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“Kill Bill” regresa: películas recortadas por los estudios antes de llegar a los cines
El espectador que compra su canchita y se acomoda en su butaca muchas veces no lo sabe, pero las bambalinas de una producción cinematográfica pueden ser auténticos campos de batalla. Y el principal de todos es la sala de edición. Allí ya no se discuten actuaciones ni encuadres. Se discute sobre el tiempo. El director defiende la duración necesaria para contar su historia; el productor, en cambio, hace las matemáticas y calcula cuántas funciones diarias caben en una sala. Mientras más larga la película, menos proyecciones y, por tanto, menos dinero recaudado. Esa discusión, tan antigua como el cine, ha dejado a su paso obras recortadas en su exhibición. En el caso de “Kill Bill”, de Quentin Tarantino, la historia nos llegó partida en dos.
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De allí la relevancia del reciente estreno en Perú de “Kill Bill: The Whole Bloody Affair”. Más que un capricho tardío de Tarantino, se trata de la forma original en que la película fue concebida en 2003. Tarantino no escribió dos guiones. Escribió una sola historia sobre venganza y artes marciales que superaba las cuatro horas de duración. El entonces “niño terrible” del cine gozaba de amplio crédito tras el éxito de “Pulp Fiction”, pero todavía no el suficiente para imponer un metraje semejante. Los hermanos Weinstein, productores del proyecto, decidieron, con la venia de Quentin, dividirla en dos películas y así quedó.
El cineasta indica que conversó con Uma Thurman sobre el nuevo proyecto de “Kill Bill 3” . (Foto: Miramax)
Durante dos décadas la versión completa existió, pero fuera del alcance del público. Se proyectó en algún festival, en funciones privadas y en otras ocasiones especiales. Casi nadie la había visto íntegra hasta ahora. El crítico Sebastián Zavala, de Cinencuentro y Me gusta el cine, la vio recientemente y confirma que la experiencia es distinta, aunque no sin fisuras. “Son las dos películas que conocemos, unidas, pero ahora tienen un intermedio justo al final de lo que era el volumen 1. Eso va un poco en contra de la idea de que se vea como una sola película”, comenta.
La versión completa incluye nuevas secuencias animadas, restituye el color en la célebre pelea originalmente presentada en blanco y negro y añade algunos otros cambios. Lo que no desaparece es la diferencia de ritmos. La primera mitad sigue siendo un estallido de acción y homenajes al cine de explotación asiático; la segunda conserva su tono de western pausado y casi agónico.
ENTRE NAVAJAS Y SECRETOS
Para Zavala, el asunto de las películas recortadas y los posteriores montajes del director no es algo excepcional, sino estructural a la industria de Hollywood. “Todo empieza con el contrato. En las grandes producciones, muchas veces el estudio tiene el ‘final cut’; es decir, decide cuál será el montaje final. Mientras más poder tenga el director, más control conserva; mientras menos, más interviene el productor”. Un cineasta como Christopher Nolan, por ejemplo, tiene carta libre para hacer la película que quiere, como se vio en “Oppenheimer” y sus tres horas de duración. En el caso de “Kill Bill”, recuerda, Miramax consideró que el metraje hacía inviable su exhibición continua y exigió dividirla.

“Apocalypse Now” (1979) – Pocas producciones han sido tan problemáticas como el intento de Francis Ford Coppola de adaptar “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad a la guerra de Vietnam. La película inicialmente estaba planeada ser filmada en las Filipinas con un presupuesto de US$12 millones. Al final terminaron un año en la jungla, gastando más de US$30 millones. Una frase de Coppola resume la situación que vivieron, que incluyó un ataque cardíaco de su actor protagonista Martin Sheen. “Estábamos en la jungla, éramos demasiado, teníamos acceso a demasiado dinero y equipo, y poco a poco, enloquecimos”. Interesados en conocer más pueden ver el documental “Hearts of Darkness”, que trata sobre este periplo. (Foto: United Artist)
En la historia del cine abundan los casos de películas que llegan a las salas prácticamente mutiladas tras un montaje implacable. A fines de los setenta, Francis Ford Coppola estrenó su celebrada “Apocalypse Now” después de un rodaje caótico en Filipinas que incluyó un tifón que destruyó los decorados, un infarto de Martin Sheen y a un Marlon Brando indisciplinado que se negaba a aprenderse el guion. Coppola acumuló tanto material que debió reducirlo drásticamente para poder estrenarla en una versión de 2 horas y 27 minutos. Décadas después continuaría reeditándola en versiones como “Apocalypse Now Redux” (2001), de 3 horas y 22 minutos, hasta su “Final Cut” de 2019, que, curiosamente, es unos veinte minutos más corto que “Redux”.
Otro cineasta que ha padecido con los montajes en varias de sus películas es Ridley Scott. Su futurista “Blade Runner” (1982) se estrenó con varios cambios impuestos por el estudio, entre ellos una narración en off explicativa y un final optimista. Años después, al eliminarlos, apareció la obra ambigua y melancólica que hoy se considera fundamental para la ciencia ficción. Existen hasta siete versiones distintas de la película.

Harrison Ford participó en ‘Blade Runner’ (Foto: Warner Bros.)
El crítico Sebastián Zavala recuerda que el caso se repitió con “Kingdom of Heaven”, también de Scott. “La versión de cines se siente muy apresurada, pero el ‘Director’s Cut’ —mucho más largo— recupera el desarrollo de personajes y la coherencia narrativa. Hoy es una película de culto y una de las mejores aproximaciones cinematográficas a la Edad Media”.
Quizá el ejemplo más dramático de todos fue “Érase una vez en América”. El maestro italiano Sergio Leone concibió su épica neoyorquina sobre gánsteres como una obra extensa, centrada en el paso del tiempo y la culpa. La imaginó construida a partir de constantes saltos entre pasado y presente, y su montaje original rondaba las cuatro horas. Sin embargo, para su estreno en Estados Unidos los productores recortaron cerca de noventa minutos y, peor aún, reorganizaron la narración en orden cronológico.

Érase una vez en América (Sergio Leone, 1984).
La versión que llegó a salas duraba apenas unos 139 minutos y desarmaba por completo la estructura concebida por Leone. La crítica la rechazó y el pobre Leone murió sin llegar a ver su película estrenada como quería. Su actual versión restaurada roza los 229 minutos.
Un ejemplo más reciente lo ofreció “Justice League”. La versión estrenada en cines en 2017, terminada por Joss Whedon tras la salida de Zack Snyder, fue recibida con frialdad por la crítica y el público. Cuatro años después apareció “Zack Snyder’s Justice League” (2021) y permitió comprender un poco mejor las intenciones originales de la obra. Al final, dicen, el cine es un arte colectivo… hasta que llega la hora de cortar. //
