Colombia
así se piensa, se ordena y se sostiene la fiesta más grande del Caribe colombiano en palabras del director

Pensar el Carnaval de Barranquilla desde la dirección no es pensar en una tarima ni en un desfile puntual. Es pensar en una ciudad completa en movimiento. En flujos humanos, en tiempos que no siempre coinciden, en decisiones que no se ven y en millas de personas que dependen de que la fiesta funcione y brille.
Juancho fue hacedor, funcionario público y presidente de la Junta antes de ser el director.
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Su punto de partida es claro: el Carnaval dejó de ser una celebración para convertirse en una industria creativa y cultural que atraviesa todos los niveles de la ciudad. Por eso, dice, que ya no basta con medirlo por aplausos o asistencia. Hay que entenderlo como un sistema vivo, complejo y profundamente humano.
La fiesta vista desde adentro
Juancho no llega a esta visión desde la teoría. Jaramillo conversó con EL TIEMPO y nos narró cómo la experiencia acumulada de haber sido hacedor, funcionario público, presidente de la Junta le permitió hoy ser el director.

Uno de los puntos más sensibles de su visión es el orden, pero no cree que eso sea traicionar la tradición, sino salvarla.
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Haber bailado en la Vía 40, haber sentido el calor, la sed, los retrasos, las decisiones policiales que obligan a bajar de un autobús a siete cuadras del punto de llegada. Esas minucias, dice, son las que definen cómo se vive el Carnaval para quienes lo hacen posible.
Por eso insiste en algo que atraviesa toda su gestión: el Carnaval no se entiende solo desde el espectador. Hay una diferencia sustancial entre mirar la fiesta y sostenerla. Y durante años, reconoce, el esfuerzo estuvo muy concentrado en lo primero: en el espectáculo, en la imagen, en la proyección.
“A veces estamos muy preocupados por el espectador y Se nos olvida el que lo hace posible.”. La pregunta que empezó a hacerse el equipo era incómoda pero necesaria: ¿Qué pasa con quienes están dentro del sistema del Carnaval?
Escuchar antes de decidir
Después de finalizar el Carnaval 2025, la organización inició un ejercicio de escucha con hacedores, danzantes, directores de comparsa y artesanos. No para evaluar la estética del desfile, sino para entender qué faltó, qué pesó, qué no funcionó desde el lado de quienes bailancosen, cargan y ensayan durante meses.

Juan Jaramillo Buitrago asumió la dirección de Carnaval SAS el 11 de enero de 2025.
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De ahí surgió un giro conceptual: invertir en quienes hacen la fiestano solo en lo que la muestra. Eso implica decisiones menos visibles, pero estructurales. Entender, por ejemplo, que el dinero que recibe un grupo no es solo un apoyo simbólico, sino un recurso que muchas veces se destina íntegramente a mejorar el vestuarioaun cuando el hacedor llega caminando porque no tuvo para el autobús.
Ese enfoque también ha redefinido la relación con los aliados privados. Para Juancho, no se trata de sumar patrocinadores, sino aliados del patrimonio: marcas que entiendan el valor simbólico del Carnaval y lo asuman como algo que se defiende, no solo que se exhibe.
El Carnaval como cadena productiva
Hoy, el Carnaval de Barranquilla reconoce que más de 35.000 personas trabajan directamente para que la fiesta exista. Cuando Juancho habla de eso, lo hace como quien describe una cadena económica extendida que piensa en el zapatero, la costurera, el artesano del tocado, el maquillador, el vendedor ambulante y demás.
Desde esa mirada, el Carnaval se convierte en la industria cultural más grande del país, capaz de generar cientos de millas de empleos directos e indirectos y una derrama económica que impacta a todos los sectores, desde lo informal hasta el turístico de alta gama.
Las cifras lo respaldan. En 2025, la fiesta generó $880.000 millones de pesos, creó cerca de 198.000 empleos directos e indirectos y aportó aproximadamente el 2,5 % del PIB del primer trimestre de Barranquilla. Juancho está convencido de que esto no es una industria concentrada, sino una industria distribuida.
Esa distribución, afirma, es una de sus mayores fortalezas. El Carnaval no pertenece a un solo escenario ni a un solo públicosino que se multiplica en más de 1.000 eventos entre precarnaval y Carnaval, muchos de ellos gratuitos, pensados para el goce familiar y comunitario.
Ordenar no es dañar la tradición
Uno de los puntos más sensibles de su visión es el del orden. Juancho sabe que hablar de exigencias técnicas. —ambulancias, pólizas, baños, cierres viales— suele generar resistencia. Pero su postura es clara: ordenar no es traicionar la tradición, es salvarla.

Para él, la experiencia del público —desde la entrada hasta la salida— define cómo se recuerda la fiesta.
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“El Carnaval de hoy no puede funcionar con las reglas de hace 20 o 30 años, no por capricho institucional, sino porque el contexto cambió“. Más gente, más riesgo, más responsabilidad. Un evento sin condiciones mínimas de atención puede convertirse en una emergencia imposible de manejar.
Para él, la calidad también es una forma de cuidado. La experiencia del público —desde la entrada hasta la salida— define cómo se recuerda la fiesta. Y una mala experiencia, aunque no ocurre en un evento oficial, se le atribuye al Carnaval en su conjunto. “Si ocurre en época de carnaval, la gente señala es para este lado aunque eso no lo administremos nosotros (…) a veces no es ni nuestra jurisdicción” dice entre risas.
Para él, este enfoque es el que explica decisiones que en su momento fueron criticadas, como ajustes de horarios o cambios logísticos. Juancho insiste en que ninguna se toma pensando en la comodidad de la dirección., sino en la experiencia de quienes participan. El Carnaval no se puede vivir con ansiedad acumulada, con una fila mal hecha, un baño inexistente o una silla que no aparece: todo es capaz de sumar o restaurar.
Por eso habla del Carnaval como una experiencia, no solo como un espectáculo. Por ende, afirma que las experiencias deben ser satisfactorias, seguras y coherentes, sobre todo si la fiesta aspira a dialogar con públicos internacionales.
De hecho, cuando le consultamos por la internacionalización, no se la plantea como una amenaza, sino como una consecuencia natural. “El Carnaval se guarda en Barranquilla, pero hace mucho pertenece al mundo”afirma. La estrategia pasa por alianzas, intercambios con otros carnavales, presencia en ferias turísticas y una narrativa de que Barranquilla no ofrece solo cuatro días de fiesta, sino una experiencia cultural de 365 días.
“Esa proyección exige estándares distintos. Exige que la ciudad entera funcione como anfitriona. Y eso implica educación cultural, logística, señalización, servicios.”, detalla Jaramillo. En su visión de carnaval, escalar la fiesta no es agrandarla sin control, sino convertirla sostenible en el tiempo.
Una goce desde otro lugar
¿Se goza el Carnaval desde la dirección? Sí, pero de otra manera. No es el goce despreocupado del hacedor que cumple y se queda bailando, sino un goce atento, casi vigilante. La satisfacción aparece cuando el sistema fluye, cuando los grupos salen, cuando la experiencia se sostiene y nadie queda por fuera.

Juancho cuenta jocosamente nunca ha visto una Batalla de Flores como espectador. Siempre ha estado adentro.
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Para este hombre, el Carnaval dejó de vivirse como una suma de momentos y pasó a entenderse como una cadena de decisiones. Sigue estando en la calle, sigue caminando la Vía 40, pero nunca desconectado. Ahora goza trabajando y afirma que trabaja incluso cuando parece que goza.
Lo sin asumir épica: esta es su labor. No desde el protocolo ni desde la distancia, sino desde la escucha y la cercanía con quienes hacen posible la fiesta. En un Carnaval que nunca se detiene del todo, su papel no es brillar, sino asegurar que todo siga en pie. Que la fiesta ocurra. Que funcione. Que se sostenga.
Camilo Álvarez Peñaloza, periodista EL TIEMPO Barranquilla
@camiloa.ap_20
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