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El detalle de La Sirenita que habría acabado la película en cinco minutos
Hay historias que funcionan porque aceptamos sus reglas sin discutirlas. Y luego están esas que, vistas con un poco de distancia, empiezan a crujir por los bordes. La Sirenita pertenece a este segundo grupo. Es un clásico indiscutible, sí, pero también un ejemplo perfecto de cómo un pequeño detalle ignorado puede convertirse en un agujero de guion enorme.
Un cuento mucho más oscuro… que Disney suavizó
La versión que la mayoría conocemos poco tiene que ver con la original de Hans Christian Andersen. En su relato, la sirena no consigue al príncipe, está condenada a convertirse en espuma de mar y solo puede salvarse asesinándolo. Disney, lógicamente, decidió cambiar el tono para no traumatizar a generaciones enteras.
Así nació La Sirenita, dirigida por Ron Clements y John Musker, una de las piedras angulares del Renacimiento Disney.
Un clásico que casi no existe
Curiosamente, la película estuvo a punto de no hacerse. Jeffrey Katzenberg temía que la historia se pareciera demasiado a Splash y no viera sentido al proyecto. Por suerte, la idea siguió adelante y acabó convirtiéndose en un fenómeno: 235 millones de dólares de recaudación y canciones que siguen grabadas a fuego en la memoria colectiva.
El pacto con Úrsula… y el silencio
El núcleo del conflicto es conocido: Ariel entrega su voz a Úrsula a cambio de piernas humanas. Si no consigue que el príncipe la bese, lo perderá todo.
Hasta aquí, todo bien. El problema llega cuando uno se fija en un detalle muy concreto.
Ariel sabe escribir
Cuando Ariel firma el contrato con Úrsula, lo hace por escrito. Es decir: sabe escribir su nombre.
Entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué le impide, ya en la superficie, escribir una simple nota que diga algo como “Soy la chica que te salvó. No puedo hablar”?
Fin de la película. Sin malentendidos, sin desesperación y, por supuesto, sin Bésala.
¿Despiste o excusa narrativa?
Hay quien ha intentado justificarlo con teorías alternativas:
– Quizá solo sabe escribir su nombre.
– Tal vez el alfabeto submarino no coincide con el humano.
– O incluso que Ariel no sepa leer realmente y solo imitara símbolos.
Son posibilidades válidas… pero nunca se explican. Y cuando una historia muestra algo en pantalla —como a Ariel escribiendo—, abre la puerta a que el espectador lo cuestione.
El precio de la lógica
Este es el típico caso de “si esto ocurriera, no habría película”. Pero también revela algo interesante: muchas veces el cine sacrifica la lógica interna en favor del espectáculo emocional. Disney necesitaba números musicales, tensión romántica y obstáculos artificiales.
Y funcionó. Nadie salió del cine en 1989 preguntándose por qué Ariel no cogía papel y lápiz.
¿Agujero de guion o tiquismiquis?
Probablemente un poco de ambas cosas. La Sirenita sigue siendo un clásico intocable, pero este detalle demuestra que incluso las historias más queridas se sostienen sobre concesiones narrativas muy frágiles.
La magia está en no pensar demasiado… hasta que alguien te lo señala. Y entonces ya no puedes dejar de verlo.
Fuente: SensaCine.
