Colombia
‘Me quité la ropa y me lancé al agua’

En una casa de retiro para adultos mayores en el barrio Pontevedra, en el noroccidente de Bogotá, Gustavo Bohórquez Martínez vuelve una y otra vez a un capítulo de su vida que el tiempo no ha logrado borrar. Algunas cosas se le escapan ahora, como ocurre cuando el alzhéimer empieza a abrir vacíos en la memoria. Pero hay recuerdos que permanecen intactos. Uno de ellos es la noche en que se lanzó a una laguna, junto al aeropuerto El Dorado, para sacar a sobrevivientes de un accidente aéreo.
Tiene 88 años. Pronto cumplirá un año más. Nació en Fresno, Tolima, el día de San Pedro y San Pablo de 1937. En su pueblo estudió hasta cuarto de bachillerato porque en esa época no había más que cursar. Como muchos jóvenes de entonces, decidieron irse a Bogotá para buscar oportunidades y empezar una nueva vida.
En la capital estudió un técnico en mercado agrícola en la Universidad Nacional. Con el tiempo trabajado en la Federación Nacional de Cafeteros y más adelante en el Idema, el antiguo Instituto de Mercadeo Agropecuario. También alcanzó a cursar estudios de administración de empresas en el medio rural y formación en cultivos hidropónicos. Sin embargo, el episodio que marcaría su vida ocurrió cuando apenas tenía 23 años.
Para aquel entonces, Gustavo trabajaba en el aeropuerto eldoradoque acababa de entrar en funcionamiento. Su tarea consistía en ofrecer café colombiano a los viajeros nacionales e internacionales que llegaban al país. Recuerda que recibieron a los pasajeros con una taza humeante para que pudieran percibir el aroma y comparar el café de Colombia con el de otros lugares del mundo.
Aquella tarde del 19 de abril de 1960 guardaban la llegada de un vuelo de Lloyd Aéreo Colombiano procedente de Estados Unidos. Según la reconstrucción histórica publicada por el portal especializado Volavi, se trataba del vuelo 503, operado por un avión Curtiss C-46 con matrícula HK-390. La aeronave había salido de Miami y había hecho escalas en Barranquilla y Medellín antes de dirigirse a Bogotá.
Labores de rescate tras el siniestro del vuelo 503 en una laguna cercana a El Dorado. Foto: El Portal de la Aviación
Eran las 7:08 de la noche cuando el avión se acercaba a la pista principal del aeropuerto, que apenas llevaba cuatro meses inaugurado. A unos 430 metros de la cabecera, la aeronave se precipitó a tierra durante la maniobra final de aproximación y terminó destrozada en una laguna cercana al río Bogotá.
El impacto dejó decenas de víctimas. De acuerdo con los registros históricos recopilados por Volavi, 32 ocupantes murieron y 19 sobrevivieron al siniestro, entre ellos el comandante de la aeronave, el capitán Jaime Velilla.
Desde el aeropuerto, Gustavo Bohórquez presenció la escena en cuestión de segundos. Recuerda que el avión descendió demasiado durante el aterrizaje y que el tren de aterrizaje tocó la orilla que separaba la pista del río y de la laguna, hasta que la aeronave terminó metiéndose en el agua mientras quienes estaban cerca observaban lo ocurrido.
A ratos se detiene, busca las palabras y mira a su esposa, sentada a su lado. “Mija, ayúdeme… —¿Cómo era que se llamaba el piloto? —le dice. Ella le recuerda algunos detalles y él retoma el relato con la misma claridad con la que revive ese momento.
Lo que hizo después ocurrió casi por instinto. Cuenta que había varias personas alrededor, pero que tal vez el único que sabía nadar era él. Sin pensarlo demasiado, se quitó la ropa, quedó en calzoncillos y se lanzó a la laguna.
Curtiss C-46 de matrícula HK-870 que días antes había aterrizado “de barriga”. Foto:Colección Jaime Escobar.
Había aprendido a nadar desde niño cuando participó en los boy scouts, donde también le enseñaron algunas nociones básicas de rescate. Ese conocimiento, que parecía lejano en ese momento de su vida, terminaría siendo decisivo. El agua estaba helada, pero se lanzó de inmediato.
La primera persona que sacó fue una mujer. Luego otra. Y otra más. Recuerda que en el colegio le habían enseñado que a una persona que se está ahogando no se la debe tomar de frente, porque puede arrastrar al rescatista hacia el fondo. La forma correcta era sujetarla por detrás, pasar el brazo por debajo de los suyos y llevarla hacia la orilla.
Así fue sacando a los sobrevivientes uno por uno. Afuera había personas esperando para ayudarlos y darles primeros auxilios mientras expulsaban el agua que habían tragado.
Dice que en total logró sacar a nueve mujeres del agua. Cuando ya estaba exhausto y pensaba salir de la laguna, vio unas burbujas que subían a la superficie y pensó que allí había alguien más. Se acercó al lugar y encontró al piloto del avión. Recuerda que alcanzó a ver las charreteras de su uniforme.
El hombre estaba atrapado por el cinturón de seguridad. En cuestión de segundos pensó cómo soltarlo, lo liberó y lo tomó por detrás, como había hecho con los demás. El trayecto hasta la orilla no era corto y tuvo que avanzar varios metros cargándolo.
Dice que para ese momento ya estaba muy cansado, pero reúne fuerzas para sacarlo del agua. Cuando llegaron a tierra, pidió ayuda de inmediato y advirtió que el piloto estaba en muy mal estado. Siguiendo las maniobras que conoció, le presionaron el abdomen para que expulsara el agua. Para Gustavo Bohórquez, ese fue el décimo rescate de aquella noche.
Avión de la empresa Lloyd Aéreo Colombiano SA Foto:archivo particular
Según la reconstrucción histórica publicada por Volavi, en el accidente sobrevivieron 19 ocupantes de la aeronave. Las labores de rescate se realizaron en medio de gran confusión, con participación de bomberos, personal del aeropuerto, voluntarios y personas que estaban cerca del lugar del siniestro.
La escena alrededor del accidente era caótica. De acuerdo con ese mismo recuento histórico, el cuerpo de bomberos del aeropuerto no contaba entonces con equipos adecuados para rescate en la laguna y las primeras maniobras se realizaron con medios precarios. Ambulancias y médico personal comenzaron a llegar desde distintos puntos de la ciudad mientras curiosos y rescatistas improvisados se agolpaban en el lugar.
En medio de esa confusión, el joven que había sacado a varias personas del agua simplemente volvió a vestirse. Cuenta que cuando todo terminó, secó, se puso la ropa y nadie le dijo nada. Nadie preguntó. La vida siguió. Tiempo después recibió una carta de la Federación Nacional de Cafeteros agradeciéndole lo ocurrido, pero ese documento se perdió con los años y nunca volvió a aparecer. Anhela volver a tener ese papel entre sus manos.
Las personas que ayudaron tampoco volvieron a contactarlo. A ninguno de los sobrevivientes lo volvió a ver. Aún así, nunca sentí que necesitara reconocimiento. Dice que le queda la satisfacción de haber ayudado a tantas personas ya sus familias.
Hace poco uno de sus hijos intentó reconstruir la historia y buscar documentos de aquel episodio. No encontraron la carta, pero sí los registros del accidente que sacudió a la aviación colombiana en 1960.
En la casa de retiro de Pontevedra, Gustavo Bohórquez habla de aquel momento con serenidad. Explica que actuó por su modo de ser, “por hacer el bien sin mirar a quién” y por aplicar lo que había aprendido a lo largo de su vida.
Puede que el tiempo haya difuminado otros momentos. Pero ese capítulo –la laguna helada, las burbujas que anuncian a alguien bajo el agua, el esfuerzo final para sacar al último sobreviviente– permanece intacto en su memoria.
En una ciudad donde con frecuencia se escuchan historias duras, también vale la pena recordar gestos de valentía como este: el de personas que, sin pensarlo demasiado y aun poniendo en riesgo su propia vida, deciden salvar la de otros.
CAROL MALAVER
SUBEDITOR BOGOTÁ
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