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Fiume, el laboratorio del fascismo – El Salto
La fascinación que la aventura militar del poeta Gabriele D’Annunzio en Fiume genera no está exenta de razones. Estos días hemos tenido la oportunidad de poder ver en Barcelona, en el marco del Festival La Inesperada, el “documental” —necesariamente entre comillas— Fiume o morte! (Igor Bezinović, 2025).
Siguiendo la estela de Peter Watkins, Bezinović ha optado por reconstruir con actores no profesionales algunos de los momentos más destacados de este (cada vez menos) oscuro episodio histórico para reflexionar sobre las secuelas que ha tenido en su ciudad (hoy: Rijeka).
Aunque Fiume o morte! recurre al humor para facilitar al espectador introducirse y seguir una historia que puede ser desde luego compleja para quien la desconozca por completo –y que también, por cierto, fue recogida como novela gráfica por David G. en Por los caminos oscuros (Norma, 2008)–, sus aspectos más oscuros son insoslayables, ya que esta breve experiencia de poco más de un año funcionó como laboratorio político del fascismo italiano, entonces un movimiento que apenas tenía meses de existencia.
La ocupación de Fiume y la llamada Regencia italiana de Carnaro (1919-1920) pertenece a esos casos liminares, ocurrido, además, en un intersticio histórico, geográfico y político, en el que conviene detenerse en algún momento para estudiar –y este momento histórico parece bastante oportuno por razones en las que no es necesario ahondar– y para comprender cómo surgen los monstruos en épocas de interregno. Dos de los mejores volúmenes para aproximarse son la monumental biografía de D’Annunzio escrita por la historiadora británica Lucy Hugues-Hallet, El gran depredador (Ariel, 2014), y Der Dichter als Kommandant. D’Annunzio erobert Fiume (Wilhelm Fink, 1996), una antología de artículos de investigación editada por Hans Ulrich Gumbrecht.
El poeta como dictador
Al llegarle la noticia de que la ciudad de Fiume (o Rijeka), ocupada temporalmente por tropas italianas, no pasaría a estar bajo control italiano tras la desintegración del Imperio austro-húngaro y la Conferencia de Paz de París de 1919, sino que sería integrada en el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos –que reclamaba para sí los territorios que se extienden entre Istria y la costa dálmata, en los que vivían comunidades de italianos numerosas e influyentes, en particular en las ciudades portuarias de Pola, Zara, Spalato y la propia Fiume (una ciudad portuaria en la que convergían carreteras y líneas ferroviarias de Budapest, Praga, Belgrado y Zagreb, y que contaba asimismo con un nada desdeñable tejido industrial y empresarial)–, el poeta y dramaturgo decadentista Gabriele D’Annunzio –que había protagonizado dos acciones bélicas de gran impacto en la opinión pública, si bien de escaso valor militar, que ayudaron a aumentar la moral de las tropas italianas: la incursión en la bahía de Bakar (10-11 de febrero de 1918) y el vuelo sobre Viena (en la que se arrojaron 50.000 panfletos sobre la capital austríaca)– decidió sumar otra espectacular aventura militar a su hoja de servicios y, al frente de 2.600 hombres entre soldados del ejército, veteranos de guerra, militantes nacionalistas e irredentistas italianos que se habían ido sumando a lo largo del camino, tomar por asalto la ciudad el 12 de septiembre de 1919, expulsar a las tropas aliadas (estadounidenses, británicas y francesas) y declarar su anexión al Reino de Italia.
La entrada de D’Annunzio en la ciudad, entre multitudes de italianos que rodeaban su automóvil descapotable y lo adornaban con ramos de flores, fue teatral, al gusto del poeta italiano
El 11 de septiembre D’Annunzio, que entonces contaba con 56 años, enfermo de fiebre, abandonó con su inseparable amigo Guido Keller –un aviador de origen suizo que había volado con su escuadra en el ataque a Pola de agosto de 1917– la ciudad de Venecia, donde residía, y llegó a Ronchi, desde donde envió a medianoche una carta a Benito Mussolini: “Il dado è tratto. Parto ora. Domattina prenderò Fiume con le armi.” Al día siguiente, comienza la marcha, inicialmente con 186 granaderos y 40 vehículos robados por Keller a punta de pistola.
La entrada de D’Annunzio en la ciudad, entre multitudes de italianos que rodeaban su automóvil descapotable y lo adornaban con ramos de flores, fue teatral, al gusto del poeta italiano. Al día siguiente, el general al mando de la ciudad, Vittorio Emanuele Pittaluga, se reunió con D’Annunzio y le entregó el gobierno de la ciudad, que abandonó junto con algunos contingentes de soldados y uno de los oficiales a su mando con el fin de evitar un choque de fuerzas. Las tropas de ocupación francesas y británicas que formaban parte del contingente aliado abandonaron la ciudad a petición del Alto Mando italiano, que juzgó su presencia como un impedimento si era necesario bloquear o, incluso, bombardear la ciudad llegado el caso. D’Annunzio se instaló en el palacio del gobernador, que convirtió en sede de su cuartel general.
La impresa di Fiume, a pesar de su espectacularidad y resonancias históricas –la expedición de mil hombres de Giuseppe Garibaldi en 1860, que no contaba con el apoyo de ningún gobierno, logró expulsar del sur de Italia a los ejércitos del rey Borbón de Nápoles e iniciar a la creación de una Italia unificada, y a D’Annunzio le fascinaba la historia de la Serenísima República de Venecia, cuyo dominio se extendió por buena parte del Mediterráneo oriental–, fue sin embargo rechazada por el gobierno italiano, que exigió al poeta que abandonase la ciudad con vagas promesas de un futuro reconocimiento, sometido a la voluntad popular de la propia población de la ciudad, que no solo estaba formada por residentes italianos, sino también croatas y húngaros.
Lejos de rendirse, y rodeado por las tropas del ejército italiano, D’Annunzio dobló la apuesta, rechazó cualquier compromiso con Roma –una opción favorecida por la población de Fiume– y el 8 de septiembre de 1920 declaró la Regencia italiana de Carnaro –en el primer borrador de Constitución se hablaba de “república”, pero D’Annunzio lo hizo cambiar por “regencia” para aplacar a los monárquicos de entre sus seguidores–, un estado independiente que tomaba su nombre de la bahía (en croata: Kvarner) en la que se encuentra la ciudad, y que, por ende, ampliaba sus aspiraciones territoriales a la isla de Krk (en italiano: Veglia). El propio D’Annunzio se nombró a sí mismo como Comandante del nuevo Estado corporativo y proclamó a los cuatro vientos que Fiume se había convertido, bajo su mando, en un “faro que luce en medio de un océano de abyección”.
D’Annunzio condenó el Tratado de Rapallo y, en uno de sus últimos gestos, declaró la guerra a Italia, mientras Fiume se hundía en el desorden, la escasez y el desempleo para sus habitantes
En la Constitución del nuevo estado (Carta del Carnaro) –en cuya redacción intervino decisivamente el sindicalista Alceste de Ambris, exdiputado del Partido Socialista Italiano y cofundador del Fascio d’azione rivoluzionaria–, junto con los poderes ejecutivo –formado por siete ministros (rettori)– y judicial, el legislativo se dividía en dos cámaras: un Consejo de los Mejores (Consiglio degli Ottimi), elegido por sufragio universal y con un mandato de tres años, y un Consejo de las Corporaciones (Consiglio dei Provvisori), formado por 60 miembros elegidos de las nueve corporaciones instituidas por la constitución (trabajadores industriales y agrícolas, marinos, empresarios, técnicos industriales y agrícolas, administradores privados, profesores y estudiantes, abogados, funcionarios y trabajadores de cooperativas).
El primero legislaría cuestiones administrativas, de seguridad y defensa, el segundo, las relacionadas con el comercio, el trabajo y las infraestructuras, y ambos celebrarían una sesión conjunta (Arengo del Carnaro) para aprobar los tratados con otras potencias, reformar la constitución y nombrar a un dictador en tiempos de emergencia nacional. La Carta del Carnaro, que no fue del agrado de la burguesía local organizada en torno al Consejo Nacional de Fiume, de mayoría italiana, –y que, a pesar de todo, la acabó tolerando–, nunca entró en vigor, a pesar de lo cual D’Annunzio se mantuvo como regente (de facto, dictador) de un Estado que se dotó de su propia bandera –roja con el ouroboros (una serpiente que se muerde la cola) y la constelación de la Osa Mayor– y un lema –Si spiritus pro nobis, quis contra nos? (¿Si el espíritu está con nosotros, quién está en contra nuestro?)–, emitió sellos propios y organizó visitas institucionales como la del inventor del telégrafo, Guglielmo Marconi, o del director de orquesta Arturo Toscanini.
En el Tratado de Rapallo, firmado el 12 de noviembre de 1920, el Reino de Italia y el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos alcanzaron un compromiso que se plasmó en la creación de un Estado libre de Fiume. D’Annunzio condenó el Tratado de Rapallo y, en uno de sus últimos gestos grandilocuentes, declaró la guerra a Italia, mientras Fiume se hundía en el desorden, la escasez y el desempleo para sus habitantes.
El gobierno italiano había sabido astutamente no dejarse llevar por la retórica inflamada de D’Annunzio ni reaccionar con una respuesta militar inmediata que hubiese convertido al poeta en un mártir, sino jugar a dejar pasar el tiempo y permitir que la aventura del poeta se hundiese en el caos antes de asestarle la estocada definitiva. Finalmente, el general Enrico Caviglia ordenó el ataque contra Fiume el 24 de diciembre. Después de seis días de combates –interrumpidos durante la Navidad por un armisticio– conocidos como las Navidades sangrientas (Natale di sangue), en los que los acorazados Andrea Doria y Duilio llegaron a bombardear la ciudad en respuesta a la resistencia de los soldados al mando de D’Annunzio –que a punto estuvo de perecer por el estallido de una pieza de artillería–, la Regencia de Carnaro capituló el 30 de diciembre, dos días después de la dimisión del propio D’Annunzio como Comandante,y la ciudad fue inmediatamente ocupada por las tropas italianas.
El fascismo mutante
En sus pocos meses de turbulenta existencia, la Regencia de Carnaro contó con el tiempo suficiente para convertirse en un laboratorio político de primer orden. En este magma de posguerra fueron a coincidir corrientes políticas y filosóficas antagónicas y contradictorias. Fracasada la anexión a Italia, la Regencia de Carnaro intentó, por ejemplo, crear una ‘Lega di Fiume’ que agrupase a los pueblos oprimidos del mundo, y con ese fin invitó en abril de 1920 a delegaciones de Egipto, la India o Irlanda. La ‘Lega di Fiume’ fue proclamada el 28 de abril de 1920, mientras D’Annunzio buscaba extender sus contactos a representantes de otras naciones de los Balcanes con los que frenar las aspiraciones serbias en la región.
Por otra parte, y a pesar del carácter claramente irredentista de la aventura militar, varios de los legionarios –como se llamaban a sí mismos– a las órdenes de D’Annunzio seguían expresando su fascinación hacia la Rusia soviética, como el periodista y escritor y poeta futurista Mario Carli, o el responsable de Asuntos Exteriores de la Regencia de Carnaro (Ufficio delle Relazione Esteriore, URE), el musicólogo y escritor belga Léon Kochnitzky –también promotor de la ‘Lega di Fiume’ y jefe de las negociaciones con el Partido Socialista Italiano en Trieste–, quien renunció finalmente a su cargo por sus diferencias con los sectores más nacionalistas, que acabaron imponiéndose. El historiador Angelo Tasca describió su constitución como “una mezcla de corporativismo medieval y de sindicalismo moderno, de gobierno personal y de un vago sovietismo”.
Keller fue el responsable de acciones tan variopintas como enviar cartas a las instituciones psiquiátricas italianas para que liberasen a sus pacientes y los enviasen a Fiume
Keller era sin duda el personaje que mejor simbolizaba esta situación de posguerra: su estilo de vida excéntrico –que iba desde el consumo regular de cocaína (a la que D’Annunzio también era aficionado) hasta la posesión de un águila como mascota, pasando por el ejercicio del nudismo, dormir al raso o la práctica de yoga, cosas que nadie asociaría en principio al fascismo–, causaba estupor y rechazo a partes iguales entre la población de la ciudad.
D’Annunzio encargó a Keller, entretanto nombrado “secretario de Acción”, que pensase y ejecutase acciones espectaculares y en con frecuencia estrafalarias con el fin de proporcionar a los discursos de D’Annunzio material “poético”. Keller fue así el responsable de acciones tan variopintas como enviar cartas a las instituciones psiquiátricas italianas para que liberasen a sus pacientes y los enviasen a Fiume; de interceptar barcos al frente de un cuerpo llamado Ufficio di colpi di mano (Uscocchi) y obligarlos a descargar sus mercancías –aunque el ejército italiano no interrumpió el suministro de comida a la ciudad–, un claro acto de piratería que no aportó ninguna ventaja a los soldados fieles a D’Annunzio; o de arrojar el 14 de noviembre de 1920 desde su avión sobre el edificio del Parlamento italiano en Roma un orinal con la inscripción: ‘Guido Keller ofrece al parlamento y al gobierno que sobrevive solamente gracias al tiempo, las mentiras y el miedo, la alegoría concreta de su valor’.
La preocupación de D’Annunzio por las cuestiones estéticas no puede desestimarse atribuyéndola, sin más, a su patológico narcicismo. D’Annunzio había conocido bien la propaganda militar de la Primera Guerra Mundial y el uso de la fotografía y la imprenta mecánica para la producción de diarios y hojas volantes. Y una de las primeras cosas que hizo fue establecer un gabinete de prensa dirigido por Orazio Pedrazzi con el que controlar la imagen que transmitía al resto del mundo, así como la generosa difusión de su retrato (se ha cifrado en 10.000 las fotografías producidas por la Regencia de Carnaro).
Escena del documental ‘Fiume o morte!’, de Igor Bezinovic.
Este departamento también asistía a D’Annunzio en sus encendidos discursos, prácticamente diarios, desde el balcón del palacio del gobernador y en la organización de las ceremonias y desfiles militares, que tenían como meta estimular la histeria colectiva. Todo ello despertaba como es natural el interés de la prensa italiana e internacional. “La cobertura periodística de la ocupación de Fiume en septiembre y octubre de 1919 muestra que la reacción de la opinión pública internacional siguió esta lógica”, escribe Gumbrecht, “la historia de la conquista de D’Annunzio era el sueño de todo periodista, y en consecuencia no es sorprendente que, durante la segunda mitad de septiembre de 1919, muchos periódicos dedicasen detallados artículos a los últimos acontecimientos en el conflicto adriático”, una cobertura en la que D’Annunzio “aparecía como el héroe indiscutible.” Otros de los rasgos característicos de la Regencia de Carnaro fueron el fetichismo hacia los uniformes militares, la gimnasia y la generalización del saludo romano y consignas como el “Eia! Eia! Eia! Alalà!”. Nada de ello pasaría desapercibido a Mussolini, que adoptaría y perfeccionaría estas tecnologías políticas.
“¿Acaso no es cierto que lo mejor del movimiento llamado ‘fascista’ fue engendrado por mi espíritu?”, se preguntaba el poeta
Por su naturaleza singular, la Regencia de Carnaro –en la que se mezclaron sindicalistas, futuristas, comunistas, fascistas y bohemios– es hoy un episodio relativamente oscuro de la inmediata posguerra que sigue generando curiosidad y ha sido idealizado por algunos autores, algo que, como hemos visto, ya ocurrió en la época. Entre los contemporáneos, de manera señalada, por Hakim Bey en Zona Temporalmente Autónoma (T.A.Z.). El diletantismo intelectual, rayano en la pedantería, típicamente neoanarquista de este autor, fascinado por los aspectos más superficiales de este episodio, le llevaron a romantizar la Regencia de Carnaro al punto de catalogarla de “la última de las utopías piratas”, muy cerca “de ser la primera TAZ moderna”.
En su informe sobre el fascismo para el cuarto congreso de la Tercera Internacional, Amadeo Bordiga certificó que aunque el movimiento de D’Annunzio era diferente al fascismo, “este acontecimiento condujo al incremento de su organización y de su fuerza armada”. Significativamente, a finales de enero de 1920 D’Annunzio mandó deportar a más de doscientos socialistas, y Mussolini organizó una suscripción popular en apoyo del Fiume de D’Annunzio. Varios nombres destacados de la Regencia de Carnaro pasarían a engrosar significativamente las filas del fascismo. Ése fue el caso de su ministro de Interior y Justicia, Icilio Bacci, se afiliaría al Partido Nacional Fascista en 1924, o el de Giovanni Host-Venturi, uno de los impulsores de la empresa, que llegaría a ser ministro de Comunicaciones (1939-1943) de la Italia fascista. Pedrazzi, como vimos jefe del gabinete de prensa de la Regencia de Carnaro, sería embajador de la Italia fascista en Santiago de Chile (1932) y Madrid (1935), desde la que asesoraría a la Falange de José Antonio Primo de Rivera.
Mussolini –cuyos contactos con D’Annunzio se remontan al 1 de enero de 1919, cuando le envió una carta para solicitarle un primer encuentro– mandó años después editar una biografía del poeta titulada El Juan Bautista del fascismo,y el propio D’Annunzio se atribuyó el título de pionero del fascismo en una carta repleta de mal disimulado resentimiento dirigida a Mussolini el 9 de enero de 1923, cuando la relación entre ambos se había deteriorado: “¿Acaso no es cierto que lo mejor del movimiento llamado ‘fascista’ fue engendrado por mi espíritu?”, se preguntaba el poeta, “¿No anuncié el alzamiento nacional de hoy hace cuarenta años y no la ha promovido el líder de Ronchi desde entonces? ¿Cómo puedo ser tu enemigo? ¿Y cómo puedes ser tú el mío?!” A lo largo de los años veinte, escribe Hugues-Hallet, “mucha gente volverá su mirada hacia él esperando que explote su enorme tirón y les ofrezca un camino por el que ellos le seguirán: por un lado los fascistas, consternados por los compromisos que Mussolini está adquiriendo en su ascenso hacia la consolidación del poder; por otro, los antifascistas, que creen que el poeta puede convertirse en el emblema de un régimen menos brutal. Ambos miraron hacia él en vano.”
Cuando D’Annunzio falleció el 1 de marzo de 1938 a la edad de setenta y cuatro años, el telefonista que transmitía la noticia de la muerte a las oficinas de Mussolini oyó que alguien exclamaba al otro lado de la línea: “¡Por fin!” El fascismo era una realidad asentada y el experimento de Fiume ya había cumplido su cometido.
