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Convengamos varios puntos urgentes y necesarios para empezar la discusión: ¿son estas las Eliminatorias más fáciles de la historia? Sin duda. ¿Eso le quita relevancia a terminar tercero por encima de Brasil?
De ninguna manera será, para un país inédito en materia de títulos, sacarle ventaja a un pentacampeón mundial. ¿Es esta una mejor generación que la del 2014, que fue segunda? No, ese equipo tenía jugadores en plenitud de rendimiento y este los encuentra en un natural e innegable declive, ese inspiraba temor y este incertidumbre, ese podía ganar o perder pero no dudaba y este digiere mal la presión.
Apostar al caballo ganador y ganar no es una historia que todos puedan contar.
Así que ni es la banda que venden algunos amparados exclusivamente en los resultados, ni tampoco el mar de defectos en el que se centran esos a los que Lorenzo calificó como ‘apostadores del fracaso’.
Como ha sido históricamente, es un dechado de talento sobre una base de incredulidad. Eso no terminó de resolverse con los entrenadores extranjeros ni con los nacionales. Ninguno tiene derecho a pasar factura.
Lo que hace brillante a Néstor Lorenzo es haber aspirado justo en esta coyuntura a ser el seleccionador nacional, sin experiencia pero con el conocimiento de la base que ayudó a dirigir en los Mundiales previos a 2022 y que aún tenía la pólvora para arrancar este camino al 2026 en modo aplanadora, rematando como se pudiera pero sin que la clasificación estuviera nunca en riesgo.
Es la generosidad y la casi complicidad del actual formato de las Eliminatorias que antes condenó a otros. Apostar al caballo ganador y ganar no es una historia que todos puedan contar. Aún así, su deuda sigue siendo la de todos en los últimos años: convencernos que podemos y después, viendo nuestras limitaciones, soltarnos la mano para que nos devore la potencia que se nos pare en frente.
La suerte es que tiene un Mundial para corregirlo, so pena de terminar en el olvido, con todos y los destellantes resultados de los que hoy puede y debe presumir.
La materia prima de Colombia: ¿suficiente para cambiar la historia?
Pero la realidad es que ya las Eliminatorias son una anécdota. La verdadera discusión es qué tenemos, más allá de quién se para en la raya, para dejar de llenar el calendario en un Mundial e instalarnos con ambición en una semifinal, que es a lo que habría de apuntarle después de los cuartos de final del 2024. Y no porque tengamos complejo de superioridad (¡ojalá nos picara exe bicho!) sino porque es lo que se espera de un proceso de tres años que se autodefine como exitoso.
Y hay materia prima, sin duda, pero no es un barril sin fondo. No es la falacia de los 1.000 seleccionables que quiso vender Queiroz, ni los 15 que una buena parte de la prensa extranjera reconoce como jugadores top para intentar una hazaña.
Amaranto Perea hablaba de un universo cercano a los 70 jugadores y eso no solo es más realista sino que da la sensación de suficiencia. De nuevo, el lunar es pretender que se arma un equipo alrededor de un solo jugador (Messi se habría ganado tres Mundiales si fuera cierto) y no que se construye una estructura para cubrirlo cuando falle (así gano en 2022). No es reducirle presión a la figura -que además lleva una vida soportándola- sino repartirlo sobre la espalda de los otros diez.
Esa incapacidad hace que sigamos sin encontrar la manera de rodear a un fenómeno de la talla de Luis Díaz, que condenemos a un portento como Jhon Arias, que fustiguemos a James si no hace dos asistencias y un gol por partido, que denigremos de lo bueno, poco o mucho, que tenemos en vez de darle soporte.
Hay fechas Fifa para probar y, si se hace bien, la competencia interna tiene que ser despiadada. El asunto es bastante simple: no es que lo que se ha hecho ha quedado mal, es que la verdadera tarea, que solo se aprobará rompiendo el cascarón en un Mundial, ni siquiera ha comenzado. Todavía no es el día para que alguien pueda cantar victoria.
Jenny Gámez
Editora de Futbolred
@jennygameza
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