Colombia
pueblos ribereños bajo el agua, muertos y millas de familias damnificadas
Las últimas horas en Córdoba han estado marcadas por la angustia, el cansancio y la sensación de una lucha desigual contra el agua. En la capital, Montería, y en al menos otros 24 municipios del departamento, el aumento constante de los niveles de los ríos ha convertido la vida cotidiana en una carrera contrarreloj para rescatar lo poco que no ha sido arrastrado por la corriente. El agua sube sin pausa, como si se negara a retroceder, y con cada centímetro ganado deja a su paso hogares destruidos, cultivos perdidos y comunidades enteras al borde del colapso.
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En barrios ribereños como Juan XXIII, las escenas se repiten una y otra vez. Una mujer, con el agua rodeando su vivienda, grabó un vídeo que rápidamente se difundió en redes sociales. En él suplica ayuda mientras muestra cómo el nivel del río ya invade su casa. Aunque las autoridades habían ordenado la evacuación, ella decidió quedarse, aferrada a la esperanza de que el agua se detuviera. Horas después, esa esperanza se desvaneció y tuvo que abandonar su hogar ante el avance imparable de la inundación.
Historias similares se multiplican en corregimientos y veredas donde las redes sociales se han convertido en el último canal para pedir auxilio. Habitantes que durante décadas convivieron con el río Sinú, fuente de sustento y desarrollo, hoy lo ven transformado en una amenaza que los arrincona en pequeños islotes de tierra seca.
Comunidades aisladas y vías colapsadas
Familias ribereñas evacuaron lo poco que pudieron antes de que el agua lo cubría todo. Foto:Alcaldía Montelíbano, Córdoba
La emergencia ha golpeado con especial dureza a zonas rurales como Los Patos, en el municipio de Lorica. Allí, el único puente que conectaba a la comunidad con rutas de evacuación colapsó bajo la presión del agua, dejando a decenas de familias completamente incomunicadas. “No solo perdimos la casa, los animales y los cultivos, también el puentee”, relata una mujer en otro vídeo que circula ampliamente.
La caída de estas infraestructuras ha complicado aún más la respuesta humanitaria. En varios municipios, los caminos se han convertido en lodazales intransitables, obligando a los equipos de rescate a desplazarse a pie o en embarcaciones improvisadas para llegar hasta las familias atrapadas.
En Lorica, el propio alcalde ha reconocido que la capacidad de atención está al límite. Según sus estimaciones, más de 20.000 personas estarían afectadas, aunque los organismos de socorro solo han logrado asistir, hasta ahora, a cerca de 4.000. La diferencia entre esas cifras refleja la magnitud real de la tragedia y la dificultad para dimensionarla en tiempo real.
El esfuerzo silencioso de los rescatistas.
Voluntarios y rescatistas cruzan zonas inundadas para auxiliar a comunidades aisladas. Foto:redes sociales
En medio de este escenario, la labor de los voluntarios de la Defensa Civil y otros organismos de socorro se ha vuelto una tarea heroica y silenciosa. Para rescatar a las familias, deben atravesar extensas zonas inundadas, con el agua alcanzándoles la cintura, cargando en hombros colchones, neveras, camas y hasta animales domésticos.
Cada rescate puede tardar horas debido a la distancia ya la falta de accesos vehiculares. Aún así, los voluntarios continúan avanzando, conscientes de que cada minuto cuenta para quienes permanecen atrapados en sus viviendas. Es un éxodo forzado, desordenado y doloroso, en el que las pertenencias se reducen a lo que se puede cargar en las manos.
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La situación se agrava porque las lluvias no han dado tregua. En la madrugada del viernes, nuevas precipitaciones asociadas a un frente frío volvieron a castigar al departamento, reforzando la alerta no solo en Córdoba, sino también en Atlántico, Bolívar, La Guajira, Magdalena y Sucre.
Escuelas convertidas en refugios y un futuro incierto
La emergencia mantiene a miles de damnificados refugiados en colegios y albergues temporales. Foto:Alcaldía Montelíbano, Córdoba
Mientras tanto, la vida cotidiana permanece suspendida. Las clases continúan canceladas porque los colegios se han transformado en albergues improvisados desde inicios de la semana. En sus salones, decenas de familias conviven con la incertidumbre, resguardando los pocos enseres y prendas que lograron rescatar antes de que el agua arrasara con todo.
El desbordamiento de los ríos Sinú y San Jorge ha extendido el agua sobre terrenos que antes eran secos, y los pronósticos no son alentadores. Las autoridades advierten que las lluvias intensas podrían prolongarse hasta el próximo domingo, lo que sugiere que la emergencia podría extenderse durante varias semanas.
Aunque en un momento algunos habitantes celebran un leve descenso en los niveles del río, esa ilusión poco dura. Las nuevas lluvias hicieron que el caudal volviera a aumentar, renovando el temor de que lo peor aún esté por venir.
Mandatarios desbordados por la tragedia
La frustración no solo golpea a las comunidades. Los alcaldes y autoridades locales reconocen que los recursos y la capacidad operativa no alcanzan para evacuar a todos los afectados hacia zonas seguras. Según la Unidad de Gestión del Riesgo, ya se contabilizan al menos 27.000 familias damnificadas en Córdoba, una cifra que sigue creciendo.
El impacto emocional de la tragedia quedó reflejado en Tierralta, donde el alcalde Jesús David Contreras no pudo contener el llanto al recorrer las zonas afectadas. Visiblemente afectado, confesó que era la experiencia más dura de su vida. Fueron los propios campesinos quienes lo consolaron, recordándole que, pese a las pérdidas materiales, lo más importante es que no se han registrado víctimas mortales.
En medio del agua, el barro y la desesperación, las promesas se convierten en uno de los pocos anclajes de esperanza para un departamento que hoy lucha, palmo a palmo, por mantenerse a flote.
