Este filme de venganza personal, con la ultra competitiva Corea del sur de fondo, es una divertidísima comedia negra dirigida por Park Chan-Wook.
Si existe un tema que una El juego del calamar, Parásitos y esta No hay otra opción del celebrado director Park Chan-Wook es la mofa y befa de la estricta y muy desigual sociedad sudcoreana. Un ejemplo son los más de 10.000 suicidios adolescentes al año, según Korea Foundation for Suicide Prevention (KFSP), en su selectividad (Suneung). Esta es tan exigente, tan brutal, que la desesperación por el desclasamiento lleva a soluciones drásticas.
Un planteamiento tan fatal como este, con el miedo a la marginación social detrás, suele dar lugar a obras de ficción en extremos. Los géneros para estas historias, la tragedia o comedia, se hibridan más bien en cintas que en la muy socialdemócrata Europa tienen pocos equivalentes. La propia España, en ese sentido, saca ocho puntos de presión fiscal a una Corea por y para emprendedores que ahora domina el mercado de los móviles gracias a una apuesta a finales de los 90 por los chips de memoria de estado sólido (el país asiático tiene una cuota del 50% del mercado mundial).
Con una sociedad que vive en el futuro, que desprecia sus viejas tradiciones y que tiene como recordatorio un vecino norcoreano tan poco productivo como liberticida, la comedia negra es, simplemente, el género síntoma. ¿Y qué tradición puede ser más odiosa para una sociedad digital que una fábrica de papel?
Este es el génesis de esta adaptación muy “avant la lettre” de la novela del escritor neoyorquino Donald E. Westlake The Ax donde se cuenta como un gestor de mediana edad decide tomarse la justicia por su mano luego de un despido. Película orgullosamente ludita, un filme que hubiera defendido el mítico “Unabomber”, el protagonista es un tal Man-su -el gran actor Lee Byung-hun, quizá el más internacional de sus estrellas- que lleva una vida idílica en Busan.
Esta ciudad costera al sur de Corea ve así una existencia plácida con una pareja abnegada, hijos que resultan modelo -la callada niña es un prodigio en el violoncelo- y unos perros de raza que aportan jolgorio y prestigio a una posición envidiable.
Es 2025, recordemos, y la empresa papelera Paper Moon es comprada por los norteamericanos, que reducen como consecuencia la plantilla. Man-su, incapaz de mantener su estatus quo y reducido a curros marginales, decide entonces tomar la justicia por su mano para acabar con todos los candidatos al único puesto de gestor disponible en una de las pocas fábricas de papel en pie.
Sería pretencioso, en ese sentido, juzgar No hay otra opción como un verdadero manifiesto en contra del capitalismo, porque el realizador del clásico Oldboy es ante todo un prodigioso diseñador de “set pieces”. Park Chan-wook, así, rueda cada escena -incluso las domésticas- como secciones de un estudiado corto de dibujos animados, un “cartoon”, de un efectismo gozoso y digital – ¡esos colores! – y que es deliberadamente ambiguo.
Cuando el crítico Jesús Palacios juzga el cine asiático el “más en forma” de todo el globo no miente: No hay otra opción es un buen patrón de cómo con un argumento rudimentario se puede hacer un buen cine crítico con la realidad a la vez que un entretenimiento malévolo y amoral. Porque lo sencillo, a la Loach, sería mostrar personajes blancos y negros en una cinta jesuítica para mayor gloria de concejalas sáficas de Podemos.
Chan-wook, mucho más inteligente que estas políticas, prefiere crear una narrativa de venganza donde todos, desde los jefes a los empleados, son patéticos. Las dudas morales de Man-su, ciertamente, no provienen de una idea de la bondad humana, sino del espejo que muestra a gente tan perdedora como él. Fábula inteligente, es otro triunfo del cine coreano y también una de las más inteligentes películas políticas jamás rodadas.
