Colombia
padre de Jean Claude Bossard, joven asesinado en medio de un atraco en Bogotá

“Los padres no deberíamos enterrar a nuestros hijos. Esto que pasó nos partió la vida”. La frase del padre de Jean Claude German Bossard García no nació solo de la rabia ni de la indignación inmediata, sino de un dolor profundo que se fue apoderando de cada una de sus palabras, como si la tragedia hubiera detenido el tiempo.
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Él había venido a Bogotá para celebrar el cumpleaños número 30 de su hijo –cumplido el 5 de diciembre– y terminó, apenas un día antes, recibiendo la noticia de que ningún padre está preparado para afrontar: la muerte de un hijo.
Esa frase, pronunciada con voz quebrada, casi ahogada, encapsuló algo más grande que el drama de una familia: un diagnóstico emocional y social sobre una ciudad que convive cada día con el riesgo de perderlo todo en cuestión de segundos.
Esos segundos, justamente, fueron los que definieron la vida de Jean Claude. Su homicidio –ocurrido el martes 2 de diciembre, hacia la 1:30 de la tarde en la avenida 19 con calle 108– no fue una irrupción aislada del crimen urbano, sino la culminación violenta de un patrón que vecinos, comerciantes y policías venían observando desde semanas atrás.
Momento del daño a Jean Claude Bossard. Foto:Captura Citytv
Se trataba del conductor y el parrillero de una motocicleta naranja que aparecía y desaparecía con precisión casi coreografiada, dos hombres que se movían con soltura entre carros y andenes, y una seguidilla de robos que inquietaba a la comunidad. Había algo más grave: el 10 de noviembre, la misma dupla ya se había enfrentado a tiros con la Policía.
Aun con ese antecedente, la estructura continuó apareciendo. Las autoridades reforzaron patrullajes, instalaron puestos fijos, enviaron unidades Gourmet y Gemas, y mantuvieron rondas constantes. Pero el temor persistió. Los residentes de la zona ya reconocían la moto, ya esperaban su irrupción y ya habían normalizado, incluso sin quererlo, la idea de que podía haber un ataque en cualquier momento. La amenaza se volvió rutinaria.
Ese momento llegó. Jean Claude caminaba por la zona cuando los dos ocupantes de la motocicleta se le acercaron e intentaron arrebatarle el celular. Él reaccionó por instinto, como tantos ciudadanos que se resisten a la idea de perder lo propio sin oponer resistencia. Esa reacción desató la violencia: dos disparos, uno de ellos en el pecho. Cayó sobre la vía mientras la ciudadanía trataba de entender la escena y los delincuentes buscaban escapar. Pero la Policía ya patrullaba cerca. Un uniformado los enfrentó y se produjo un nuevo intercambio de disparos. Uno murió y el otro fue capturado.
Jean Claude Bossard fue asesinado este martes 2 de diciembre. Foto:Redes sociales y Citytv
El detenido, se supone después, no era un adulto curtido en el crimen por cuestiones de edad. Era un menor de 16 años, estudiante de noveno grado, oriundo de El Peñón (Bolívar) y residente en el barrio Santa Isabel, en Puente Aranda. Tenía una herida en el brazo, producto del enfrentamiento. Su participación no solo se estremeció a la familia de la víctima, sino que abrió un debate más profundo sobre la instrumentalización de adolescentes por parte de estructuras criminales y la capacidad real del Estado para impedir reincidencias.
Cada manifestación sobre este caso generaba más dolor en los padres de familia que sufren cada vez que sus hijos salen a la calle con sus dispositivos electrónicos. Una de estas fue la del alcalde Carlos Fernando Galán, quien reveló que el asesino de Jean Claude había sido aprehendido en mayo por hurto calificado, que había aceptado cargos y que enfrentó el proceso en libertad. En octubre, además, fue sancionado con libertad vigilada, una medida del Código de Infancia y Adolescencia.
Esto quiere decir que habría cometido el asesinato del joven mientras estaba cumpliendo esa sanción previa. Para el padre, la revelación fue devastadora: “Un niño armado es un asesino. Y la verdad es que mató”.
El menor de 16 años fue capturado herido en un brazo tras el enfrentamiento con la Policía. Foto:Policia Metropolitana de Bogota
Pero la estructura delictiva no terminaba en esos dos hombres. Las autoridades confirmaron que, además de la motocicleta naranja, un carro también habría participado en ataques recientes en la zona. Sus placas ya están identificadas y un tercer implicado es buscado. Lo incautado en el lugar –un revólver calibre 32 con tres cartuchos percutidos y tres sin disparar, además de la motocicleta– muestra la forma en la que operaba la banda: movilidad rápida, armas disponibles y selección de víctimas en vía pública.
Mientras las autoridades avanzan en la investigación, en la ciudad se abriría otro ángulo de análisis: el contraste entre la aparente reducción en las cifras globales de hurto y el impacto emocional de los casos más violentos. Según la Policía Metropolitana, con corte al 3 de diciembre de 2025, Bogotá registra 118.872 heridos a personas, frente a los 121.504 del mismo periodo en 2024: una disminución del 2 %.
Visto así, hay una señal positiva. Pero la magnitud del delito no permite celebraciones. Si se dividen los casos entre los 337 días transcurridos del año, el resultado es contundente: 352,7 hurtos diarios, alrededor de 353 robos cada día. El hurto a personas sigue siendo el delito de mayor impacto, el que define la percepción de inseguridad, el que aparece en cada equilibrio institucional y el que moldea la forma en que los ciudadanos transitan por la ciudad.
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Y no se trata solo de cifras. El crimen contra Jean Claude subió las alarmas porque ocurrió en un sitio vigilado, en un horario visible, en un corredor reconocido, en una zona donde ya había advertencias claras sobre la presencia de la estructura. Ese desequilibrio –entre la identificación previa de la banda y la incapacidad de evitar un desenlace fatal– es una de las tensiones que más preocupa dentro de los análisis de seguridad urbana.
A esto se suma otro elemento: la reincidencia y el vacío que deja la falta de medidas efectivas para adolescentes involucrados en delitos violentos. Galán señaló que en la detención previa del joven no se ordenó vincularlo a un programa de justicia restaurativa, cuyo objetivo es evitar nuevas conductas delictivas. Ese vacío, sumado a la libertad vigilada, permitió que volviera a participar en un hecho violento meses después.
Mientras ese debate institucional se abría, otra víctima decidió hacer pública su denuncia. El 28 de noviembre, en Barrios Unidos, un hombre caminaba hacia su trabajo con el celular en la mano cuando fue interceptado por un delincuente que intentó apuñalarlo para robarlo. En las cámaras de seguridad se observa cómo el criminal huye hacia la misma motocicleta naranja que había sido vista en el norte. La víctima terminó herida y debió ser hospitalizada. Después de narró su miedo: “Tiran a matar. No ven la gravedad de los hechos”, dijo la víctima, quien al conocer la noticia quedó en shock. Pudo haber sido él.
Los casos, juntos, muestran una fotografía más completa: estructuras móviles, presencia repetida, armas cortopunzantes y de fuego, adolescentes involucrados y un patrón que también se extiende a otras localidades más allá de Usaquén. Lo que la comunidad de la avenida 19 con 108 y la víctima de Barrios Unidos experimentaron son eslabones de un problema mucho más amplio que no se mide únicamente en cifras anuales, sino en la intensidad con la que transforma la vida diaria de la ciudad.
Por eso la muerte de Jean Claude provocó un sacudón más allá del sector. Vecinos, amigos y familiares organizan un plantón en el lugar de los hechos, no solo para despedirlo, sino para expresar el cansancio colectivo frente a la violencia urbana. Su padre, que también perdió a su compañero de viajes y aventuras –al joven que recorrió el Cauca, los Llanos, los Santanderes y la Costa Atlántica en motocicleta–, insiste en que la tragedia debe dejar una lección: “Esto no puede seguir siendo Colombia. Estamos totalmente descompuestos como sociedad”.
Ese señalamiento resume la percepción compartida por millas de ciudadanos que sienten que la línea entre la rutina y la tragedia es demasiado delgada. Una línea que, mientras no se cierre el cerco a las estructuras delictivas y no se revisen los mecanismos de control penal para menores involucrados en violencia armada, seguirá dependiendo de segundos.
Segundos como los que decidieron el destino de Jean Claude. Segundos que, como dijo su padre, jamás podrán obligar a un padre a enterrar a su hijo.
CAROL MALAVER
Subeditora de Bogotá




