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Coppola quiso a Robert Duvall en ‘El Padrino III’, pero él lo rechazó por un motivo insólito

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No fue por problemas de agenda ni decisiones creativas, sino por una negociación fallida entre el actor y el director

En el universo de El Padrino, poder, familia y traición van siempre de la mano. La saga sigue el ascenso y la transformación de Michael Corleone, heredero de un imperio mafioso que pasa de querer una vida normal a convertirse en un líder frío y calculador. En medio de ese mundo de decisiones peligrosas y alianzas estratégicas había una figura esencial: Tom Hagen, el abogado y consejero que mantenía la cabeza fría cuando todos los demás se dejaban llevar por la violencia. Por eso sorprendió tanto que en la tercera película ese personaje simplemente no estuviera.

Nadie imaginaba que uno de los pilares de la historia desaparecería justo cuando tenía la oportunidad de regresar. Pero eso fue exactamente lo que ocurrió con Robert Duvall, el actor que lo interpretaba y que decidió no volver a la saga por un motivo tan claro como poco habitual en Hollywood: no aceptó las condiciones económicas que le ofrecían.

Para entender su postura hay que recordar el peso real que tenía en la trama. En las dos primeras películas no era el protagonista visible, pero sí una pieza clave del engranaje narrativo, el estratega que equilibraba el temperamento de los Corleone y aportaba inteligencia donde otros imponían fuerza. Cuando en 1990 se estrenó El Padrino III y el guion resolvió su ausencia diciendo que el personaje había muerto fuera de pantalla, el público notó que faltaba algo esencial.

Lo que muchos no sabían es que el actor sí tuvo la opción de participar. El problema surgió durante la negociación salarial. A Duvall le ofrecieron alrededor de un millón por regresar, una cifra muy inferior a la de otros compañeros del reparto, especialmente en comparación con la estrella principal. Él no pretendía ser el mejor pagado ni pedía privilegios, pero sí consideraba justo cobrar una cantidad acorde a su importancia dentro de la saga. Al ver que la diferencia era demasiado grande y que no había margen de acuerdo, decidió apartarse del proyecto.

Lejos de ser un gesto de orgullo desmedido, su decisión respondía a una cuestión de respeto profesional. Él mismo explicó después que, si todos aceptaban hacer la película por dinero –algo lógico tras quince años sin continuar la historia–, él también quería una compensación justa. Como no llegó, dijo no sin dudar.

Entonces ocurrió el episodio más surrealista de toda esta historia. Francis Ford Coppola quiso convencerlo personalmente y fue a visitarlo a su casa de Virginia. Duvall lo recibió como un anfitrión impecable y le preparó un plato especial: unos pasteles de cangrejo hechos con la receta familiar de su madre. Hablaron del personaje, del guion y de la posible vuelta… pero lo que quedó para el recuerdo fue otra cosa.

El Padrino II

Según contó el propio actor tiempo después, el director se marchó con la receta apuntada y lo llamó días más tarde. Duvall tuvo la impresión de que Coppola estaba más interesado en el plato que en ficharlo para la película, una anécdota que siempre relató con humor y que terminó convirtiéndose en leyenda entre los fans de la saga. Con los años, el actor dejó claro que no se arrepentía. Consideraba que la tercera parte no alcanzó el nivel de las dos primeras y nunca guardó rencor al director. De hecho, insistió en que siguieron siendo amigos y que se tenían respeto mutuo.

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