La historia oficial dice que la fundación de la capital ocurrió el 6 de agosto de 1538, cuando Gonzalo Jiménez de Quesada instauró un campamento militar de 12 chozas en la zona alta de Teusaquillo, más exactamente en el Chorro de Quevedo.
De esto han transcurrido 487 años, efemérides que por estos días la capital ha conmemorado y hoy se hará un desfile de carros antiguos o de interés especial por las principales calles de Bogotá, emulando el ya internacionalmente famoso despliegue de vehículos que Medellín organiza desde hace 29 años con ocasión de la Feria de las Flores.
Uno de los aspectos más relevantes de la llegada de Jiménez y su tropa fue su medio de locomoción porque venían montando caballos que los indígenas llamaron “venados grandes”, que pasaron por seres inmortales hasta cuando una de las bestias murió en la zona y dio testimonio de su vulnerabilidad.
El animal fue el rey de la movilidad durante 365 años hasta cuando llegó en 1903 un aparato que causó ya no el pánico, pero sí el asombro de los bogotanos, porque se movía con la ayuda algunos cuantos caballos, pero esta vez de potencia que provenían de un rústico motor de un cilindro que llevaba, junto con el armazón, la marca de Cadillac.
Quien lo trajo a Bogotá fue el inmigrante Ernesto V. Duperly, cuyo hijo Oswaldo Duperly Angueyra en su libro Lo que se hereda no se hurta (Ediciones Tercer Mundo, junio de 1978) relata los pormenores con este ameno texto:
“Mi padre, en 1903, vio la necesidad de iniciar el transporte automotor. Importó el primer automóvil Cadillac de un cilindro. Trasladar este vehículo de puerto colombiano a Bogotá fue una verdadera odisea. De Barranquilla, los buques del Magdalena con capacidad de 300 toneladas remontaban el río en una extensión de aproximadamente mil kilómetros hasta La Dorada. Su continuidad era imposible debido a los Saltos de Honda. En La Dorada se transbordaba al alto Magdalena con buques más pequeños con capacidad de 100 toneladas, hasta Girardot. Lo peor era de Girardot a Bogotá, utilizando trochas, guandos y muchas veces sobre sus propias ruedas, empujando”.
El primer ‘desfile’ de un carro en Bogotá fue en 1903 o 1904. Foto:archivo familia Duperly
Con el primer vehículo importado también llegó su respectivo chofer mecánico recomendado por la fábrica. La gasolina también se importaba de Estados Unidos en latas de cinco galones. Al poco tiempo, logró establecer el primer transporte automotor Bogotá-Tunja. El principal enemigo de este progreso fueron los arrieros tradicionales, quienes consideraban que el “coche sin caballos”, como así lo llamaban, les arruinaría el negocio del transporte a lomo de mula. En repetidas ocasiones trataron de impedirlo colocando rejos muy templados de lado a lado del camino para, cuando el vehículo pasara, poder lastimar a los pasajeros ya que este coche “sin caballos” no tenían capota de ninguna clase.
Esta demostración de poco cariño solía suceder ya entrada la noche cuando la visibilidad era casi nula, pues las linternas de carburo del automóvil alumbraban menos que una vela. Dicho sistema de asalto no tuvo mucho éxito pues la velocidad del coche no era mayor a 30 km/h. El chofer de este vehículo parecía un astronauta. Vestía un largo encauchado, con grandes anteojos oscuros, montera de lana, guantes de cuero y botas.
Ernesto V. Duperly, de origen francés pero nacido en Jamaica, llegó de la mano de su familia a Barranquilla a mediados de los años de 1800. Fueron pioneros de la fotografía, el cine, el comercio, la movilidad y el automóvil, al igual que sus descendientes que participaron activamente en la creación de Colmotores.
Su padre, Henri Duperly, decidió buscar fortuna en Colombia y apenas pisó el país se destacó como un avanzado en la tecnología y las oportunidades de innovación. Lo primero que hizo fue fundar en Barranquilla el estudio Duperly & Certains. Y luego en Bogotá el Gabinete Artístico ‘Duperly and Son’, agentes de Kodak, y por ende sus fotografías fueron altamente valoradas en su momento y, de hecho, hasta hace poco existían negocios derivados de esta tradición familiar con el nombre de Oduperly.
Fotos de los archivos de esa familia suministradas por Gloria Helena Restrepo Duperly ilustran este artículo (vea más fotos en Motor.com.co), debidamente actualizadas en detalles y calidad por el historiador antioqueño Juan Guillermo Correa Naranjo en su estupendo y único libro Historias del automóvil en Colombia, disponible en la fundación Museo del Transporte, en Medellín. ¡Son dos tomos, 800 páginas que suman 7 kilos y medio de historia!
Por supuesto, Duperly y el Cadillac fundador protagonizaron el primer desfile “del auto”, se supone en algún momento entre 1903 o 1904, desde la Estación de la Sabana (ferrocarril sí había) hasta la plaza de Bolívar –que tomó cerca de una hora, probablemente el mismo tiempo de hoy– y al poco tiempo emprendieron con heroísmo la conquista de la ruta entre Bogotá y Tunja llevando su auto alzado y remolcado por las trochas.
Por ese entonces, 1906, el entonces mandatario del país, general Rafael Reyes Prieto, trajo el primer carro presidencial, un Charron francés, tan precario como costoso, pues se pagaron 23.000 dólares por el artefacto, que de todas maneras fue capaz de inaugurar la “carretera” hasta Santa Rosa de Viterbo de donde era oriundo el presidente, quien hizo su entrada triunfal al lugar en enero de 1909 y allí la gente asombrada “le echó pasto al vehículo para reabastecerlo”. El Charron fue descontinuado y Duperly le suministró a la presidencia un Cadillac más confiable ese mismo año.
En 1910, el mismo Duperly ya poseía un Rambler de 45 caballos de potencia, cuya funcionalidad quiso legalizar. Se acercó a la Inspección Municipal de Vehículos de Ruedas –hoy Secretaría de Movilidad– y solicitó una licencia de conducción, pedido que generó una conmoción jurídica, pues no existían reglamentaciones al respecto. Todas las normas se referían a los vehículos de tracción animal tales como coches y afines, o los de carga que el vulgo llamaba “zorras”. Aún hoy.
El Concejo estudió los problemas de circulación de este naciente fenómeno del automóvil y, finalmente, el 9 de diciembre de 1910, aprobó la expedición de la licencia de conducción número 001, específica para el citado Rambler y a nombre de Duperly. Se escribió en el mismo formato con el cual se les daba estatus legal a todos los conductores de vehículos de tracción animal con la observación sobre la potencia del motor y que tenía encendido por chispa. Duperly clasificó en papeles como un “zorrero” avanzado.
Hay que precisar que no fue ese Cadillac el primer carro que llegó a Colombia. En 1899 el acaudalado comerciante antioqueño Carlos Coriolano Amador apareció en Medellín con un pequeño auto francés, De Dion Bouton, luego de sortear al otro lado de la cordillera las mismas peripecias de los Duperly. El vehículo tuvo una aparición efímera, realmente nunca funcionó, y terminó siendo juguete de los hijos o nietos de la familia Restrepo Díaz-Granados, en la hacienda La Floresta, hoy centro comercial Oviedo, de Medellín. Ya sin motor, los niños usaban el esqueleto para deslizarse por las laderas con enorme peligro, tanto que la dueña de casa ordenó enterrarlo junto a las pesebreras y allí yace, aunque nadie sabe el sitio exacto y, por supuesto, poco debe existir del cadáver porque su mayor parte era madera. Para evocar la memoria, un grupo de aficionados de Medellín compró en Alemania hace años un auto original similar, que está a cargo del respectivo museo de esa ciudad.
Ciento veintidós años después del primer desfile “de auto”, el episodio comienza a recuperar fuerzas gracias a los buenos oficios del Club de Aficionados a los Vehículos Antiguos (CAVA) y de la Alcaldía de Bogotá, que acogió el proyecto y le abrió los semáforos desde el año pasado y hoy rueda en su segunda edición.
Durante este siglo y década y media pasados, el auto progresivamente se convirtió en el común denominador de la movilidad de una ciudad que se debate entre sus emisiones y las debilidades del transporte público, las vías que en una buena parte conservan las medidas del siglo antepasado y cuyo siempre mediocre estado no ha logrado apagar la cultura por los fierros de antaño que hoy se verán desfilar.
Los habrá de variadas estirpes, estados, modelos y autenticidad o modificaciones, aunque todos cobijados por la pátina de otros tiempos, así las placas azules que ahora distinguen a los antiguos de más de 35 años que han pasado por sofisticadas sastrerías de refacción sean cada vez más generosas comparadas con las dificultades de supervivencia de otros más añejos.
Por todo esto, más que un desfile de autos, lo que hoy se verá es una muestra de la cultura y entusiasmo por el automóvil y por la preservación de la especie para lo cual lo importante es llegar con entusiasmo y respeto por los fierros, antes de que se volvieran plásticos e inteligentes.
