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El título de Alemania, el recuerdo de Holanda… (Opinión)

Era la décima Copa del Mundo y la primera de la historia en que una misma nación presentaba dos selecciones: Alemania Occidental y Alemania Oriental.
Una fue campeona; la otra tuvo el mérito de ser la única que la venciera. Dos días antes de iniciarse el torneo, sobrevino un cambio fundamental en la historia del fútbol: asumió la presidencia de la Fifa João Havelange, quien universalizaría este deporte llevándolo a todos los confines. Esto tendría un fuerte efecto sobre los mundiales. Reemplazaba al inglés Stanley Rous.
El Mundial no fue objeto de actos violentos.
Mario Zagallo. Foto:AFP
Fue un torneo bisagra: en Alemania 1974 comenzó la pompa y la infraestructura moderna y tecnológica en los mundiales. Ya la televisión a color estaba afianzada. Alemania presentó 9 sedes impecables: Múnich, Hamburgo, Fráncfort, Berlín Occidental, Stuttgart, Düsseldorf, Dortmund, Hannover y Gelsenkirchen. Todas bien conectadas a través de sus famosas autobahnen (autopistas), su extensa red de trenes y vía aérea por Lufthansa.
Alemania Federal atravesaba su época de máximo esplendor tras la Segunda Guerra Mundial, era la tercera economía del planeta. Gozaba de un enorme prestigio, por lo que nadie dudaba que organizaría un grandioso evento, sobre todo por su siempre alabada eficiencia. No obstante, había un punto oscuro: dos años antes, en los Juegos Olímpicos de Múnich (justamente albergaría la final del Mundial), el grupo terrorista palestino ‘Septiembre Negro’ cometió un atentado contra la delegación de Israel dentro de la villa olímpica. Fue un suceso gravísimo que se saldó con la muerte de 11 atletas israelíes, un policía y cinco terroristas. Esto hizo que se redoblara el operativo de seguridad, aunque finalmente el Mundial no fue objeto de actos violentos.
Gerd Müller levanta la Copa del Mundo en 1974. Foto:AFP
Dado que Brasil se había quedado en propiedad con el trofeo Jules Rimet (luego robado y fundido en 1983), en este torneo se estrenó la nueva y bellísima escultura denominada Copa Mundial de la Fifa. Obra del artista italiano Silvio Gazzaniga que representa a dos figuras humanas sosteniendo al planeta Tierra. Pesa 6,175 kilos, cinco de ellos de oro puro. A diferencia de la anterior, esta no puede quedar definitivamente para nadie. Y la levantaría por primera vez un señor Beckenbauer.
Brasil y Argentina, que podían sacar la cara por Sudamérica, no estaban esa vez a la altura de los europeos. Zagallo había hecho una renovación muy amplia en Brasil, y solo Jairzinho y Rivelino quedaban de los campeones del ’70. Argentina tenía una generación excelente, pero aún se encontraba en la era pre-Menotti, o sea, en un desorden total. Llevó a un genio –René Houseman– pero con él solo no alcanzaba.
En México ’70 se implantaron los cambios en medio de los partidos: podía sustituirse a un jugador de campo y al arquero. En este 1974 se decidió que fueran dos cambios libres. El chileno Carlos Caszely tuvo el antirrécord de ser el primero en recibir una tarjeta roja directa en un mundial. Tras la primera fase no hubo sistema de copa, o sea, octavos de final, cuartos, semis; se formaron dos grupos de cuatro y el primero de cada uno pasó a la final.
Gerd Müller (izq.) en acción, en el Mundial de 1974, que ganó Alemania Occidental. Foto:AFP
El capricho del sorteo decidió que las dos Alemanias estuvieran juntas en el grupo 1. Se encontraron en Hamburgo. Se le dio en llamar ‘El Partido del Muro’ que quedó como uno de los 50 más recordados de todos los tiempos. Muchos pensaron que quizá la parte oriental entregaría los puntos a la occidental, o que esta golearía a su hermana menor. Pero sucedió lo increíble. Aunque el equipo de Müller y Beckenbauer era una topadora, ganó la RDA (República Democrática Alemana) 1 a 0 con el recordadísimo gol de Jürgen Sparwasser. También ellos eran alemanes…
Ambos estaban en plena Guerra Fría, y encima Sparwasser terminó de congelar al 99,9 % del estadio con un toque perfecto de derecha que batió a Sepp Maier. El 0,01 por ciento restante era un grupete de compatriotas orientales que habían logrado escapar del este y cuyos corazones seguían latiendo por Leipzig, Dresde, Rostock, Magdeburgo, la mitad de Berlín, las grandes urbes que quedaron atrapadas… Ellos saltaban y celebraban ese gol inesperado, inimaginable. En el fondo fue triste, un pueblo dividido por la ideología y jugando contra sí mismo. Muchos tenían el corazón partido, habían nacido de un lado y vivían del otro o tenían a sus padres o hijos detrás del límite militarizado.
Müller, en acción con la selección alemana. Foto:AFP
Fue el gol más político de la historia. Sparwasser, un ingeniero mecánico de 26 años, apareció en portada en diarios de todo el mundo y pasó a ser, sin quererlo, un símbolo comunista, el héroe que había derrotado a Occidente, ese gran enemigo, demostrando la potencialidad, el éxito y la supremacía del régimen socialista. “Pateé desde el este con dirección al oeste”, dijo el artillero, que en 1988 logró vulnerar los controles, traspasar la frontera y radicarse en la otra mitad del mapa. Al año siguiente cayó el Muro de Berlín.
El Mundial ’74 será recordado siempre por la aparición de la Naranja Mecánica, como se apodó al fabuloso equipo de Holanda. Pero también por la magnífica Polonia de Lato, que alcanzó el tercer puesto. No era solo Lato, también brillaban Szarmach, Deyna, Zmuda, Gorgon, Tomaszewski, Kasperczak… Pero Grzegorz Lato era el alma del cuadro.
Un puntero derecho raro, calvo y bigotudo, también rápido, vivísimo y goleador. Kazimierz Gorski, técnico de esa Polonia, lo recuerda: “Una máquina. Todos sabíamos de lo que era capaz, pero nuestros rivales no lo conocían, no tenían ni idea de lo que les esperaba. Su velocidad los asustó”.
Si un auto, un reloj o un televisor eran alemanes, se los consideraba sencillamente perfectos. Tal excelencia se trasladaba al equipo de fútbol, un correlato del esplendor como nación. Era la segunda potencia futbolística detrás de Brasil. Venía de ser subcampeón en 1966 y tercero en 1970. La localía, además, lo tornaba ultrafavorito al título.
Johan Cruyff Foto:Efe. Archivo EL TIEMPO
La final, Alemania 2 – Holanda 1, no podía tener mejores protagonistas. Holanda contaba con seis efectivos del Ajax (ya Cruyff había jugado una temporada en el Barcelona, pero venía de nueve años en el Ajax y ocho en la Selección con el mismo técnico e iguales compañeros, era uno más de ellos). Los demás eran Suurbier, Haan, Krol, Neeskens y Johnny Rep). Alemania presentó seis del Bayern: Maier, Beckenbauer, Schwarzenbeck, Breitner, Uli Hoeness y Gerd Müller. Con este agregado: Ajax había ganado las copas de Europa en 1971-72-73, y el Bayern se titularía en 1974-75 y 76. La máxima constelación europea posible. Para mejor, la media docena del Bayern jugaba en casa: el Olímpico de Múnich, que estuvo a tope. Los 75.200 espectadores pudieron ver in situ un hecho histórico: el intercambio de banderines entre dos habitantes del olimpo futbolístico: Franz Beckenbauer y Johan Cruyff.
Fue un duelo precioso, tenso y calculado. Eran dos portaaviones. Conste que estamos analizándolo medio siglo después, sin la emoción del momento y fuera de circunstancia, esta última tan relevante. Ya el fútbol comenzaba a ser parecido al actual, aunque no con la velocidad y la técnica de hoy. Después de haber barrido en los cotejos previos, Holanda llegaba con el cartel de candidato, aún cuando enfrente estuviese el local, ¡qué local…! Alemania. El choque fue muy, muy equilibrado, se coronó quien supo marcar un gol más. Fue del mismo de siempre, el señor Müller, el hombre que hacía goles de la nada.
Jorge Barraza
Para EL TIEMPO
@JorgeBarrazaOK







