Colombia
el escultor que sembró arte en la localidad de Suba

En el taller del maestro Manolo Colmenares, el aire huele a metal ya humo. El silencio se rompe con los constantes golpes del martillo dando forma a la forja. En su taller de cuatro pisos ya no caben los óleos, las obras en bronce, las piezas talladas a mano y los recuerdos que han hecho de él un hombre sensible, apasionado y analítico.
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Recorrí junto a él cada uno de los pisos angostos de su taller, ubicado en el barrio Puerta del Sol, de la localidad de Suba. Debo decir que me transporté a una de las muchas galerías de arte en las que he estado, pero esta la percibí diferente porque allí sentí calor de hogar, el aroma a pintura fresca y la verdadera templanza del sacrificio de un gestor cultural luchando por salir adelante, a pesar de las adversidades propias de un artista.
Manolo, con 70 años, sabe que aún no es tarde; él es un convencido de eso, y yo también, ya que en sus ojos aún se denota el amor por lo intangible, por el territorio, pero, sobre todo, por la gente. Allí, entre paredes manchadas de tiempo, un artista empieza siempre de la misma manera: con un trozo de arcilla en sus manos y una idea en el corazón.
Manolo Colmenares Foto:cortesia
Manolo Colmenares, maestro en Bellas Artes, especializado en escultura de la Universidad Nacional de Colombia, ha convertido cada piedra, cada mural y cada proyecto cultural en un puente entre la memoria ancestral y el presente.
Su nombre está escrito en bronce, mármol y cemento, ya que sus obras están inmortalizadas en la ciudad. Por ejemplo, Amerika reposa en el Jardín de Freud de su universidad; el Cacique de Suba es el vigía orgulloso ubicado en el Colegio El Salitre; o la monumental Cabeza en Ciudad de Panamá, que recuerda que el arte no tiene fronteras. Sus esculturas no son solo formas, son relatos, mitos y raíces que dialogan con el mundo.
Manolo Colmenares Foto:cortesia
Desde 1982, bajo su liderazgo, la Corporación Maci se ha consolidado como un faro cultural: pionera en la circulación de arte en plazas, centros comerciales y bibliotecas, y hoy convertida en un referente de intercambio artístico a nivel internacional. Gracias a la visión del maestro, Suba ha recibido artistas de más de 30 países y, a la vez, sus creadores han viajado a Cuba, Ecuador, Perú, Francia y otros rincones del mundo, llevando consigo la esencia del arte colombiano.
Su mayor apuesta, la Bienal Internacional de Arte de Suba, recientemente reconocida por el Concejo de Bogotá como proyecto metropolitano y apoyada por el programa distrital Más Cultura Local para la versión 2024. Este último es un fomento que tiene como objetivo impulsar la transformación social y económica de los territorios a través de acciones, iniciativas y proyectos culturales, desarrollados mediante incentivos y estímulos.
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Para Manolo, este ha sido un sueño hecho realidad: un espacio que no solo exhibe talento, sino que lo proyecta, lo hermana con el mundo y lo posiciona como fuerza vital de la ciudad.
Pero quizás el proyecto que más ilumina sus días es el Salón de Artistas del Futuro, una iniciativa que nació de su profundo deseo de dejar huella más allá de sus esculturas. En este espacio, niños y jóvenes entre los 4 y 17 años descubren el poder del arte como herramienta para expresar lo que sienten, lo que sueñan y lo que son.
Allí, entre pinceles, arcilla y colores, Manolo no solo enseña técnicas, sino que despierta vocaciones. Cada taller es una conversación entre generaciones: los pequeños observan al maestro con asombro, y él los guía con paciencia, grabándoles que cada trazo cuenta una historia y que cada escultura guarda una emoción. Para Manolo, el arte es una forma de sembrar futuro, de cultivar la sensibilidad y la creatividad que las nuevas generaciones necesitarán para construir una sociedad más consciente y solidaria.
Manolo Colmenares Foto:cortesia
El Salón de Artistas no se limita a la formación; es también un escenario de exhibición y reconocimiento. Las obras creadas por los niños y jóvenes son expuestas en espacios públicos y culturales, donde sus familias y visitantes pueden admirarlas. Este acto simbólico –ver sus obras colgadas en una galería o expuestas en una plaza– fortalece su autoestima y reafirma la idea de que el arte les pertenece, que su voz y su mirada también transforman el territorio.
Su historia no es solo la de un escultor consagrado: es la de un hombre que entendió que el arte no pertenece a los museos, sino a la gente. Un hombre que hizo de Suba un territorio donde la cultura florece, como un árbol que crece firme, con raíces en la tierra y ramas abiertas al cielo.
Alejandro Muñoz Prieto
Especial para EL TIEMPO







