Durante años, el modelo de producción global se basó en llevar operaciones a países lejanos como China, India o Vietnam, apostando por bajos costos laborales. Pero los tiempos cambiaron. La pandemia, las tensiones geopolíticas, el encarecimiento del transporte y la necesidad de cadenas de suministro más ágiles y sostenibles están dando paso a un nuevo enfoque: el nearshoring.
Este término, que une las palabras “near” (cerca) y “offshoring” (externalización), consiste en trasladar procesos productivos a países cercanos a los mercados finales, buscando reducir riesgos, optimizar tiempos y mejorar el control logístico. ¿Y qué significa eso para América Latina? Sencillo, es una oportunidad que no se puede dejar pasar.
Según el Banco Interamericano de Desarrollo, Latinoamérica y el Caribe podrían sumar hasta US$78.000 millones anuales en nuevas exportaciones si logran posicionarse como destinos de relocalización. Colombia, por su ubicación geográfica, sus acuerdos comerciales y su capital humano, tiene el potencial para estar al frente de este movimiento.
“El nearshoring no es una moda, es una reconfiguración profunda del comercio global. Y el país, si juega bien sus cartas, puede convertirse en un nodo clave para las empresas que buscan eficiencia sin perder proximidad”, explica Edna Catalina Osorio, docente del programa de Administración de Negocios Internacionales de Areandina, seccional Pereira.
Las ventajas de este modelo no son menores: acceso a los océanos Pacífico y Atlántico, tratados de libre comercio con mercados clave como Estados Unidos y la Unión Europea, zonas francas competitivas y un bono demográfico que puede transformarse en talento calificado. Pero no se trata solo de geografía: se trata de visión, infraestructura y estrategia.
