Colombia
‘a mi hijo se lo tragó la tierra’
El próximo 5 de marzo se cumplirían seis meses desde que Cristian David Pahuana Padilla hizo una videollamada a su madre desde el Malecón, preguntando si estaba lloviendo, qué quería que le llevara de comer, prometió volver a llamar… y se desvaneció junto a su taxi en una ciudad que lo tiene entre el silencio de sus calles. Fue la última vez que habló con alguien de su familia.
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Desde ese viernes 5 de septiembre del 2025, Barranquilla no volvió a verlo. Ni el hombre ni el carro. Ambos desaparecieron, como si una grieta secreta se hubiera abierto en la faz de esta tierra y los hubiera tragado enteros. La Fiscalía no ha encontrado rastros significativos y lo que se tiene es un punto frío en un mapa: la última ubicación del GPS, que marcado cerca del barrio San Isidro y nada más.
Lo demás —el dolor, el prejuicio, la soledad, las deudas y el miedo— se quedó adentro de una casa en la Ciudadela Metropolitana, en Soledad, donde vive la señora Marta, madre de Cristian, junto a su nieta, la hija mayor. EL TIEMPO se trasladó a ese hogar, donde Doña Marta y Ángel, uno de los amigos más cercanos de Cristian, abrió la puerta de ese duelo detenido que pocos quieren ver.
La ultima llamada
Doña Marta se acuerda de cada segundo de ese día, quizás porque lo ha repetido tantas veces que ya está completamente interiorizado. “¿Qué quieres que te lleve?”le preguntó por videollamada. “Pero enseguida cambió de parecer—dice ella—: ‘No, mami, mejor cuando vayas para la casa te vuelvo a llamar para llevarte algo rico‘. Eso fue lo último. Ahí se acabó todo”.
Pahuana era él único hijo de doña Marta. Foto:Suministrada a EL TIEMPO
Eran las 3:45 de la tarde cuando ocurrió esa última conversación, desde los alrededores del Malecón. A las seis debía estar de regreso. Nunca llegó. El teléfono se apagó. Y el taxi, un Hyundai Atos UYR 661, se desvaneció junto a él.
Esa noche, la señora Marta empezó a caminar por el pasillo como si hubiera fuego. “Cristian no ha llegado… raro, raro”, repetía. A las dos de la mañana, la frase dejó de ser un pensamiento y se volvió alarma. A las cinco, llamó a la muchacha con quien Cristian estaba de novio, pero allá no estaba.
El 6 de septiembre intentó poner la denuncia, pero ni ese día ni el 7 había oficinas disponibles. El 8 pudo formalizarlay desde entonces empezó un viacrucis por los pasillos de las instituciones oficiales que ella, como una madre preocupada por su hijo, Con mucha esperanza recorrió.
La culpa que otros inventaron
A Doña Marta hoy no la mata solo la ausencia de su hijo, la matan las lenguas y la gente que cree que sabe. “Dicen que él se fue… que esto es un montaje… que yo estoy actuando”, dice, y se quiebra. “¿Tú crees que uno actúa este dolor? ¿Tú crees que yo voy a inventar algo así?”.
El taxi nunca volvió a moverse después del punto del GPS en San Isidro. Foto:Suministrada a EL TIEMPO
Ángel interviene, con algo que parece más rabia que tristeza: “Compa, yo he escuchado cosas terribles. Que él se fue del país, que está escondido, que se metió en algo… ¡si Cristian no era malo!”.
La señora Marta insiste, una y otra vez: “Mi hijo no era malo. Hasta los malos aparecen muertos… pero aparecen. A mi hijo no me lo han devuelto ni vivo ni muerto”. Y ahí se rompe y nos cuenta que las personas le dicen que la ven bien porque siempre la ven barriendo, con la casa limpia y “sin preocupación”, a lo que ella se defiende diciendo que se trata de mantener en pie por su nieta.
Es muy creyente y dice que siempre le pide a Dios discernimiento y fortaleza para soportar este dolor. En esa casa, sólo vivían ellos tres (Marta, Cristian y su hija) y, sin uno de sus elementos, solo se quedan la una a la otra. “Cuando me entro las crisis, mi nieta es la que me sostiene”, confiesa.
Cristian desapareció, sin lujos y sin comodidades. Era un hombre que vivía del día a día. “Él no tenía plata, no andaba en nada raro —dice Doña Marta—. Si algo tenía que pagar, yo hasta lo ayudaba…”. Ella adquirió las deudas que le quedaron a su hijo, con tal de proteger a su nieta de comentarios, humillaciones y ofensas.
Un día hasta le apedrearon la casa y le tiraron huevos, por lo que ella tuvo que recurrir a un préstamo bancario para poder pagar todo y tener una parte de tranquilidad. Ángel respira hondo y dice: “Ese pelado era honesto. No era ostentoso. No tenía un peso… Y aún así lo quieren pintar como un malandro”.
Ángel fue uno de los últimos en verlo; el día anterior jugaba Colombia vs. Venezuela por las eliminatorias, recuerda, y se encontraron. “Una semana antes me dijo: ‘Joda, no tengo ropa y voy a salir el otro viernes’. Yo le presté una bermuda, dos suéteres…”, dice.
“Aún cuando yo le había prestado, ese viernes que desapareció, él me llamó temprano y me dijo que le había ido bien, Él compró ropa nueva con otro amigo. Quería estrenar. Y ahí están… dobladas… esperándolo”.
Las llamadas extorsivas
Los primeros días sonaron llamadas de números desconocidos. Una voz dijo que tenían a Cristian y pidió plata, luego intentó dar prueba de vida y nos dijo al teléfono que nos iban a mandar “las orejitas con los aretes”, pero Cristian nunca tuvo orejas perforadas.
Las llamadas habrían comenzado justo después de que se puso la denuncia por desaparición forzada. Foto:EL TIEMPO
Otro supuesto secuestrador habló de que les enviaron dos millones de pesos, a cambio de entregarlo en un CAI cercano, pero aunque eso les generaba la esperanza de que estuviera vivo, Lo cierto es que esas llamadas extorsivas eran fraude. De hecho, Doña Marta afirma que Esas llamadas empezaron justo después de que puso la denuncia por desaparición forzada.
La señora Marta reitera algo que nadie ha podido explicarle: “No hay rastro de él… pero tampoco del taxi. Nada. Absolutamente nada”. Ella afirma que incluso quienes están metidos en problemas, incluso quienes terminan muertos, aparecen en algún punto.
“Pero mi hijo no. Y eso es lo que yo no entiendo: ¿Por qué no dármelo? ¿Por qué esconderlo? ¿Qué hicieron con él?”.Los investigadores confirmaron que el taxi nunca volvió a moverse después del punto del GPS en San Isidro.
No ha aparecido ni abandonado, ni calcinado, ni desguazado, ni vendido. Es como si hubiera dejado de existir. Esa es la parte que más asusta. En los meses siguientes, Doña Marta relata que Ha tenido que enfrentar rumores que se extendieron más rápido que la búsqueda oficial.
Que ella sabía dónde estaba. Que estaba “muy tranquila”. Que era “raro” que seguía llevando a su nieta al colegio. Que por qué no vendía la casa. Que por qué no gritaba más fuerte. “Me ven tranquila y dicen que se me olvidó”, dice ella. “¿Cómo se me va a olvidar a mi único hijo? Yo lo que hago es respirar para mantener a mi nieta de pie. nada mas”.
Desde entonces Doña Marta se apoya en psicólogos, psiquiatras, en la familia cercana, en Dios. “Yo paz necesito —dice— Por eso a veces hasta me quiero mudar. Aquí solo hay dolor y cismmi”.
Ella dice que “si Dios me lo reclamó, yo acepto su voluntad… pero déjenme encontrar. Déjenme llorarlo. Déjenme enterrarlo. Déjenme vivir mi duelo”. No pide culpables, venganza, indemnización o castigos, pide claridad.
Ella lo recuerda, como alguien “alegre. Muy alegre. Siempre bailando. Creyente. Con fe”. Nunca se ha metido en nada malo. Él no me iba a dejar sola”. Ángel confirma con la cabeza y dice que “él era de los que ponían música a todo volumen solo para hacerme bailar. Era luz. Era risa”.
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Cerca de que se cumplan seis meses, la casa de Doña Marta mira en silencio la ropa doblada que Cristian compró ese día. Y la ciudad y todo su barrio seguirán detrás de la pregunta que ella, desde septiembre, repite como una aguja en el pecho: “Vivo o muerto, ¿Por qué no me lo devuelven?”
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Guerra en Ucrania. Foto:
