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El fraude que solo aparece cuando conviene

A pocos días de la segunda vuelta, el presidente y su candidato volvieron a hacer lo de siempre: no aceptar un conteo que no les gustó. Conviene recordar que es un patrón, no un hecho aislado.
La noche del 31 de mayo de 2026, apenas se conocieron los resultados preliminares de la primera vuelta, ocurrió algo que en cualquier democracia seria sería escandaloso: el presidente de la República en ejercicio anunció que no aceptaba el conteo. “Como presidente no acepto los resultados del preconteo”, escribió Gustavo Petro en su cuenta de X, alegando un supuesto desfase de unas 800.000 personas y presuntas irregularidades en el software de consolidación, sin presentar una sola prueba. Lo reportaron El Tiempo, Vanguardia y CNN.
Su candidato, Iván Cepeda, que había quedado segundo detrás de Abelardo de la Espriella, fue por el mismo camino: anunció que no reconocería losresultados hasta que se aclararan dudas sobre el censo electoral, y habló de un “desfase” de 885.000 personas o cédulas, una cifra que —como anotó El Tiempo— mencionó sin explicar su origen. El Espectador lo resumió sin eufemismos: Cepeda desconoció la veracidad de los resultados.
Conviene ser precisos, porque ahí está la trampa. El preconteo es preliminar y no tiene efectos jurídicos; lo vinculante es el escrutinio de las comisiones. Pedir que se espere ese escrutinio es legítimo y deseable. Pero eso no fue lo que pasó. Una cosa es decir “esperemos el conteo oficial” y otra muy distinta es que un presidente declare que “no acepta” un resultado y que un candidato anuncie que “no reconoce” las cifras apoyándose en un número que no puede sustentar. Lo primero es institucionalidad; lo segundo es sembrar la sospecha antes de tener la prueba.
No es la primera vez: 2022
Quien siga la política colombiana sabe que esto no es nuevo. En las legislativas del 13 de marzo de 2022, el entonces candidato Petro denunció lo que llamó “el mayor borrón de votos de la historia” de unas elecciones al Congreso, y sostuvo que el diseño del formulario E-14 había servido para “desaparecer” sufragios del Pacto Histórico.
Lo revelador vino después. Cuando el registrador Alexander Vega ordenó un reconteo voto a voto, Petro giró el discurso: ahora el fraude era el reconteo. Habló de “golpe de Estado”, denunció ruptura en la cadena de custodia y anunció que se retiraba de los debates “hasta que se garantizara la transparencia del voto”, según El Espectador, El Tiempo y RCN Radio. El desenlace desmonta el relato: ese mismo escrutinio que tildaba de fraudulento terminó dándole más curules al Pacto, que subió de 16 a cerca de 20 en el Senado. La izquierda llamó “golpe” al procedimiento que la benefició.
Y para que no haya duda de que es un método y no un episodio, en las legislativas de marzo de 2026 se repitió: con el Pacto consolidado como la fuerza más votada del Senado —unas 25 curules, cinco más que en 2022, según Infobae y La República—, Petro volvió a hablar de “señales de fraude”. Ganar y, aun así, denunciar.
El doble rasero
Seamos justos: la denuncia de fraude no es monopolio de la izquierda. En 2022 sectores de la derecha, incluido Álvaro Uribe, también pusieron en duda los resultados, y en la propia noche del 31 de mayo de 2026 De la Espriella respondió con un tono igualmente inflamable, prometiendo defender la democracia “por la razón o por la fuerza”. Esa enfermedad —deslegitimar las urnas cuando el resultado incomoda— ningún bando debería alimentarla.
Pero hay una diferencia de grado que la izquierda colombiana se ha ganado a pulso: ha perfeccionado el arte de denunciar fraude incluso cuando gana, y de hacerlo desde el poder. Una cosa es que un candidato derrotado proteste; otra es que el jefe de Estado, garante del sistema electoral, declare públicamente que no acepta un conteo. Cuando quien debería custodiar las reglas es el primero en deslegitimarlas, el daño es mayor.
Por qué importa
El costo de todo esto no es partidista, es democrático. Cada vez que se grita fraude sin pruebas, se le enseña al electorado a no creer en el voto. Y una ciudadanía que no confía en el conteo es terreno fértil para el caudillo que promete “corregir” lo que las urnas supuestamente le robaron. La asimetría es perversa: quien acusa tiene el micrófono y la indignación; quien defiende el sistema queda como “encubridor”. Por eso la acusación funciona aunque sea falsa, y por eso se repite.
La prueba del 21 de junio
La segunda vuelta está convocada para el 21 de junio. La exigencia debería ser la misma para todos, gane quien gane: respetar el conteo y, si hay reclamaciones, tramitarlas por las vías legales y con pruebas sobre la mesa, no por trino y con cifras sin sustento.
El verdadero test de demócrata no es aceptar el resultado cuando se gana —eso lo hace cualquiera—, sino aceptarlo cuando se pierde, y no inventarlo cuando se gana. Lo que vimos el 31 de mayo no invita al optimismo. Ojalá el 21 de junio se demuestre lo contrario.
Columna de opinión. Las apreciaciones son responsabilidad del autor. Hechos y declaraciones verificables en El Tiempo, El Espectador, Vanguardia y CNN (31 de mayo de 2026); El Espectador, El Tiempo y RCN Radio (marzo de 2022); e Infobae y La República (marzo de 2026).













