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¿Cómo tiene que ser la víctima ‘perfecta’?

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Desconozco qué criterios recoge el ‘manual de víctima perfecta’, ese que muchos enarbolan como decálogo para juzgar la verosimilitud de un relato sobre acoso o abuso sexual, más allá de lo que pueda dictaminar en determinados procesos penales un magistrado. ¿El llanto? ¿La vergüenza? ¿La culpa? ¿La tristeza? Ese manual no existe.

Creo que una mayoría de mujeres, sobre todo las que nacimos en las últimas décadas del siglo pasado —por no remontarme a me a los años del franquismo, en los que la lista se ampliaría de forma exponencial—, hemos sufrido las consecuencias de conductas machistas en el metro, por la calle, en un bar, en un parque, en el trabajo… Y sí, todas hemos sido víctimas, en mayor o menor grado, de una cultura patriarcal que decretaba que eso era ‘normal’. Y no, no teníamos que llorar o amargarnos la vida pese a que habíamos sentido que uno u otro comportamiento nos había molestado, intimidado o asqueado.

Una mayoría de mujeres, sobre todo las que nacimos en las últimas décadas del siglo pasado, hemos sufrido las consecuencias de conductas machistas en el metro, por la calle, en un bar, en un parque, en el trabajo…

Estos días, en el juicio contra Luis Rubiales, expresidente de la RFEF, por el beso a Jennifer Hermoso, la denunciante y víctima ha tenido que contestar preguntas sobre por qué estaba de fiesta o se reía tras lo sucedido -recordemos que la selección española femenina de fútbol acababa de hacer historia con su primer Mundial-, en un intento de demostrar que si no hay llanto o pesadumbre no hay conducta inapropiada -o delito si así lo sentencia un juez- y sí una invención. Pues no.

La diferencia entre muchas de las conductas machistas que se producían antaño y algunas de que las siguen sucediendo ahora es que la sociedad, muchas mujeres y hombres, hemos dicho ¡basta ya! Se acabó normalizar comportamientos que nos intimidaban o que aceptábamos porque “no son para tanto, hija”. Pero sí lo son. Y ahora se denuncian, a veces públicamente y, cuando toca, en un juzgado. Así, y con más educación, es como se avanza en igualdad.

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