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“Once Goles y un Despedida: ¿El Último Baile?”

Tomas Ritcher · marzo 15, 2025 · 8 min de lectura



“El Tenor de Aragua, Darío Castillo, hará temblar con su canto los cimientos de la maestranza cuando, antes de ‘partir plaza’, sea el responsable de interpretar las gloriosas melodías del himno nacional”, afirmaba la publicidad de una corrida en la plaza de toros de Maracay, Venezuela.

Y hacía su aparición en la arena un individuo robusto y de gran tamaño, que con voz profunda entonaba Gloria al Bravo Pueblo. Nadie de los miles de asistentes sabía que aquel hombre de voz impresionante, que inauguraba la fiesta taurina varias décadas atrás, había sido protagonista de un desafortunado evento en la Copa Libertadores. Ese cantante de gran humanidad había ocupado el puesto de arquero profesional. Aunque su carrera fue breve, logró trascender en la historia.

Un día memorable del fútbol sudamericano

Se conserva una imagen borrosa del 15 de marzo de 1970. Esa imagen de aquella noche tempestuosa muestra numerosos paraguas oscuros en las escasas gradas del estadio Centenario de Montevideo. Los aficionados que se atrevían a mojarse -apenas 6.000- vivieron un récord que perdura 55 años y rara vez se repetirá.

Ese lluvioso domingo en Montevideo, Peñarol desató una avalancha goleadora al vencer 11 a 2 al Valencia de Venezuela, estableciendo así la mayor diferencia de goles en la historia de la Copa. Además, es el resultado más abultado en 66 ediciones del torneo. El arquero que recibió los once goles se transformaría años después en El Tenor de Aragua, aclamado intérprete de música folclórica y española en su nación.

El Valencia Fútbol Club, que dejó de existir hace años, había logrado el segundo puesto en el torneo venezolano detrás del Deportivo Galicia, y en esa ocasión les correspondía enfrentar a los uruguayos, que hasta ese momento eran los dominadores de la Libertadores junto a los argentinos.

Nacional contaba con 9 jugadores y Peñarol con 8 en la Selección Uruguaya, que tres meses más tarde realizarían una destacada actuación en el Mundial de México. Finalizaron en cuarto lugar, detrás de Brasil, Italia y Alemania.

Esto evidencia el notable poderío del fútbol celeste en esa época. En contrapartida, Venezuela era futbolísticamente el recién llegado de Sudamérica, carecían de una identidad nacional; sus equipos, salvo contadas excepciones, estaban formados mayoritariamente por españoles, brasileños y argentinos de menor categoría que buscaban hacer algo de dinero. Los clubes surgían y desaparecían en un lapso de cuatro a cinco años. El béisbol reinaba en la patria de Bolívar.

La desventaja de fuerzas era abrumadora, iban al sacrificio. Y ocurrió lo que era de esperar. Tres días antes, en el mismo Centenario, Valencia había caído ajustadamente ante Nacional por 1 a 0, en una actuación más que digna, incluso con un gol de penalti de Atilio Anchetta.

En el arco venezolano había una garantía: el Pulpo Colmenares, destacado guardameta del fútbol Vinotinto, que incluso formaba parte de la Selección. Pulpo porque en algunas tardes parecía tener varios brazos, se llevaba todo.

Sin embargo, se presentó un imprevisto: el árbitro austríaco-peruano Erwin Hiegger sancionó una falta muy discutida por los chicos del Valencia y, mientras Hiegger estaba de espaldas contando los pasos, Colmenares, lleno de indignación, intentó despejar el balón con tanta mala suerte que le pegó en la espalda al árbitro. Este se giró y preguntó: “¿Quién fue…?” Los de Nacional señalaron a Colmenares y este fue expulsado. Pescaíto Gómez, posiblemente el técnico más cómico que ha tenido el fútbol mundial, tuvo que hacer un cambio forzado: retiró a Zezinho, delantero, y puso a Darío Castillo. Aunque no recibió goles, terminó sufriendo un infortunio al quebrarse un dedo.

Tres días después enfrentaban a Peñarol y Colmenares estaba suspendido… Solo quedaba un arquero, y además con el dedo roto: Castillo, quien además era un novato y apenas atajaba. Para colmo, era una noche lluviosa, con barro y la tenue luz amarillenta de esos tiempos que no favorecía en absoluto.a los arqueros.

A los treinta segundos, una veloz carrera por la izquierda del extremo Julio Losada, un centro curvado, un cabezazo de Spencer y Peñarol se ponía 1 a 0 al frente. Aún estaban ajustándose y ya se encontraban en desventaja. Nervios, inseguridad, culpa, dolor en el dedo; todo se le acumulaba en la mente al futuro Tenor de Aragua.

En aquellos torneos de Libertadores, las goleadas escandalosas eran habituales, existían naciones con un desarrollo futbolístico limitado. Resultados de cinco y seis tantos eran comunes. Pero hasta ahí, todo bien. Once goles es un golpe brutal, una barbaridad.

El mismo seguidor del equipo triunfador salía del estadio casi molesto; celebraba más un 1 a 0 que un 11 a 2. “Para Peñarol fue una broma”, tituló su artículo Juan Ángel Miraglia, periodista de la revista uruguaya Deportes. Sí, era trágico y cómico a la vez. “Un marcador de básquet”, comentó La Mañana. “Peñarol fue un despiadado ejecutor”, destacó el extinto El Día. Y BP Color dio en el clavo: lo describió como “Un triunfo asombroso y una goleada que pasará a la historia”.

Normalmente, cuando un equipo alcanza cinco o seis goles, reduce la intensidad; Peñarol, sin embargo, mantuvo el pie en el acelerador. Necesitaba ganar para avanzar a la siguiente fase, pero no corría el riesgo de una eliminación. Al grito inicial de Spencer le siguieron tres de Pedro Rocha, dos de Losada y dos más de Ermindo Onega. Cerraron la masacre Nilo Acuña, Waldemar Cáceres y el propio Spencer. El Pulpo Colmenares, en la platea, se agarraba la cabeza. Peñarol tenía antecedentes crueles: en 1963 había derrotado al Everest ecuatoriano 9 a 1.

Después de la masacre, el vestuario venezolano era un desierto. El silencio se podía cortar con cuchillo. Darío Castillo, el desafortunado portero que tuvo que ir a buscar la pelota once veces, confesó años después que fue la noche más dolorosa de su existencia. “El primer balón que toqué no me hizo sentir bien. Luego llegaron los goles, uno tras otro, y me desmoralicé, al punto que los balones que iban afuera yo los metía en mi arco. Esa delantera de Peñarol era infernal… eran unos salvajes, unos demonios… Y la presión del público, el estadio Centenario, el dolor en mi dedo que me había fracturado en el partido anterior, y todos esos goles; ninguno de mis compañeros quiso colocarse en el arco, y los goles continuaron… Fue un juego muy complicado… Esta historia me marcó para siempre… Recuerdo que solo un niño uruguayo, al finalizar el partido, vino a saludarme y brindarme apoyo y me acompañó hasta el camerino”. Poco después, Castillo se alejó del fútbol y se dedicó al canto.

Posteriormente a ese encuentro, la selección le llevó a Peñarol ocho jugadores para el Mundial de México y aún así logró llegar a la final de la Copa, jugando con los suplentes y los forasteros. Dirigido por el inolvidable Oswaldo Brandao, el conjunto aurinegro se enfrentó en dos batallas casi bélicas con el Estudiantes de Osvaldo Zubeldía. Fueron confrontaciones donde las piernas de todos parecían cuchillas.

En La Plata, Estudiantes se impuso 1-0 con un espectacular gol de palomita de Daniel Romeo; en Montevideo finalizó 0 a 0. Zubeldía, siempre astuto, llevó consigo a un boxeador consagrado, el Tano José Menno, platense, fanático de Estudiantes y campeón argentino y sudamericano mediopesado, que también se aventuró como peso completo.

El Tano peleó con Ringo Bonavena y fue sparring de Monzón. Zubeldía sabía cómo lo recibirían. Cuando arribaron con el autobús al Centenario, comenzaron las agresiones apenas abrieron la puerta. Menno fue el primero en descender y tuvo que abrirse paso a puñetazos. Sin embargo, el propio Tano suavizó algo la situación, comentó que fue como hincha y para ayudar: “Estudiantes me llevó para proteger a sus jugadores, pero la gente de Peñarol había enviado a seis o siete boxeadores negros. Vinieron todos juntos. Jamás me pegaron tanto en mi vida”.

Otra época.

Jorge Barraza

Para EL TIEMPO

Último tango

@JorgeBarrazaOK



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