaban al tiempo.

Mi esposa María, la sirvienta y algunos familiares que llegaron para saludarnos y saber cómo habíamos amanecido, tratamos de descubrir lo que les pasaba pero todos nuestros esfuerzos fueron inútiles.

Hicimos varios intentos para que vomitaran, pero solo el chiquito William lo hizo. Los demás no pudieron. Ante la gravedad de ellos, que gritaban dolorosamente, resolvimos llevarnos al hospital.

Allí, todo era confusión: hombres y mujeres lloraban, pero nunca creí que lo hacían por la misma causa que a nosotros nos afectaba, y por la cual también estábamos llorando.

Al subir al segundo piso para que nos atendieran los médicos, cinco de ellos salieron apresuradamente de un salón. Cada uno cogió a un niño y en minutos les aplicaron una inyección, no supe de qué. Los niños no reaccionarán. A los 20 minutos de haber llegado al hospital murió el primero, Williamcito, luego los otros.

Lo extraño —dijo el señor Flórez finalmente—, es que yo también comí de ese pan y no me pasó nada… Habría sido mejor que yo me hubiera comido todo el pan y no los niños… Dios tiene que tenerlos ya a su lado y Él nos ayudará a soportar tan increíble y dura situación que experimentamos todos en la familia”.

Chiquinquirá, 26. (Por Hernando Martínez C.).

Ayer vendían aún el pan. Una señora intoxicada al comprar 24 horas después

A pesar de las extremas medidas de seguridad que las autoridades pusieron en práctica para evitar que las gentes continuaran consumiendo el pan contaminado que se elaboró ​​en la madrugada del sábado en la Panadería Nutibara, hoy domingo, después de 24 horas de registrarse las primeras víctimas por la intoxicación, un último paciente ingresó al Hospital San Salvador, a las doce del día, víctima de convulsiones y síntomas propios de intoxicación.

El enfermo —fuera de peligro, ya— fue registrado como Dioselina Alarcón de Sánchez, humilde mujer madre de tres hijos, quien manifestó a EL TIEMPO que “no estaba enterada de la tragedia y del envenenamiento colectivo, pues no tenía radio en la casa y no había leído los periódicos”. “Compré dos pesos de pan —apuntó luego— a las ocho y media de la mañana; entregué dos panes a mi suegra, yo me comí cuatro y envié uno a mi esposo”.

Síntomas

“Como a las once —dijo más adelante— sentí que la lengua se me salía de la boca y que algo me atoraba la garganta. Me comenzó a doler el estómago y un sudor frío me corría por todo el cuerpo. Mi suegra, Catalina de Sánchez, aterrada por lo que me pasaba, salió a comprarme una pastilla para el dolor; en el camino se encontró con un pariente a quien informó de mi malestar, quien le preguntó a mi suegra que si yo había comido pan, y ella le dijo que sí; el familiar entró corriendo a la casa y le pidió a mi esposo Jesús María que me llevara al hospital, pues había gran cantidad de personas muertas por envenenamiento por haber comido pan, él prontamente me alzó en brazos, pues ya no podía caminar, y me condujo a ese centro”.

Alerta

La llegada de Dioselina al hospital generó preocupación entre las autoridades, y se informó luego que todavía en algunos establecimientos estaban expendiendo pan contaminado. Se procedió de inmediato a efectuar un recorrido por esos lugares, lográndose incautar pan por valor de $ 70.00 que todavía se encontraba en las vitrinas de las tiendas populares.

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