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Sombras en el Último Tango: Un Ecos de Jorge Barraza

“Los brasileños practican otro deporte”, es una expresión que ha circulado en Sudamérica recientemente, a raíz de las Copas Libertadores consecutivas que obtuvieron Flamengo, Palmeiras, Fluminense, Botafogo. No obstante, la Selección Brasileña se encarga de refutar esto: una y otra vez evidencia que juegan lo mismo que el resto del continente. Y quizás, en algunos aspectos, peor. No son superhéroes ni por asomo. En términos de clubes, por limitaciones financieras, pueden fichar excelentes jugadores de los países vecinos, así como también entrenadores, lo que les permite ser más competitivos que los demás.
Sin embargo, en el caso de la selección, se debe recurrir únicamente a la industria nacional y ahí es donde se evidencian las falencias del fútbol que alguna vez fue la cúspide universal. Algo que ya no ocurre. Esto se refleja de manera sencilla: hace 23 años que no alcanzan un Mundial, y en los últimos 18 años solo conquistaron una Copa América, la de 2019, que se llevó a cabo en su territorio.
A pesar de que son el objetivo de cualquier torneo, no todo gira en torno a los trofeos; también se considera el estilo de juego, que en el caso de Brasil fue de la más alta calidad que el mundo haya presenciado. Jugar como Brasil era un objetivo inalcanzable para muchos. Ya no es así. El jogo bonito se ha convertido en una hermosa pero marchita página de la historia. Ni el último título mundial obtenido en 2002 tuvo mucho de atractivo. A pesar de contar con nombres icónicos como Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho, Cafú, Roberto Carlos, Kaká, Denilson, entre otros, ese Brasil hizo del pragmatismo un estandarte gracias a su entrenador Luiz Felipe Scolari. Esa maravillosa generación (la última buena) comenzó a desaparecer y se inició el ocaso. La demostración más cruda del declive se presentó en el Mundial 2014 en su propio país. No solo no logró ganarlo, en semifinales sufrió el inesperado 7 a 1 ante Alemania, que además redujo su esfuerzo al final del partido.
Ronaldinho en El Campín, vistiendo la camiseta de Brasil, el 14 de octubre de 2007. Foto:Héctor Fabio Zamora / Archivo EL TIEMPO
Para acentuar el problema, al descenso de Brasil se sumó en tiempos recientes la innegable ascensión de su eterno contrincante, Argentina. La Albiceleste estuvo a punto de conquistar ese Mundial 2014, luego consiguió dos Copa América (una de ellas en el mismo Maracaná) y el título en Catar 2022. Hoy, son los líderes continentales, tanto por sus victorias como por su estilo de juego. “Los argentinos juegan con fervor”, comentan analistas y exglorias de Brasil, en un reproche a los suyos. Argentina logró voltear el historial (41 victorias a 39) y también a dos entrenadores. En el partido de ida en Maracaná, se impuso 1 a 0 y provocó la salida de Fernando Diniz. Nunca antes Brasil había perdido como local en Eliminatorias. A su vez, en la revancha, se dio el famoso baile del 4 a 1 que hizo insostenible la permanencia de Dorival Junior. La superioridad de los dirigidos por Scaloni fue tan abrumadora e insultante que movió los cimientos del fútbol brasileño. “Vergüenza”, “Vejamen”, “Baile”, “Paliza”, “Paseo” fueron los titulares más recurrentes de los medios. Y a todos les añadían “histórica, histórico”. A finales de enero, en el Sudamericano Sub-20, Argentina aplastó 6 a 0 a Brasil, otro golpe al orgullo.
Brasil ya comienza a buscar el reemplazo de Dorival Junior.Foto:EFE y AFP
Peor aún, en la cúspide de los dioses Pelé se encuentra en el fondo de la narrativa y los dos monarcas que lo siguen son argentinos: Maradona y Messi. Desde hace 18 años, un futbolista brasileño no ha logrado el Balón de Oro. Durante ese tiempo Messi ha conseguido ocho. Ya en junio de 2016, la BBC News se cuestionaba: “¿Cómo pudo Brasil descender tanto en el fútbol: es un mal terminal o un proceso progresivo?”. Nueve años después, la situación está aún más comprometida. ¿Cuáles son las razones…? Un simple vistazo revela cuatro elementos esenciales:
1) Se han agotado los fenómenos, nos referimos a Pelé, Garrincha, Gerson, Tostão, Zico, Falcão, Romario y muchos más. El último que tuvo potencial es Neymar, aunque nunca logró concretar su talento. Ahora aparecen Vinicius y Rodrygos, muy buenos representantes, pero no supercracks como los anteriores. Incluso en la Eliminatoria actual observamos nombres desconocidos o que parecen increíbles para una Selección Brasileña como André, João Gomes, Guilherme Arana, Murillo, Wesley, Renan Lodi, Caio Henrique, Carlos Augusto, Bremer, Yan Couto, Fabricio Bruno… La lista es extensa. Aquí surge un problema adicional: la exportación de figuras cada vez más jóvenes, que convierte a chicos en plena formación -caso Endrick, Roque Junior y otros- en jóvenes ultramillonarios a los 18 o 19 años. El exceso de dinero abrasa los sueños. Y está el desarraigo. No es lo mismo portar la camiseta nacional desde Brasil que residir en el exterior. Un claro ejemplo es el de Vinicius y Rodrygo, elevados a niveles estratosféricos por la maquinaria promocional del Real Madrid; cuando llegan a la selección parecen elementos ajenos. No son tanto, parece que les falta el marco glamoroso de Europa.
Argentina vs Brasil Foto:EFE
2) Ha perdido el estilo. Ya no existe una forma brasileña de jugar al fútbol, que fue única e inimitable porque se fundamentaba en el talento excepcional de sus deportistas. “El fútbol brasileño ha perdido la alegría”, resumió hace unos días Jorge Sampaoli, quien dirigió a Flamengo y Atlético Mineiro no hace mucho.
3) Carece de entrenadores. Por alguna razón, un país amante del fútbol y con 215 millones de habitantes no cuenta con una sola figura en la dirección técnica a quien depositar el mando de la Seleção. Celso Unzelte, periodista y autor de varios libros sobre el fútbol, observa lo mismo que nosotros: “Faltan los monstruos que siempre tuvimos, que fueron numerosos y estaban unidos. Neymar juega en solitario. Hasta Pelé estuvo rodeado de fenómenos durante toda su carrera, de Rivelino, Gerson, Tostão, Jairzinho, Garrincha, Didí, Nilton Santos, Djalma Santos… Hoy, Brasil está al mismo nivel futbolístico que los demás, tiene jugadores solo buenos, con un añadido: como siempre tuvimos a los monstruos, hasta en los peores momentos logramos salir adelante, era suficiente buscar a alguno de ellos y resolvían. Siempre fue así. Hasta la Copa de 2002 estaban Rivaldo, Ronaldo, Ronaldinho, Kaká… Con esos genios no había que preocuparse por la táctica ni por los entrenadores. Y ahora que nos faltan esas individualidades, nos encontramos en problemas”.
Dorival Junior Foto:EFE
“Es momento de que Brasil cuente con un entrenador extranjero”, ha afirmado recientemente Ronaldo Nazario. Y efectivamente, en eso están. Los potenciales sucesores de Dorival Junior, en la actualidad, son el chileno Manuel Pellegrini.(Betis), el italiano Carlo Ancelotti (Real Madrid) y los portugueses Jorge Jesus (Al Hilal de Arabia Saudita) y Abel Ferreira (Palmeiras).
4) Perdió la influencia política. Durante 41 años, desde la llegada de João Havelange a la presidencia de la FIFA en 1974 hasta la salida de Joseph Blatter a finales de 2015, Brasil disfrutó de una enorme influencia en los corredores del fútbol mundial. La Canarinha, su fútbol espectáculo, constituía el cartel que promovía los patrocinios y las transmisiones en miles de millones de dólares. Y eso se convertía en un trato preferencial de todo tipo, comenzando por los arbitrajes. Actualmente, para Gianni Infantino, Brasil es uno más del montón. Bajo su dirección, la FIFA dirige su mirada especialmente hacia Estados Unidos, el adinerado mundo árabe y hasta el sudeste asiático. Y, como siempre, sin descuidar a Europa, que cuenta con 55 votos. Al dejar de ser la superpotencia de antaño y desvanecerse la magia futbolística que atraía a los públicos neutrales, Brasil ha desconectado el teléfono rojo con el poder.
Se pueden incluir otros motivos. Estas son quizás las más significativas. La cuestión es: ¿regresará a lo que solía ser…? Huuuummmm… La gloria extendió su luz a otras fronteras. Y ahora es noche en Brasil, un mundo de sombras.
Último tango
JORGE BARRAZA
Para EL TIEMPO
@JorgebarrazaOk
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