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Las películas de ayer y hoy que me hubiera gustado ver junto a mi padre
Mi padre murió el año pasado, pero sus últimos diez estuvieron marcados por la demencia y el alzhéimer. Fue dedicado carpintero, hijo de un minero, el mejor de la cuenca de Mieres (eso decían), recolocado en Ponferrada tras una década preso en un campo de concentración franquista. Papá era un hombre humilde, pero con una chulería socialmente suicida, con denominación de origen berciana, cuya herencia tanto daño me ha hecho en mi singladura entre editores pijos y algunos autores que en toda ocasión saben decir lo conveniente; la misma herencia que tantas risas y buenos momentos ha suscitado entre nuestras amistades.
Fue también un hombre bueno, incapacitado para la traición, que vivió la mayor parte de su vida apartado voluntariamente de casi cualquier vínculo casual y relación social. Como mi madre, le tenía miedo al mundo. Ese miedo me lo contagiaron ambos, pero a cambio me dieron una infancia muy feliz y una vida muy libre. Y como tantos varones de su generación, él tampoco sabía exteriorizar el cariño: utilizaba subterfugios enunciados en códigos soterrados que mi hermano y yo captábamos a la perfección, como su humor socarrón y salvaje (cierta mañana no se le ocurrió mejor broma que comprar una botella de vino con el retrato de Franco y plantársela a su padre ya anciano en plena comida familiar, junto al plato y a diez centímetros de los morros, causándole casi una apoplejía: era su manera de decirle te quiero… pero eso solo lo podemos entender los Migoya); o, excepcionalmente, conseguía expresar de modo intrínseco su instinto paternal durante las sesiones de cine que desde que fui guaje compartíamos frente al televisor. Se establecía entonces entre él y yo una comunicación a menudo muda, pero muy elocuente y tierna, de amor cómplice por ciertas historias de coraje y supervivencia del individuo excluido.
Desde esas nefastas fechas en que la enfermedad socavó su personalidad y lo dejó hecho un bebé, he disfrutado muchas películas cuyo visionado me hubiera gustado compartir con él como antaño, en el sofá de casa. Destaco aquí las más señaladas, esperando disculpen este arranque de egocentrismo doméstico y la llantina inherente: me lo pide el corazón. Estos son los títulos que me hubiera encantado ver en compañía de mi padre cuando aún era Marce.
1. El protector (The Marksman, 2021) de Robert Lorenz
A Marce le gustaban los actores duros y guapos. Su favorito era Robert Taylor, y en su vanidad juvenil había aspirado a imitar tamaño porte y belleza, aunque su facha nervuda y su fisonomía abrupta lo hicieran más parecido a un Vittorio Gassman rural. De entre los “actuales”, prácticamente el único con el que comulgaba era con Liam Neeson, por su presencia viril y sensible al mismo tiempo. El protector no es una gran película (ninguna de Lorenz lo es, por mucho que haya contado con Clint Eastwood como mentor), pero contiene algunas muescas veraces que sé hubieran conmovido a papá, pepitas de sinceridad insertas en la historia: un tópico relato sobre un don nadie gringo que acaba defendiendo la vida de un niño mexicano introducido ilegalmente en los EE UU. Neeson actúa con naturalidad y ese perfil bajo que complacía a Marce —no soportaba la prepotencia estadounidense y, por esa razón, detestaba a John Wayne, por más que veneráramos Río Bravo—, regalando de paso algunos toques extraordinarios: cuando la “hija” de Neeson carga con él hasta su casa y lo acuesta borracho y fatigado en un sofá, ves a un hombre viejo y rendido. Esos matices sembrados de verdad le hubieran emocionado.
2. Cliff Walkers (Xuan ya shi shang, 2021) de Zhang Yimou
Marce, hijo de un socialista íntegro, ya pubercito cometió el error de ver pasar a unos falangistas desfilando por el pueblo y decirle a Terio que él también quería hacerse de la Falange para tener un uniforme tan bonito. El bofetón subsiguiente lo tumbó o así nos lo contaba partiéndose de risa: “¡Toma falanges!”, solo le faltó añadir a mi abuelo. Quizá como respuesta al sopapo, papá se hizo comunista; su idealización de la dictadura del proletariado fue su manera torera de articular su rechazo connatural a la franquista. Ya en democracia, optó por reírse de cualquier autoritarismo: era demasiado contreras para militar en ningún bando, especialmente si ese bando ofrecía posibilidades de ganar. En el fondo, Marce se reía de todas las ideologías, pues intuía que todas se construían sobre exclusión, abusos y crímenes. Creo que no creía en nada, quizá solamente en que la gente buena siempre va a ser marioneta de los tiranos. Pero por sus valores sentimentales, hubiera gozado de lo lindo con esta obra maestra de Zhang Yimou. El director chino es un genio de la puesta en escena y en Cliff Walkers despliega una magia visual y lírica deslumbrantes. Esta emotiva crónica de la misión suicida de varios agentes comunistas infiltrados en la China de 1930 contiene tantos momentos de fatalismo descorazonador, mientras a la vez funciona como magnífica epopeya del mejor Hollywood del signo contrario, que lo hubiera impresionado. Yo mataría por haber visto esta película junto a mi viejo.
3. Drácula (Dracula, 2025) de Luc Besson
Lo que ha hecho Besson en este filme es increíble: como medio bastardo, estoy habituado a esas épocas lejanas en que la industria de los cómics, cuando eran populares y no eran considerados cultura (oh, días gloriosos en que pertenecían al pueblo), lanzaba títulos y colecciones basados descaradamente en libros o películas exitosos cuyas directrices de contenido o visuales explotaba sin pudor, por lo que nunca me ha echado para atrás esa raíz adulterada. Y Marce compartía esa ausencia de complejos. Besson ha creado un “tebeo” de Drácula basándose en la majestuosa versión de Coppola. Su capacidad para manufacturar imágenes impactantes a cada minuto resulta asombrosa (esa torre de monjas de clausura desatadas en su pasión sexual bajo la figura coronada del seductor chupasangres) y, encima, mejora algunas cuestiones del guion coppoliano, empresa fácil de lograr frente al pésimo libreto que James V. Hart suministró al director de Apocalypse Now (el infausto Hart también firmó el ¿guion? de ese descalabro de Spielberg titulado Hook). Caleb Landry Jones supera en convicción a Gary Oldman en su primera encarnación como vampiro anciano con siglos a sus espaldas y la historia de amor sí es una historia de amor verdadera. ¡Qué bien lo hubiéramos pasado padre e hijo con este festival de no muertos amándose a lágrima viva!
4. No toquéis la pasta (Touchez pas au grisbi, 1954) de Jacques Becker
Marce gustaba del triunvirato actoral francés por antonomasia del polar: Gabin, Delon y Ventura. Uno de los mejores ratos vividos codo con codo frente a la tele lo constituyeron las varias emisiones catódicas de El clan de los sicilianos. Este No toquéis la pasta nunca lo vimos, aunque sí era costumbre que “echaran” el otro título mítico (para mí inferior) de Becker, La evasión. Cuando tuve oportunidad de plantarme frente a Touchez pas au grisbi me quedé perplejo ante su excelencia. Hay cine de quilates en ese celuloide, incluso hitos seminales que anticipan las colosales hechuras de El padrino. Jean Gabin está inmenso, para hacerle un monumento: por su serenidad y sus gestos estoicamente trágicos no era de extrañar que Marce encontrara en él un amigo.
5. Una dama y un bribón (Le bon année, 1973) de Claude Lelouch
Marce sentía debilidad por Lino Ventura. Yo de niño no le pillaba la gracia, porque se alejaba radicalmente del estereotipo de galán esbelto y conquistador (como también me parecía ligeramente ridículo como ideal de belleza masculina un Rodolfo Valentino, que ahora encuentro fascinante: supongo que en eso consiste envejecer). Imagino que ese aspecto de tosco hombre de campo era precisamente lo que motivaba la corriente de empatía en Marce hacia Ventura. Luego he averiguado, traduciendo las cartas privadas del escritor Charles Williams, que el actor italofrancés desconfiaba del esnobismo intelectual, como mi viejo y yo. Ojalá Una dama y un bribón nos hubiera sorprendido juntos frente a la pequeña pantalla: Lelouch era por entonces un cineasta despreciado por la crítica española, que lo tildaba de blando y sensiblero. Bueno, esta cinta es impresionante, seguramente la mejor que he visto del trillado subgénero “último robo y me retiro (ja ja ja, no te lo crees ni tú)”. Comenzar los créditos iniciales con la última secuencia de su Un hombre y una mujer solo para descubrir que la están proyectando a un grupo de presos en la cárcel donde arranca la trama es un golpe de genio metalingüístico por parte de Lelouch. Y la emoción que permea tanto el atraco como el romance entrelazados en su metraje da como resultado un filme delicioso. La melancolía que transpira hubiera enamorado a Marce.
6. La posesión de Joel Delaney (The Possession of Joel Delaney, 1972) de Waris Hussein
Las películas de terror eran otro plato fuerte de nuestros visionados en común. Este título poco conocido con Shirley McLaine y Perry King me teletransportó a mi niñez, cuando seguíamos las desventuras del lozano King en la miniserie Capitanes y reyes. La trama sobre una neoyorquina convencida de que su hermano ha sido poseído por un asesino en serie atesora toneladas de atmósfera y proporciona momentos genuinamente escalofriantes. Hubiera sido perfecta para un Sábado Cine en familia.
7. El Vourdalak (Le Vourdalak, 2023) de Adrien Beau y La hermanastra fea (Den stygge stesosteren, 2025) de Emilie Blichfeldt
Por casualidad, han coincidido en el último lustro dos grandes películas de horror que huyen de los tics mainstream para rescatar las texturas y meandros narrativos de un creador de clásicos eróticos, el polaco Walerian Borowczyk. Aunque como directora general de cinematografía desarboló el cine popular español, Pilar Miró tuvo el acierto de inventarse para TVE el espacio para adultos Cine de Medianoche, que Marce me dejaba (solo a veces) presenciar catorceañero en su compañía, excepto alguna velada que me gritó que me largara a dormir, como durante los insertos porno del Calígula de Brass. Enmarcadas en ese formato contemplamos Deliverance o El diputado, así como sufrimos la prohibición de Interior de un convento, del mentado polaco (permitan que me ahorre volver a deletrear su apellido); pero sí logramos, al poco tiempo, deleitarnos con su cautivante La bestia. Precisamente con ese cine transgresor de cromatismos difuminados, crudeza naturalista y recreaciones cortesanas tienen mucho que ver estos dos largos notables, El Vourdalak y La hermanastra fea, que abrazan las formas walerianas con una fuerza estética arrolladora. Cine antipuritano con sabor setentero de Europa del Este, preñado de fantasías troqueladas, efectos artesanales y algún pene erecto de propina que nos hubiera hecho sentir que no todo está perdido en el marasmo de productos diseñados por IA.
8. The Woman (2011) de Lucky McKee
Para rematar el lote terrorífico, nada mejor que este portento de película durísima que retrata de manera insólitamente despojada lo peor de la naturaleza y temperamento masculinos. Lucky McKee es un director único y valiosísimo que aquí, en complicidad con el escritor Jack Ketchum, mezcló el cine de sangre e higadillos con una reflexión misándrica absolutamente pertinente, mucho más incisiva que la aportada por Alex Garland en su oportunista y tramposa Men. Ya admiraba a McKee por May y otros prodigios de creatividad como Todas las cheerleaders muertas, fraguada en colaboración con el también infravalorado y aún más incomprendido realizador Chris Silvertson (responsable de la joya del fantanoir Sé quién me mató), pero creo que en The Woman lleva más lejos que nunca la audacia de su cine, a la altura aturdidora y apabullante de un Perros de paja. Cine puro a fin de cuentas, contundente y ásperamente gráfico, que hubiera hecho las delicias de Marce precisamente por todo lo que revuelve en el interior del espectador. Mecachis, hubiéramos hablado horas de esta película.
9. Odio en las entrañas (The Molly Maguires, 1970) de Martin Ritt
Marce y yo ninguneábamos a Martin Ritt porque ni a él ni a mí nos convencía su cinta más emitida en España, la morosa Hombre. A ello se sumaba la poca estima que papá albergaba por Paul Newman, a quien juzgaba demasiado guapo. Marce era un poco machirulo en eso: recelaba de los guapos absolutos, como Newman o Robert Redford; los consideraba relamidos y niños bonitos, por más que con uno se reconcilió en su Casta invencible y con el otro en Las aventuras de Jeremías Johnson, dos peliculones que nos hicieron vibrar la sangre. Sin embargo, el destino no quiso que coincidiéramos ante este Odio en las entrañas que lo habría entusiasmado: Sean Connery y Richard Harris haciendo de mineros terroristas garantizan un plato de primera, horneado por una factura narrativa y visual sobresalientes. Y aliñado, para más inri, con arpegios de lira y del IRA. Cine clásico que Marce hubiera saboreado como en sus días de niño en el cine de Fabero.
10. Send Help (Enviad ayuda) (Send Help, 2026) de Sam Raimi
Pese a su cinefagia probada, Marce raramente se aventuraba ante una gran pantalla en su edad madura. Mis padres acudían con cuentagotas a estrenos españoles (Los santos inocentes, La vaquilla) y recuerdo con placer lo contentos que volvieron de Un pez llamado Wanda después de insistirles en que se lo pasarían bomba. Poco más. Pero hoy hubiera convencido a Marce de acompañarme a una sala para partirnos de risa asistiendo a los formidables excesos de la última película de Raimi. Para mí, las adversidades padecidas por la adorable Rachel McAdams entre esos ejecutivos cretinos son completamente extrapolables a las que cualquier persona decente sufre entre altos y medios cargos trepas de una gran editorial, y seguro que Marce hubiera identificado también los tics de algunos de sus jefes. Pero me juego el gaznate a que le hubiera asombrado lo amoral de su desenlace: básicamente, su moraleja de que el crimen sí paga. Eso lo hubiera desconcertado primero y luego divertido. Y siempre, por más que fuera un hombre de pueblo sin desbastar y le faltara el barniz protector y agradable al tacto que lucían sus muebles, se hubiera posicionado del lado de la mujer soñadora que se sale con la suya, aunque no perdonaría la muerte de seres inocentes.
Bonus track: reestrenos que desearía volver a ver con papá
1. El más valiente entre mil (Will Penny, 1967) de Tom Gries
Creo que ha sido la peli del Oeste que más hemos disfrutado juntos. Hoy me epata descubrir que, en un western como Horizontes de grandeza, mis amigos se identifiquen más con el petimetre civilizado y norteño interpretado por Gregory Peck, cuando Marce y yo siempre estuvimos completamente a favor del patán sureño representado por Charlton Heston (otro mito común). Será que las infancias duras no pueden alumbrar un adulto sin sus dosis de resentimiento hacia el citadino pudiente. Imposible, pues, para Marce no identificarse también con Will Penny, ese renqueante vaquero prejubilado que, pese a saberse obsoleto, aún encuentra arrestos para defender a una mujer y a su crío de una familia de forajidos. Mientras protege a madre e hijo, se sentirá simultáneamente incapaz de convencerse de que todavía no es tarde para fundar un hogar con ellos. En esta ocasión, Heston era solo cuarentón en el rodaje y ofrece para mí su interpretación más delicada y conmovedora, igualada por una enorme Joan Hackett. Cómo podría nadie contener las lágrimas al recordar lo desvalido de Heston cuando quiere transmitir a su nueva compañera que ya se ve impedido para empezar de cero. Esos brotes de derrumbe emocional y de autopercepción como alguien incapacitado para asumir el rol de cabeza de familia nos tocaban invariablemente la fibra a papá y a mí. Supone un instante inolvidable de comunión silente entre ambos. Lo triste pero aliviados que suspirábamos cuando veíamos a Will agarrar el caballo y reemprender su estéril huida hacia adelante.
2. El ingenuo salvaje (This Sporting Life, 1963), de Lindsay Anderson
Marce y yo nunca vimos un filme que retrate mejor que El ingenuo salvaje la rabia de clase que nos definía. Basado en una novela de David Storey (autor, creo, poco publicado en España y que ahora he tenido la suerte de explorar en otras ficciones suyas donde siempre plasma el mismo asunto de fondo, un leitmotiv centrado en un protagonista clasebajero que se siente torpe y alienado en el mundo de las élites, ya sean deportivas o artísticas: una versión actualizada, digamos, de mi adorado D. H. Lawrence sin su salvavidas hedonista), This Sporting Life nos muestra a un Richard Harris desatado en su ira contra los modos y melindres de las clases dirigentes. Una vez más, esa frustrante sensación de inadecuación del pueblerino que no sabe cómo comunicarse con el estamento privilegiado, irónicamente más liberal y progresista que el individuo que procede de la miseria, está vertida con atención al detalle y pasmante sabor genuino en esta obra de arte. ¡Cómo entendíamos al antihéroe mientras se autodestruía dentro y fuera del campo de rugby! ¡Y cómo disculpábamos que, finalmente, solo ansiara verlo arder todo!
3. Hasta que llegó su hora (C’era una volta il West, 1968) de Sergio Leone
Fue la última película que vi con Marce, solos él y yo. En ese tiempo, papá ya no hablaba y solo asistía fascinado y sumiso a cómo esas personas que intuía cercanas le daban de comer, lo aseaban y lo paseaban, y le procuraban todo el afecto. Días antes de irme de España para no regresar, me acometió la súbita necesidad de rastrear, entre la oferta cinematográfica de alguna plataforma, algún título simbólico para revivir las cenizas de nuestro pasado como padre e hijo frente a la caja tonta a la que tanto debemos. Arañar ni que fuera un vestigio de ese pasado, de cuando Marce era un padre callado que expresaba su cariño sin caricias, a su manera de hombre rudo y honesto.
Seguramente es el mejor western de la historia, o al menos de un tipo de western, el de mi preferencia. Más que western, ópera. Durante su visionado, con sus morriconadas a todo trapo como vía inductora y cuando menos lo esperaba, mis agónicas tentativas de comunicación verbal con Marce funcionaron, mediante la boba enumeración de los nombres de pila del reparto principal como pie propiciatorio: “Papá, ese es Henry…”, le soltaba yo. “¡Fonda!”, exclamaba él, extrayendo indemnes los últimos conocimientos vivos de ese pozo sin fondo en que se había convertido su cabeza. A Charles no le encontró el apellido y con Jason ni lo intenté, pero por contra “Claudia Cardinale” lo farfulló de corrido (hay bellezas superiores que ni el Alzhéimer logra erradicar de la memoria ni sepultar en el olvido).
Me pasé la película llorando. Mirando la figura emborronada de mi padre atendiendo con ojos desnudos y curiosos a las casi tres horas operísticas de Leone, como si cada secuencia le trajera sospechas de algo ya visto, de algo ya vivido, de algo que perteneció a su pasado íntimo, a su querencia visceral.
Nuestro rito frente al televisor se revalidó por última vez. La definitiva.
Soy huérfano desde hace unos meses, pero llevo diez años echando de menos a Marce. Porque, papá, no sabes lo duro que es no poder sentarme a tu lado en el sofá para escuchar contigo a Jorge Negrete, ver contigo a Robert Taylor y sentir que tengo conmigo al mejor padre del mundo.
