Economia
Impactos y Desafíos: Cómo la Guerra Comercial de EE. UU. Afecta a Colombia

Las contiendas comerciales han dejado de ser un evento lejano para transformarse en un peligro inminente para Colombia. Con el incremento de las tensiones entre EE. UU. y sus principales aliados comerciales, sobre todo tras los sucesos del 25 y 26 de enero, nos hallamos en una coyuntura crítica y surge la pregunta: ¿hasta cuándo podremos permanecer al margen de este enfrentamiento global?
Cualquier observador perspicaz de la política comercial de EE. UU. entiende que medidas como el aumento de tarifas, las limitaciones a importaciones y las sanciones impuestas a diversas naciones no son acciones aisladas. Estas decisiones forman parte de un intrincado juego internacional en el que Colombia podría convertirse en una víctima colateral, expuesta a decisiones que escapan a nuestro dominio.
La llegada de Donald Trump a la presidencia se basó en la convicción de que la globalización y el sistema financiero internacional han perjudicado a EE. UU., provocando déficits fiscales y comerciales crónicos. Desde este ángulo, el equipo de Trump ha optado por implementar intervenciones contundentes para prevenir un mayor deterioro económico. Un aspecto esencial en esta decisión es la sobrevaloración del dólar, que se debe en parte a su estatus como moneda de reserva mundial. Esta situación ha contribuido a la desindustrialización de EE. UU. y ha disminuido su atractivo como destino para la inversión en manufactura. Es relevante señalar que esta discusión ha estado presente durante mucho tiempo, persistiendo desde gran parte del siglo XX, sin que hasta el momento se haya encontrado una solución definitiva que permita a la nación norteamericana mantener el papel del dólar como moneda de reserva, mientras busca una tasa de cambio más competitiva.
Para enfrentar este dilema y tratar la sobrevaluación del dólar, la administración de Trump ha priorizado la imposición de aranceles como principal herramienta de política. A pesar de que las tarifas resultantes podrían ocasionar un reforzamiento temporal del dólar, en realidad ya se ha constatado que su implementación se justifica como una estrategia de negociación destinada a potenciar la competitividad del dólar, alcanzar metas económicas a largo plazo y fortalecer la seguridad nacional. Aunque los aranceles estaban inicialmente dirigidos a China, su repercusión se ha extendido a otras naciones, incluidos aquellos considerados aliados, evidenciando la percepción de que la pérdida de poder económico de EE. UU. representa una amenaza para su seguridad nacional.
No se trata solo de China y Rusia
El auge de economías como la de China y Rusia no solo representa un reto geopolítico para EE. UU., sino que también se ve intensificado por el desplazamiento de segmentos clave de las cadenas de producción de armamento y equipo militar hacia estas y otras naciones. Esta realidad se considera altamente perjudicial para la soberanía nacional de EE. UU. En este marco, el acero, como principal componente en la producción de equipo militar, ha adquirido un estatus estratégico. Por ello, ha sido el producto sobre el cual han pesado aranceles generalizados.
Sin embargo, la imposición de aranceles no se restringe a China o Rusia. El Gobierno también está considerando a otros países. Estas medidas pueden generar ingresos fiscales y, al mismo tiempo, actuar como herramientas de presión para negociar compromisos vinculados a la seguridad nacional o, a mediano plazo, restaurar la competitividad del dólar. Entre las iniciativas que buscan mejorar la competitividad del dólar se incluyen negociaciones para intercambiar deudas a corto plazo por plazos más extensos con los principales países acreedores de EE. UU.
Es crucial entender que es probable que la administración de Trump esté dispuesta a asumir el riesgo de ocasionar una recesión y aumentar la volatilidad.
en los mercados financieros como parte de su proceso de reajuste. Sería erróneo asumir que desecharán su táctica de guerra comercial ante cualquier señal de crisis. Por citar un ejemplo, los consejeros de Trump han sostenido que, durante la implementación de tarifas a China en 2018, la inflación no se elevó de manera relevante, ya que los costos más altos fueron equilibrados por una depreciación del dólar. Este es el resultado que aspiran a replicar.
El 2 de abril se perfila como un punto crucial, dado que se revelarán nuevos aranceles para todas las naciones, con el fin de compensar las tarifas impuestas por EE. UU. En esta situación, es probable que se apliquen aranceles a Colombia sobre productos como el café y los textiles, que actualmente entran al mercado estadounidense sin impuestos, mientras que enfrentan tarifas elevadas en nuestro país. Aunque aún no se han definido criterios claros para estas tarifas recíprocas, es evidente que Colombia podría ser gravemente impactada. De hecho, los efectos ya son palpables, ya que el clima de incertidumbre tiene un efecto negativo considerable por sí mismo.
A pesar de todo, está claro que esta táctica estadounidense implica múltiples riesgos y la posibilidad de consecuencias no deseadas, algunas de las cuales podrían ser caóticas. El peligro de que las otras naciones no colaboren es considerable, especialmente si todo se fundamenta en amenazas. No obstante, esta escalada de riesgo parece ser atractiva para un presidente que se siente cómodo frente a los desafíos. En este frágil entorno, Colombia debe actuar con firmeza y buscar un espacio real para la negociación, condicionando ciertas concesiones que no deben ser exclusivamente comerciales, sino que también aborden temas de seguridad nacional.
Diversificación
Frente a este escenario, algunos argumentan que, para Colombia, esta es una ocasión para diversificar nuestras exportaciones. Se menciona a China, América Latina y Europa como posibles salvaciones. Pero, ¿es realmente tan sencillo?
China ha demostrado ser un mercado complicado de conquistar. En 2023, Colombia exportó apenas 2.500 millones de pesos a ese país, concentrados en petróleo, carbón y ferroaleaciones. Más preocupante aún: nuestras exportaciones a China han disminuido un 9,5 % anual en los últimos cinco años. No hemos logrado proporcionar productos que compitan en precio o en calidad.
Colombia exportó $2.500 millones a China, concentrados en petróleo, carbón y ferroaleaciones. Foto:Jaime Moreno/Archivo EL TIEMPO
América Latina tampoco representa una solución mágica. Vendemos productos que otros países de la región también fabrican, a menudo con mayor eficiencia. Además, no podemos pasar por alto que varios países del continente como Chile, Perú y Costa Rica ya cuentan con tratado de libre comercio con China, lo que permite la entrada libre de arancel de productos de ese país en sus mercados. Esto nos obliga a confrontar al gigante asiático en esos territorios.
Europa y el mismo EE. UU. podrían demandar más productos colombianos, especialmente agrícolas, pero las barreras fitosanitarias y regulatorias no se eliminan de la noche a la mañana. Si quisiéramos exportar más queso o carne, ¿cuántos años tomaría cumplir con sus requisitos? En otros sectores como los textiles y confecciones, lo que adquieren estos países proviene de cadenas globales de valor, en las cuales Colombia no ha logrado insertarse.
Y aquí radica el punto clave: fortalecer nuestra capacidad exportadora no es algo que se logre en meses o incluso en un par de años. Diversificar mercados, mejorar competitividad, cumplir con estándares internacionalesy consolidar vínculos comerciales demanda tiempo, inversión y una estrategia a largo plazo. Creer que en el corto plazo podemos sustituir el mercado estadounidense con otros destinos es, en el mejor de los casos, ingenuo.
El adversario silencioso
Mientras el Gobierno menciona la diversificación, el contrabando sigue ganando terreno. Si el comercio con EE. UU se complica, China buscará nuevos mercados para sus productos, y Colombia, con sus altos aranceles, se convertirá en un atractivo para el comercio ilícito. Nuestro país aplica no solo tarifas elevadas a muchos productos que provienen de China, sino que utiliza medidas arancelarias para impedir su entrada legal. Sin embargo, son tales las disparidades de precios entre los productos nacionales y los chinos, que cualquier autoridad difícilmente podrá controlar el contrabando.
Por ello desde hace tiempo existen rutas establecidas para el ingreso de mercancías de contrabando: ropa, electrodomésticos, juguetes e incluso insumos para algunas industrias. Si las tensiones comerciales aumentan, seguramente observaremos más productos chinos ingresando por vías ilegales, compitiendo deslealmente con la industria local y agravando el problema fiscal del país.
Nos hallamos ante un horizonte de menor crecimiento si EE. UU. impone aranceles. En este contexto, la incertidumbre crecerá, y una respuesta de represalia de nuestra parte podría resultar en un aumento de la inflación. No debemos olvidar que el 27 % de los insumos de nuestro aparato productivo provienen de ese país. Además, si EE. UU. entra en recesión, el impacto para Colombia sería aún más severo. También es posible que experimentemos una devaluación del peso, lo que encarecería las importaciones y afectaría tanto a la industria como al consumo interno.
¿Estamos realmente listos para afrontar esta circunstancia? La respuesta, lamentablemente, es negativa. No disponemos de las herramientas necesarias para lidiar con un incremento de aranceles de nuestro principal socio comercial. Ni siquiera estaremos preparados para el escenario más optimista, en el que se eviten los aranceles, pero se desate una guerra comercial entre las grandes potencias, lo que podría tener repercusiones muy adversas para la economía global.
Mientras otros países se ajustan a los cambios en la geopolítica comercial, Colombia permanece sin una estrategia clara que le permita enfrentar lo que se aproxima. Esto resulta aún más preocupante considerando que el presidente ha sugerido que podría ser conveniente finalizar el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos, una decisión que eliminaría las ventajas comerciales que este acuerdo ha otorgado a nuestro país y que sería sumamente perjudicial.
Por el contrario, nuestra estrategia debe centrarse en aprovechar todos los canales diplomáticos a nuestra disposición para prevenir un desenlace desfavorable y asegurar el cumplimiento del TLC, de manera que podamos seguir disfrutando de los beneficios comerciales con EE. UU.
Adicionalmente, es urgente implementar políticas que fortalezcan nuestra capacidad de exportación, reconociendo que este proceso requerirá tiempo y esfuerzo. No podemos esperar soluciones inmediatas, pero es fundamental que iniciemos la construcción de las bases desde ahora y revisemos el enfoque que hasta ahora hemos tenido que, salvo unos pocos casos positivos, no ha contribuido a construir la plataforma exportadora que el país necesita. Especialmente ahora que la alerta de la descertificación está encendida.
PEDRO MEDELLÍN TORRES (*)
Para EL TIEMPO
(*) Director Insilab







