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Cuando una serie de Movistar Plus+ toca un pedacito de ti (y con eso es suficiente)

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No todo lo que vemos debe explotarnos la cabeza. Ni tener potencial de lo que tanto nos gusta ahora llamar «binge-watching», que viene a ser verlo-todo-del-tirón. A veces una serie sólo toca un pedacito de ti. Y está bien.

El Cineclub pertenece a esa categoría para guardar en el corazón. La serie, que tiene a Aimee Lou Wood (Sex Education) como creadora y protagonista, es pura brujería surrealista.

Es el hechizo de la propia actriz; una historia que convierte la exageración incómoda de sentimientos cotidianos en escenas entrañables. Toca con su varita el puro cringe y de la chistera sale ternura. Es rara y no repele: invita.

El proyecto de la BBC tiene una premisa sencilla y peligrosamente frágil para la cultura del todo o nada. Evie (Aimee Lou Wood) es una chica que sufrió una crisis nerviosa con tintes de agorafobia que la llevó a volver y encerrarse en casa de su madre.

Su refugio es el de muchos: el cine. Evie monta un cineclub semanal que da significado a su vida, recreando en el garaje cada proyección. Los seis episodios de la serie los protagoniza una película distinta. Alien. El mago de Oz. Cadena perpetua.

El cine es escapismo emocional para Evie, pero también un espejo de sus emociones. Una historia con una poderosa influencia británica que, en realidad, tiene una temática que todavía no he mencionado: el amor.

No he tardado porque sea secundario; todo lo contrario. El Cineclub vive precisamente en esa tensión entre lo dulce y lo tibio, lo poético y lo crudo. Su ambición se mide con dos dedos como el tamaño de un sol que es diminuto en el horizonte, y aún así irradia su calor.

Evie está enamorada de su mejor amigo, Noa (Nabhaan Riwan). Noa está enamorado de Evie. Es esa relación que todos ven desde fuera, pero que ellos disfrutan con los ojos tapados hasta que estalla en una mirada.

Es terriblemente deprimente. Y reconfortante. Es inocente, genuina, nostálgica. Es un salón «cozy» para echarse una lloradita y a seguir.

El cine-refugio milenial

El Cineclub tiene su inequívoca firma británica que respira al compás del sentimentalismo abrigador de After Life, salve el sarcasmo y el cuchillo de Gervais. También de The Office cuando saca humor del absurdo y los silencios.

Un producto pequeño que disfruta de su intimidad. Aimee Lou Wood crea la serie junto a Ralph Davis para BBC con un objetivo que no parece ser el de desmontar la comedia romántica, sino de sacudirle la superficialidad comercial y convertirlo en una parábola naif milenial.

Ya en Sex Education Wood había demostrado su capacidad para transmitir vulnerabilidad e inocencia en gestos mínimos sin perder personalidad. Aquí mantienen mucho más sus planos, se le permite el espacio.

El mundo imaginativo de Evie también es un viaje cinematográfico de planos que abusan del bokeh para generar suavidad y artificio mágico. Es su imaginación, casi una idealización. Porque el cine es su excusa para estar con Noa.

Precisamente en ese espacio de conversaciones y miradas es donde estalla no el sentimentalismo, sino la comedia. En miradas y gestos que se sostienen medio segundo más de lo socialmente normativo; una micro incomodidad permanente que es su motor cómico.

Y si hay una reina de este tinglado es Suranne Jones, que hace de madre de Evie. Una mujer en eterno servicio con una energía nerviosa tan inquietante como la de su hija, pero mucho más divertida y hasta caricaturesca.

Es lo peculiar y el punto menos cimentado de la serie: la química familiar es mucho más consistente que la romántica. Pero no es tanto un fallo como una decisión estructural.

Se podrá criticar su falta de ambición o una cierta incapacidad para focalizarse en el conflicto amoroso normativo, pero es, para mí, una joya discreta: fresca, original e inesperada.

No creo que muchos ya veamos el cine y las series con el objetivo de ver un calibre narrativo como el de El caballero de los Siete Reinos. Como El Cineclub de Evie, la pantalla tiene esa capacidad romántica y estremecedora de hacer propias emociones y sentimientos que no vivimos en nuestra carne.

Aquí hay una capacidad real de aportar mediante el surrealismo una reflexión social, emocional, psicológica y hasta generacional que es absolutamente agradable de ver.

Y no, no es la segunda venida del mesías. Ni necesita ser memorable. Ofrece su corazón para reconfortar al que lo necesite o para sacar un par de risas de incredulidad a un tipo que no esperaba nada de ella… como yo.

El Cineclub responde desde el intimismo y el sentimiento más inocente a una generación que ha crecido esperando una vida con una estructura narrativa apoyada entre notas de Hans Zimmer y un amor tan reconocible como el de The Holiday.

Y ojo: no desmonta la fantasía, la abraza. Esa es su virtud y, paradójicamente, su límite, que muchos utilizarán para criticarla subidos al tren del algoritmo.

No vengo a discutir si funciona en comedia o si lo hace como serie romántica. Vengo a discutir para qué sirve; El Cineclub tiene una mirada austera y humilde que resulta refrescante y divertida.

No todo el cine ni la televisión necesita ser evento. A veces basta con un poco de realidad, aunque venga representada por una mirada infantil de un adulto que recuerda que también fue un niño y sigue perdido.

Valoración

Nota 72

Una romcom decididamente británica, íntima, cálida y de tintes surrealistas que elige corazón antes que impacto. No quiere ser un fenómeno: quiere abrigarte cuando hace frío y lo consigue.

Lo mejor

Suranne Jones está di-ver-ti-dí-si-ma, su química con Aimee Lou Wood y la sensibilidad de la serie para convertir el cringe en ternura.

Lo peor

El conflicto romántico pierde dimensión y profundidad en la balanza psicológica frente a lo familiar y personal.

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