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la revolución del algoritmo como cantera de los sustos del futuro

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La industria está mutando. Ya no hace falta pasar por la escuela de cine mientras tengas suficientes seguidores, al menos en el cine de terror, que siempre ha sido el rincón más permeable de la industria. Estamos ante una transferencia de poderes en donde el centro de gravedad se ha desplazado de los despachos a los dormitorios reconvertidos en platós, con presentadores que aspiran a convertirse en los directores a los que critican para ganar subscriptores.

Claro que los estudios se están dando cuenta de esto, y empiezan a vampirizar la atención de una audiencia que no ve los tráilers en el cine, prefiere las adaptaciones de videojuegos y entienden el género desde las estéticas del found footage y las leyendas urbanas online. Hay un puñado de directores jóvenes que están dando el salto de su canal al plató, y si en los 2000 hablábamos del splat pack, en los 2010 del art horror, los 2020 parece que va a ser la era del “viral pack”, un club en el que cuentan más los likes previos que saber hacer un paneo.

Chris Stuckmann y el peaje a pagar con Shelby Oaks

El estreno de La maldición de Shelby Oaks nos presenta el caso de Chris Stuckmann, quien, tras más de una década analizando cine en YouTube, ha dado el salto al cine con un proyecto que nació con el estigma y la bendición del fenómeno fan. Su campaña en Kickstarter fue algo más que un simple empujón; se convirtió en la película de terror con mayor financiación en la historia de la plataforma, rozando el millón y medio de dólares.

Un hito que demuestra que la comunidad de un creador puede sustituir a la maquinaria de un gran estudio, al menos en la fase de producción. La película explora la desaparición de un grupo de investigadores paranormales usando un equilibrio entre el lenguaje del found footage y la narrativa cinematográfica tradicional. Pero cuando Neon —distribuidora clave en el panorama actual tras éxitos como Longlegs— adquirió los derechos del proyecto exigió sus cambios.

Un caso paradigmático, puesto que el resultado que ahora llega a las pantallas deriva de una cirugía estética industrial que maquilla sus raíces independientes para que funcione en el circuito comercial. Tras entrar Mike Flanagan como productor y una respuesta tibia en festivales, el film entró en un proceso de reshoots con un nuevo montaje bajo la supervisión de la distribuidora, que eliminó bastante metraje para darle cohesión y tensión dramática, añadir gore y algunos detalles de acabado.

La cantera del terror analógico: del canal de webseries a la gran pantalla

Stuckmann representa el paso institucional, pero hay toda una corriente nacida en YouTube que es en buena parte origen del cambio de sentido en las miradas de la industria, un fenómeno que cuestiona las reglas estéticas del género llamado analog horror. Se alimenta de nostalgia por el VHS, las grabaciones caseras de mala calidad, lost media y los programas infantiles malditos. Pueden ser pequeños vídeos que forman miniseries a los que a menudo les basta con grabar una habitación vacía con iluminación de hospital.

Un terror de grano, de estática de TV, daños en la imagen y vasos comunicantes con el mockumentary de toda la vida. De ahí han salido directores que están consiguiendo una atención poco común. Antes de que Skinamarink se convirtiera en un fenómeno viral en 2022, Kyle Edward Ball ya estaba experimentando con texturas en su canal de YouTube, Bitesized Nightmares. Allí, el director pedía a sus seguidores que describieran sus pesadillas de la infancia para luego recrearlas visualmente.

De ese ejercicio de catarsis comunitaria nació su cortometraje Heck (2020), que es, a efectos prácticos, un embrión de Skinamarink, con la misma premisa —niños atrapados en una casa donde las puertas y ventanas desaparecen—, e igual narrativa minimalista con la cámara atenta a las esquinas, los rincones oscuros y los techos de perspectiva cambiante. Con un presupuesto de apenas 15.000 dólares, Ball jugó con la sugestión y los sonidos para aterrar a todo el que quisiera conectar con su juego.

La irrupción de los hermanos Philippou y el minimalismo de Curry Baker

El éxito de la transición de YouTube al cine también tiene nombres propios en Australia: Danny y Michael Philippou. Conocidos por su canal RackaRacka, donde se especializaron en vídeos de acción gore, coreografías enervantes y humor negro con una edición frenética, sorprendieron a la industria con una película alejada de su estilo, la melancólica Háblame. Los Philippou rodaron una historia de ouija y posesiones moderna, logrando que A24 se peleara por ella y la comprara tras su paso por Sundance.

Los directores conectaron bien con nuevas generaciones por su naturalidad para tratar temas adolescentes, incluida la manera de normalizar un reto viral sobrenatural en las redes sociales, pero de nuevo tomaron una decisión extraña en su siguiente obra. Dirigiéndose hacia el drama fúnebre, dejando el tema de los vídeos malditos y esa herencia analógica para escenas concretas, con Devuélvemela han encontrado una voz autoral y el respeto de la crítica, con lo que pueden ser el ejemplo más consolidado del grupo.

En el otro extremo del espectro presupuestario se encuentra Curry Baker. Su primer esfuerzo fue Milk & Serial, rodada con unos irrisorios 800 dólares y publicada de forma gratuita en su canal, que se ha convertido en un caso de estudio sobre la democratización del cine. Baker utiliza el lenguaje del vídeo doméstico como herramienta para generar veracidad, terror de guerrilla que con la presunción de que en la era de los smartphones, las líneas de lo real y lo ficticio se difuminan.

Sin embargo, su estilo con altas dosis de comedia negra le revelan como un guionista privilegiado, y este año sorprenderá con su Obsession, que ha ido arrasando por festivales del año pasado. En ella abandona el found footage, pero no la economía de medios—se rodó con apenas un millón de dólares—, para contar un simpática historia de “amor” que se va haciendo más loca, como una especie de inversión de roles del manga Tomie, que distribuirá nada menos que Blumhouse y Universal.

El fenómeno Markiplier y el caso Kane Parsons

La lista de directores que están redefiniendo el panorama se completa con figuras de un calado mediático importante. Mark Fischbach, más conocido como Markiplier, ha pegado un pelotazo inexplicable con Iron Lung, la adaptación del videojuego homónimo de David Szymanski. Una película que confía en su fidelidad al original, la claustrofobia y el sonido para sostener una narración donde el escenario es apenas una cabina de submarino.

No ha convencido a toda la crítica, pero pasará los 60 millones de dólares con apenas tres de presupuesto. Fischbach ha renunciado a ceder su película a distribuidoras tradicionales, alquilando él mismo las salas de cine una a una en las que iba confirmando las entradas previas con sus seguidores, básicamente un “hackeo” del sistema (este sí, y no Laxe) que está generando dolores de cabeza en las grandes majors, porque supone un cuestionamiento de las reglas del juego mayor que el de El proyecto de la bruja de Blair en su día.

Y por supuesto, está el caso de Kane Parsons quien, con solo 17 años revolucionó Internet con su serie de cortometrajes sobre The Backrooms. Su imaginación para crear entornos liminales —espacios de oficina vacíos e infinitos que generan una angustia instintiva— ha generado millones de visualizaciones, un impacto que Hollywood ha intentado imitar de inmediato. La serie American Horror Story de Disney+ estrenó un episodio que calcaba la estética y los conceptos de Parsons antes de que él mismo pudiera llevar su obra al cine.

Una maniobra que delata la ansiedad de los grandes estudios por capturar una tendencia que no terminan de comprender. Sin embargo, Parsons acabará ganando la partida bajo el ala de A24 y con la producción de James Wan y Shawn Levy, ya que la versión cinematográfica oficial de su universo es considerada una de las aspirantes a ser un éxito al estilo Five Nights at Freddys. Con 19 años, Parsons es el director más joven en debutar en la compañía detrás de La bruja y Hereditary.

Una tendencia que no cesa

A estos éxitos se une el interés de gigantes como Jordan Peele y Sam Raimi por el corto Portrait of God, de Dylan Clark, a o los cineastas Cameron Gallagher y Jeremiah Lewis, que ya están comenzando la producción de It Visits Me, un thriller psicológico basado en su cortometraje viral del mismo nombre, sobre una joven atrapada en la casa de su infancia, donde su hermana afirma haber recibido la visita de un ángel. Los creadores citan Saint Maud, Cabaña Siniestra y La Posesión de Zulawski como precedentes, y estará enfocada en el terror religioso.

Gallagher y Lewis han colaborado en varios cortometrajes de terror para YouTube y representan un sistema más tradicional de paso de cortos a largos, que ya habíamos visto en los casos de los directores de Nunca Apagues la Luz o Smile, o también en la factoría de cortos del canal Alter o el festival “Huluween” del canal Hulu, que se ha convertido en el campo de pruebas oficial de la plataforma para producir sus películas directamente a streaming para la temporada de Halloween

Lo que une a todos estos directores no es solo su origen en YouTube, sino una desafección común por los corsés del terror mainstream. Mientras sagas consolidadas como Expediente Warren languidecen entre secuelas que repiten la fórmula, estos nuevos autores adoptan una gramática visual variada, aunque muchos como Stuckmann o los Philippou parecen profesar un culto a Ari Aster que hacen parecer sus obras explotaciones derivativas de sus dos primeros hits.

¿Hacia un nuevo cine de terror?

Lo bueno es que la mayoría son poco amigos de los automatismos como los sustos programados cada diez minutos, aunque como nueva ola no tienen una línea clara consistente, quizá porque provienen de audiencias muy diferentes. Hay puntos en común como la incertidumbre del píxel, la distorsión del audio y en la capacidad de convertir lo cotidiano en un escenario de pesadilla adoptando la estética del lugar abandonado o vacío, recursos clave pero reintegrados con un protagonismo diferente.

El “viral pack” es demasiado heterogéneo como para definirlo más allá de su origen. Aunque no se diferencia mucho de los pasos lógicos de siempre que llevaron a David F. Sandberg o Parker Finn a conseguir su oportunidad, ya que, tanto cortos como episodios de webserie, no dejan de ser una muestra previa de lo que está por venir. La diferencia es el tipo de formato y propósito de su trabajo, porque el nuevo fenómeno no implica el corto como “carta de presentación” sino contenido destinado a consumirse en la plataforma.

De una forma u otra, la industria, con Neon y A24 a la cabeza, ha entendido que el futuro del género se esconde tras la viralidad y el algoritmo, las cuentas con un número inusual de fans, o las historias que por motivos que todavía nadie se explican muy bien, conectan con millones de personas. De momento, esta lluvia de autores con gramáticas visuales ligadas a su medio nativo solo deja una certeza: el cine de terror ya no se hace solo en Hollywood; se está renderizando en tiempo real.

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