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El milagro de George Lucas para salvar la película que casi le deja en la calle
Antes de convertirse en el consigliere de los Corleone y mucho antes de que el olor del napalm al amanecer se colara en la memoria colectiva del cine, Robert Duvall protagonizó una película incómoda, áspera y profundamente antisistema. Un film nacido casi de milagro, con cuatro duros y la fe ciega de un director joven, testarudo y al borde de la ruina llamado George Lucas. Aquella película era THX 1138, y estuvo a punto de dejar a su creador en la cuneta incluso antes de que Hollywood supiera pronunciar su nombre. Porque THX 1138 no fue un debut al uso, sino una declaración de intenciones tan radical que parecía condenada al fracaso desde su concepción. Un proyecto frágil, incómodo y clínico, sostenido por una ambición estética desmedida y por la interpretación contenida de Duvall. Lo que salvó la película no fue el dinero, porque no lo había, sino la osadía creativa de Lucas y la capacidad del actor para anclar emocionalmente un mundo que parecía diseñado para expulsar cualquier rastro de humanidad.
Rodar con calderilla y pensar a lo grande
Con evidentes ecos de Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, THX 1138 se sitúa en una sociedad subterránea donde las personas viven controladas por drogas, vigilancia constante y una policía robótica que reprime cualquier emoción. Cuando THX deja de medicarse y se enamora, se convierte en una anomalía del sistema y emprende una huida desesperada en busca de libertad. Esta historia de ciencia ficción es un reflejo de la sociedad norteamericana de finales de los años 60, en plena guerra de Vietnam y con el trauma del asesinato de JFK todavía reciente, un momento de claro descontento social y político que vertebra la trama y en la que Lucas además logró volcar sus propias inseguridades personales.
El origen de THX 1138 hay que buscarlo en el ámbito universitario, cuando Lucas rodó el cortometraje Electronic Labyrinth: THX 1138 4EB mientras estudiaba cine. Aquella pieza experimental, seca y minimalista, llamó la atención por su capacidad para sugerir un futuro opresivo con recursos mínimos. No era solo ciencia ficción: era una crítica frontal al control, a la deshumanización y a la obediencia como valor supremo. Es lo que tenían los últimso años 60. Ese cortometraje sirvió como carta de presentación para dar el salto al largometraje gracias al respaldo de American Zoetrope, el ambicioso laboratorio creativo impulsado por Francis Ford Coppola, el gran amiguete de Lucas. Warner Bros. aceptó financiar el experimento como parte de un paquete de proyectos jóvenes y arriesgados. Nadie imaginaba entonces que THX 1138 acabaría siendo el mayor daño colateral de aquella aventura.


El presupuesto de THX 1138 fue tan ajustado que condicionó cada decisión creativa. Localizaciones reales en San Francisco, túneles de metro sin terminar, edificios institucionales de hormigón y espacios blancos casi quirúrgicos sustituyeron a decorados costosos. La escasez económica obligó a Lucas a convertir la limitación en estilo. En ese contexto, el casting era clave. Apostar por Robert Duvall no fue una casualidad ni un capricho: era una elección estratégica. Duvall ya tenía tablas, una presencia física poderosa y una capacidad poco común para expresar conflicto interior sin apenas diálogo. En una película donde los personajes son números y las emociones están prohibidas, su rostro se convirtió en el principal vehículo narrativo.
El presupuesto de THX 1138 fue tan ajustado que condicionó cada decisión creativa
El rodaje de THX 1138 fue, en muchos sentidos, un experimento continuo. Un equipo joven, en gran parte inexperto, trabajando contrareloj y con medios mínimos. Lucas rodó en Techniscope, apostó por la luz natural y por una puesta en escena que explotaba la frialdad de los espacios reales. Todo parecía pensado para incomodar al espectador, para transmitir la sensación de estar atrapado en un sistema sin escapatoria. Y para amortizar cada centavo que salía de los bolsillos de Lucas y Coppola. Aquí fue fundamental la colaboración con Walter Murch, que no solo coescribió el guion, sino que diseñó un paisaje sonoro inquietante, lleno de voces en off, anuncios impersonales y mensajes tranquilizadores que chocaban con la violencia del sistema. El montaje y el sonido no acompañaban la historia: eran la historia. ¿Qué habría sido de George Lucas sin los editores de sus primeras películas?
La relación entre Duvall y Lucas durante el rodaje estuvo marcada por el respeto profesional. Lucas era joven, inexperto en el largometraje, pero tenía una visión clarísima de lo que quería hacer; por su parte Duvall, lejos de imponerse, entendió el tono y apostó por una interpretación mínima, casi ascética, que reforzaba la alienación del personaje. THX no es un héroe clásico. Es un engranaje que empieza a fallar. Y Duvall lo interpreta desde la contención absoluta: miradas perdidas, gestos mecánicos, una humanidad que emerge a trompicones cuando el sistema deja de suministrarle drogas. Esa actuación sostiene la película incluso cuando el relato se vuelve abstracto o deliberadamente frío.


Un estreno frío y una taquilla hostil
El estreno de THX 1138 en 1971 fue, en términos comerciales, un desastre. Distribución limitada, escaso apoyo por parte del estudio y una taquilla que no respondió. Warner Bros., descontenta, llegó a recortar el metraje contra la voluntad de Lucas. Para American Zoetrope, el golpe fue devastador: el sueño del gran laboratorio creativo se tambaleó, y la productora estuvo cerca de la bancarrota. La crítica fue desigual. Algunos vieron una obra pretenciosa y demasiado abstracta; otros, como Roger Ebert, destacaron su potencia visual y su capacidad para generar inquietud. La película parecía adelantada a su tiempo, y eso rara vez juega a favor en el momento del estreno. Con todo, el trabajo realizado convención a Lucas de que podía ser director de sus propias historias y de que a lo mejor merecía la pena embarcarse con una historia de aventuras en una galaxia lejana muy, muy lejana…
THX no es un héroe clásico. Es un engranaje que empieza a fallar
Con el paso de los años, THX 1138 fue revalorizada. El éxito posterior de Star Wars hizo que muchos miraran atrás para descubrir de dónde venía Lucas. Y allí estaba esta distopía blanca, incómoda y casi profética. Las reediciones, los análisis académicos y el Montaje del Director estrenado en 2004 consolidaron su estatus de obra de culto. Hoy se la estudia como un antecedente clave del cine distópico moderno, una reflexión temprana sobre vigilancia, control y deshumanización que conecta con debates contemporáneos. No es una película fácil, pero sí una película necesaria para entender la evolución de su autor.

THX 1138 es la prueba de que el cine de autor no siempre se mide en cifras de taquilla ni en presupuestos millonarios. Con recursos mínimos y una confianza absoluta en su protagonista, George Lucas logró salvar una película que parecía destinada al olvido y, de paso, sentar las bases de una carrera que cambiaría la historia del cine comercial. Quizá la pregunta final sea incómoda, pero necesaria: ¿cuántas películas como THX 1138 se quedan hoy por el camino porque no encajan en los algoritmos ni en las previsiones de mercado? A veces, el verdadero milagro no es triunfar, sino resistir el tiempo suficiente para que alguien vuelva la vista atrás y descubra que solo necesitas cuatro duros y una idea clara para contar una historia que merece la pena.
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