Inmigracion
El drama de los niños inmigrantes en Minneapolis, Estados Unidos, que toman clases virtuales por temor a las redadas de agentes de ICE
En un apartamento de Minneapolis, las cortinas están cerradas y una mesa con cuatro computadoras sirven como sustituto de un aula de clases para tres niños.
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Cientos de agentes federales de inmigración llegaron a Minneapolis en diciembre. Foto:X: Christopher Sweat
Esmeralda, Kevin y Carlos dejaron de ir a la escuela, al menos presencialmente, desde que agentes de inmigración irrumpieron en esta ciudad estadounidense del estado de Minnesota.
“Si salgo, nomás afuera por el pasillo”, cuenta Kevin, de 12 años.
Al igual que muchos niños y jóvenes inmigrantes de Minneapolis, Kevin está tomando clases virtuales, una práctica que las escuelas creían haber dejado atrás luego de los peores días de la pandemia del coronavirus.
La educación en línea se ha convertido, una vez más, en una necesidad, ya que muchos permanecen en sus hogares para evitar la campaña de deportaciones masivas que impulsa el presidente estadounidense, Donald Trump.
Luego de una redada en la escuela secundaria de Esmeralda hace aproximadamente un mes, su madre, Abril, decidió que ninguno de sus hijos saldría de casa. No sabe aún cuándo volverán a poner un pie afuera.
Como el resto de los miembros de la familia, Abril habló bajo un seudónimo.
Abril y su esposo, Rigoberto, están cada vez más preocupados por sus hijos. Foto:AFP
La familia llegó a Estados Unidos desde México hace un año y medio para solicitar asilo. Todavía esperan una decisión legal.
Personas con casos similares han sido objeto de las redadas agentes de inmigración después de que el gobierno de Trump iniciara una revisión del estatus legal de los aproximadamente 5.600 refugiados en Minnesota que aún no han recibido la residencia (green card).
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A finales del mes pasado, un juez federal bloqueó temporalmente las detenciones de refugiados que esperan la residencia permanente en el estado.
Un confinamiento ‘estresante’
En una reciente mañana de febrero, los tres hermanos se despiertan para sus clases desde casa.
“Despertamos y vamos a clase. Y después, más clases y más clases. Después tenemos lunch (almorzamos) y nos quedamos un rato más aquí en la computadora haciendo más trabajos y tareas (…)”, dice Esmeralda, de 14 años, en medio de una clase sobre fósiles.
Para la adolescente, convertir su mesa en un aula y su hogar en una suerte de búnker, es “raro, “estresante” y “aburrido”.
Kevin relata que extraña a sus amigos y profesores.
“Nos podemos ver, pero no estamos exactamente juntos, no es la misma cosa estar en una videollamada que estar con ellos”.
Marcha contra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos en Minneapolis. Foto:EFE
Mientras que Carlos, el menor, dice que durante las clases presenciales en la escuela podía “salir al parque”.
Abril y su esposo, Rigoberto, están cada vez más preocupados por cómo sus hijos están sobrellevando este confinamiento autoimpuesto.
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“Preguntan por qué pasa esto (…) por qué si nosotros no hacemos nada malo nos estamos escondiendo”, comenta Rigoberto, quien se dedica a la mecánica y no ha ido a su taller en más de un mes, aunque está solo a una cuadra de su casa.
Miedo continuo para familias en Minneapolis
Cientos de agentes federales de inmigración llegaron a Minneapolis en diciembre y, desde entonces, la presencia de oficiales fuertemente armados y enmascarados ha sido habitual.
Abril dice que cuando saben que los agentes están cerca de casa, les piden a sus hijos que apaguen el televisor y no hagan ruido. “No son libres ni de reírse”, comenta la madre.
Todo esto le ha pasado factura a Abril, que apenas duerme. La última vez que salió fue el 3 de diciembre.
Agentes federales de Investigaciones de Seguridad Nacional (HSI) en Minneapolis, Minnesota. Foto:AFP
“Ni para tirar la basura salgo”, dice la mujer, que extraña ir a la iglesia o llevar a sus hijos a comer un helado.
Con Abril, que trabaja como empleada doméstica, y su esposo sin empleo, una vecina es quien les ayuda con la compra.
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“Como la cabeza de la familia, para mí es algo muy, muy difícil el no poder hacer nada para ellos”, explica Rigoberto.
Algún día, ellos podrán salir a la calle, “pero ya no va a ser lo mismo” y siempre “vamos a tener el temor”.
