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Apagones en San Francisco y los coches autónomos se quedaron parados y bloqueando la ciudad

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Apagones en San Francisco y los coches autónomos se quedaron parados y bloqueando la ciudad


La inteligencia artificial ha llegado para quedarse. Esto ya no hay quien lo discuta. Está en el móvil, en el trabajo, en los bancos, en los hospitales y, cómo no, también en nuestras carreteras. Nos hace la vida más cómoda, más rápida y, en muchos casos, más segura. Pero sería ingenuo pensar que es infalible.
Hace poco lo vimos con claridad en San Francisco, una de esas ciudades que siempre parecen vivir unos años por delante del resto. Un apagón dejó sin luz buena parte de la ciudad. Y cuando se apagan las farolas y los semáforos, no solo se queda a oscuras el asfalto, también se tambalea toda esa roja invisible de tecnología que damos por sentado.
Los coches autónomos, esos que circulan sin conductor y que prometen reducir accidentes y errores humanos, se encontraron de pronto ante cruces sin señales funcionando. Y reaccionaron como están programados para hacerlo: con extrema prudencia. Si no hay certeza, se detuvo. Si no hay señales claras, espere. Lo que para un conductor humano se resuelve con una mirada rápida al resto de vehículos y un gesto intuitivo, para una máquina es un escenario ambiguo que exige máxima cautela.
La escena tenía algo casi simbólico: vehículos de última generación bloqueados ante un simple semáforo apagado. No fue que la ciudad colapsara únicamente por culpa de los coches autónomos, ni mucho menos. El problema era el apagón en sí, que dejó fuera de juego sistemas básicos. Pero sí dejó una reflexión interesante sobre la mesa: la inteligencia artificial es potente, sí, pero depende de un ecosistema que, si falla, la limita.
Y eso no significa que estemos ante un fracaso. Todo lo contrario. La IA ha demostrado ser capaz de optimizar el tráfico, reducir errores humanos y mejorar procesos de una forma que hace apenas diez años parecía ciencia ficción. Pero este tipo de episodios nos recuerdan algo esencial: la tecnología no es magia. Funciona dentro de unas condiciones concretas.
Quizás el verdadero aprendizaje no esté en señalar el fallo, sino en entender qué revela. Las máquinas son extraordinarias siguiendo reglas, procesando datos y tomando decisiones en entornos definidos. Lo que aún les cuesta es moverse con soltura en la incertidumbre pura, en ese terreno gris donde los humanos improvisamos casi sin pensar.
La inteligencia artificial seguirá avanzando. Se adaptará, mejorará sus protocolos y aprenderá de situaciones como esta. Pero conviene no perder la perspectiva. Cuanto más deseables son los sistemas, más complejas son también sus dependencias. Y a veces basta algo tan simple como un corte de luz para recordarnos que, detrás de cada algoritmo, hay límites muy reales.
La IA no es perfecta. No lo será nunca. Y quizás no necesite serlo. Lo importante es entenderla, mejorarla y no convertirla en un mito. Porque sí, ha venido para quedarse. Pero quedarse no significa sustituirlo todo, sino convivir con nosotros, con nuestros aciertos y también con nuestras imperfecciones.

LUIKE/CHASIS CERO
RR23

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