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Había que ver y escuchar a Julia Salvi, directora del Festival Internacional de Música de Cartagenacon esa tenacidad de quien ha aprendido a domesticar los vientos del Caribe, parada bajo el cielo raso de Enrique Grau, una de las pinturas más emblemáticas que adornan el Teatro Adolfo Mejía, para entender que lo ocurrido la noche del domingo anterior no fue simple concierto, sino la continuidad de un viaje y un sueño de arte y cultura que ya cumple veinte años de terquedad.
Su voz pausada- con la que agradeció a los cientos, tal vez millas de músicos que han desfilado con talento por Cartagena, al público ya las autoriadades de la ciudad- parecía buscar los ecos de las funciones pasadas.
Y no es para menos: este festival no nació de la nada, sino de ese impulso terco de quienes, como ella, abren puertas cuando todos los demás creen que están cerradas.
Así, El Teatro Adolfo Mejíaque en sus tiempos de abandono parecía resignado a ser un nido de sombras y leyendas, se vistió de gala para recibir al ‘alma y al cuerpo’, como se titula este año once: ese binomio invisible que rige por estos días el Festival Internacional de Música de Cartagena.
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Cartagena Festival Internacional de Música en sus 20 años Foto:Festival Internacional de Música de Cartagena
La ciudad, que a las siete de la noche suele entregarse al bochorno y al pregón de las palenqueras.se quedó de pronto en suspenso, como si el tiempo se hubiera detenido para escuchar el primer suspiro de la Orquesta de Cámara de Franz Lisztque inició su presentación con las notas del Himno Nacional de la República de Colombia.
Bajo la batuta de István Várdai, los húngaros trajeron consigo el aire gelido y perfecto de la Europa central para fundirlo con la humedad de las murallas de más de cuatro siglos.
Fue entonces cuando apareció Simón Zhu. el joven violinista alemán- con esa timidez que solo tienen los prodigios antes de enfrentarse a la madera, luego tomó su instrumento, que fue también construido hace casi cuatro siglos, y desató con su talento musical los demonios de Niccolò Paganini.
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Julia Salvi en la apertura del Festival Internacional de Música de Cartagena, que celebra 20 años Foto:Festival Internacional de Música de Cartagena
El domingo, bajo la canícula cartagenera, Zhu hizo que las cuerdas de su violín lloraran y rieran con una destreza que dejó a la platea sin aliento.
Minutos antes había sonado el ‘alma’, la dimensión universal de un mozart que, bajo la dirección del húngaro István Várdai sonó en la Sinfonía n.° 40 con la Precisión de un relojero suizo, pero con el corazón de un enamorado.
Pero la noche cartagenera también reclamaba el ‘cuerpo’, esa fuerza telúrica que nos ata a la tierra. Y el cuerpo llegó con la Melancolía nórdica de Svendsen y la elegancia sombría de Tchaikovsky, recordándonos que la música, antes de ser espíritu, es un latido que recorre la sangre. Cada movimiento fue interpretado con maestría por la Orquesta de Cámara Franz Liszt, también de Hungría.
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Mientras los aplausos silenciaban los cantos del mar y el viento que golpeaban contra las murallas, los asistentes al Teatro Adolfo Mejía supieron que este era apenas los abrebocas de una fiesta larga con las músicas más hermosas de la humanidad.. Por los próximos días, Cartagena de Indias será un puerto donde desembarcarán desde el arpa de Xavier de Maistre hasta el saxo irreverente de Paquito D’Rivera.
Veinte años han pasado desde que el festival empezó a sonar por estas calles empedradas.
Dos décadas de noches en las que la música ha sido, como bien dijo Julia Salvi, directora del Festival, refugio y camino. Porque al final, en esta ciudad colonial, refugio de melodías, ritmo, armonía y poesía, donde la realidad siempre supera a la fantasía, lo único más asombroso que un violín bien tocado es la constancia de quienes insisten en que la belleza es, todavía, una necesidad pública.
Además, te invitamos a ver nuestro documental:
Documental de la periodista Jineth Bedoya. Foto:
cartagena
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