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Crítica de El mago del Kremlin, o cómo diseccionar la ingeniería política desde la ficción
Oliver Assayas no da respiro en su nueva película: El mago del Kremlin es un afilada adaptación de la novela del mismo título de Giuliano Da Empoli. En la historia analiza en profundidad la política rusa desde los últimos coletazos de la era Yeltsin hasta la creación de la autarquía de Putin, cómodamente instalado en el poder sin que haya posibilidad alguna de alternancia en el gobierno.
No estamos empero ante una obra documental ni ante un biopic, sino ante una obra de ficción pura y dura que se nutre de hechos reales para imaginarse la vida de la mano derecha de uno de los artífices del constructo de la “democracia soberana”, también llamada democracia gestionada o dirigida. En suma, considerada como una fake democrasy o falsa democracia que esconde un régimen autoritario, nacionalista y conservador.
En esta película Putin es un personaje secundario, a la sombra de un titiritero, autoproclamado como un nuevo Rasputín o un moderno Maquiavelo capaz de utilizar los recursos más transgresores a su favor y cuyo recorrido llega a la era de explosión de las redes sociales en Internet donde la estrategia será de nuevo generar ruido, inestabilidad y adicción. Un escenario de caos que reproducirá la propia realidad multiplicada.
Experimentos con la verdad
El mago del Kremlin nos presenta a un inexperto Vadim Baranov interpretado por un frío y contenido Paul Dano (uno de los actores favoritos de Tarantino).
No es un personaje real, pero sí que se inspira en buena medida en Vladislav Surkov, considerado por derecho propio como un experto en desinformación y en posmodernismo político con el foco en la creación de dos conceptos que a día de hoy no pueden ser de mayor actualidad: la idea de que “nada es verdad” que nace del hecho de que se pueden crear infinitas verdades alternativas para crear confusión.
La película arranca cuando aún es joven y está comenzando una carrera artística como director teatral, al calor de cierto aperturismo ideológico. Cuando da el salto a la producción televisiva, su natural elocuencia y su vinculación a las altas esferas lo catapultan a un puesto político desde el cual ejercerá una enorme influencia.
De este modo se convertirá en el asesor de un agente del KGB designado para suceder a Yeltsin en el poder y que pasará de ser un sustituto temporal a un nuevo zar: Vladímir Putin (con un excepcional Jude Law como demiurgo).
Lo importante de la película y del libro del que bebe no es tanto la historia de lo que nos cuentan, que en buena medida es ficcional, sino de hasta qué punto nos hablan de la realidad en la que estamos inmersos a día de hoy.
Todo lo que estos hombres o sus alter ego reales inventaron y pusieron en pie es lo que ha propiciado que estemos en el punto actual y comprender los hilos de los que tiran para conseguir tal o cual golpe de efecto puede servir, como poco, para exponer una clara estrategia de desestabilización de las políticas de occidente y de manipulación masiva.
Esto se apoya en un guión denso a veces (son 146 minutos de intenso metraje), complicado y escurridizo a menudo, pero también preclaro, si tenemos en cuenta que Da Empoli terminó de escribir su novela en el año 2011 y en 2026 aún está en curso la guerra de Ucrania, a la que fue capaz de adelantarse.
Más allá de eso, muchos de los conceptos políticos de los que nos habla esta película han pasado a popularizarse incluso entre los dirigentes de democracias reales que coquetean peligrosamente con las noticias falsas, los bulos, la creación de enemigos ficticios y actitudes más propias de regímenes dictatoriales. Queda muy bien definido con las explicaciones sobre la verticalidad y la horizontalidad del poder y el aborregamiento de las masas, convertidas en meros números para revalidar un puesto en verdad inamovible.
El mago del Kremlin remata la faena valiéndose de material de archivo y constatando que el juego de realidad y ficción, tan propio de nuestros tiempos, puede servir a veces para poner de manifiesto las propias contradicciones de nuestra sociedad.
Una puesta en escena elegante y eficiente y un casting espectacular para los personajes secundarios, con Alicia Vikander, Will Keen, Jeffrey Wright o Tom Sturridge como exponentes, terminan de componer las mayores virtudes de una película incómoda pero muy interesante que exige atención pero recompensa con creces.
Valoración
Nota 75
Estimulante y preclara, esta película analiza el pasado reciente haciendo de paso una radiografía de la realidad política de rabiosa actualidad. Las claves del maquiavelismo posmoderno están aquí para hacernos comprender lo que sucede a día de hoy.
Lo mejor
Las interpretaciones, el ritmo de la narración y su capacidad para esponer los resortes que se tocan para llegar al poder y perpetuarse en él.
Lo peor
La larga duración y la densidad de la película pueden echar para atrás a los espectadores que esperen un biopic al uso.
