Connect with us

Colombia

un recorrido íntimo en la danza guerrera del Congo Grande de Barranquilla (Fotos)

Published

on

un recorrido íntimo en la danza guerrera del Congo Grande de Barranquilla (Fotos)


Jesús Antonio Blanquicet

Comunicador Social y periodista de la Universidad Monteávila, Caracas, Venezuela.

Hay quienes lo miran desde la sombra de una gradería y quienes lo sostienen con el cuerpo, la disciplina y la memoria que exige una tradición centenaria. Durante años estuve del lado del público, registrando cada escena y acompañando con aplausos. Esta vez cruzó esa frontera. Por primera vez viví el Carnaval de La Arenosa como hacedor y me integré a la Gran Parada de Tradición dentro del Congo Grande de Barranquilla, con la responsabilidad de representar una historia que suma 150 años. Este relato nace desde adentro, desde las raíces de la fiesta, donde cada gesto tiene peso histórico.

Dentro del Congo Grande, más de 60 danzantes sostienen turbantes, machetes y llevan consigo 150 años de memoria en el marco de una tradición que se baila con el cuerpo y el legado familiar.

Dentro del Congo Grande, más de 60 danzantes sostienen turbantes, machetes y llevan consigo 150 años de memoria en el marco de una tradición que se baila con el cuerpo y el legado familiar.

Foto:Cortesia Hansel Vásquez

llegué antes de las diez de la mañana a la casa del Rey Momo 2026, Adolfo Maury. La calle ya estaba despierta. Se escuchaban saludos largos, risas y el sonido de una tambora probando ritmo. Uno a uno fueron apareciendo los danzantes; más de 60 hombres y mujeres que se saludaban por su nombre, que hablaban de ensayos, de años anteriores, de la responsabilidad de salir otra vez, pero este año con significado particular: el grupo celebra 150 años siendo parte de la principal fiesta de Colombia.

El vestuario de los danzantes comenzó a tomar forma frente a mí. Vi cómo se ajustaban los turbantes con paciencia, cómo las capas se extendían sobre las sillas antes de caer sobre los hombros. El machete de utilería se sostiene con firmeza, no como adorno, sino como símbolo de la resistencia y la apertura de camino. Cada pieza tenía un orden. No era improvisación; era un proceso que se repetía con disciplina.

Dentro del Congo Grande, más de 60 danzantes sostienen turbantes, machetes y llevan consigo 150 años de memoria en el marco de una tradición que se baila con el cuerpo y el legado familiar.

Foto:Cortesia Hansel Vásquez

Con 53 años, Mayra Oñoro Blanco también debutó este año en el Congo Grande de Barranquilla. Su llegada a la danza no fue circunstancial. “Vengo de un legado de mi papá, él bailó con muchas danzas y desde hace 10 años estuvo en el Congo Grande”relató la mujer, al tiempo que explicó que, por su padre, quien padece artrosis y ya no puede caminar con facilidad, tomó la decisión de continuar la tradición junto a su hija. “Mi papá bailó más de 10 años aquí en el Congo. Ya no pudo continuar”, precisó Oñoro, quien asumió el compromiso familiar en medio de la conmemoración de los 150 años de la agrupación.

El momento del maquillaje para mí fue distinto. No había espejos apoyados en paredes ni ventanas; cada hacedor ponía la confianza sobre otro para que sus rostros se cubrieran de blanco y rojo. Me explicaron que pintar la cara viene de tiempos en los que la danza evocaba la guerra. Mientras los dedos, usados ​​como pincel, camuflaban la piel para la ‘batalla’, entendí que esa escena marcaba el paso de observador a participante. Ya no estaba mirando la tradición; Estaba dentro de ella y era mi turno.

Dentro del Congo Grande, más de 60 danzantes sostienen turbantes, machetes y llevan consigo 150 años de memoria en el marco de una tradición que se baila con el cuerpo y el legado familiar.

Foto:Cortesia Hansel Vásquez

Cerca del mediodía entramos a la casa del Rey Momo. En la sala, rodeado de su familia, Maury terminó de alistarse. El ambiente era íntimo, pero no silencioso. Afuera se oían los tambores que no dejaban de marcar el ritmo. Adentro se ajustaban detalles del traje, se tomaban fotografías, se cruzaban miradas de concentración. Yo sentí que estaba presenciando el momento anterior a algo que supera lo individual.

Dentro de esa cadena de eventos, el traslado hacia la Vía 40 fue una de esas escenas que el público no alcanza a imaginar. Subimos al bus y el termómetro marcaba 35 grados. Un calor asfixiante dominaba el entorno, pero ninguno hacía reproches: “Somos guerreros, esto es parte de la preparación”, dijo uno de los danzantes sentados en los últimos puestos del vehículo.

Dentro del Congo Grande, más de 60 danzantes sostienen turbantes, machetes y llevan consigo 150 años de memoria en el marco de una tradición que se baila con el cuerpo y el legado familiar.

Foto:Cortesia Hansel Vásquez

Cada hacedor cuidaba su turbante como si fuera parte del ritual; no podía doblarse ni perder forma. Lo sostenían con las manos, lo acomodaban sobre las piernas, lo protegían del roce. No era solo una prenda. Era el símbolo visible de una historia que ha pasado de generación en generación que volvió a salir a la calle.

El calor se mezclaba con el olor del maquillaje, con el sonido amaderado de los machetes chocando contra el metal del piso del autobús. Nadie hablaba de cansancio. Se hablaba de los 150 años del Congo Grande de Barranquilla, fundado el 22 de diciembre de 1875 por el artesano Joaquín Brachi junto a trabajadores del mercado. Se hablaba de mantener el nombre y la altura de la frecuencia del grito de guerra que invita a bailar.

Dentro del Congo Grande, más de 60 danzantes sostienen turbantes, machetes y llevan consigo 150 años de memoria en el marco de una tradición que se baila con el cuerpo y el legado familiar.

Foto:Cortesia Hansel Vásquez

Al llegar a la Vía 40, antes de entrar al recorrido, nos dirigieron a la Zona de Bienestar dispuesta para los hacedores del Carnaval. Allí encontramos agua, sombra y un espacio para reorganizarnos antes de salir. Fue un respiro necesario en medio del calor y la tensión previa al desfile. Desde adentro entendí que no era un detalle menor; era una forma de reconocer el trabajo de quienes sostienen la tradición con su cuerpo. Ese espacio se convirtió en punto de encuentro y en antesala silenciosa de lo que minutos después sería el estallido de música y aplausos en la Vía 40.

Tarquino Rafael Almanza, quien completa 50 años en la danza, señaló que es la primera vez que se les proporciona un espacio como este. “Este gesto es muestra de respeto a una tradición. Me encantó y aquí estoy”, expresó.

Dentro del Congo Grande, más de 60 danzantes sostienen turbantes, machetes y llevan consigo 150 años de memoria en el marco de una tradición que se baila con el cuerpo y el legado familiar.

Foto:Cortesia Hansel Vásquez

Al llegar al punto de concentración, el Rey Momo se reunió a la comparsa. Formamos en filas, todos listos para avanzar. En ese instante ocurrió uno de los momentos más esperados: el encuentro con la Reina del Carnaval, Michell Char, quien llegó vestida de Congo. Juntos dieron el primer paso hacia el desfile. Los aplausos y los gritos confirmaron que esa imagen quedaría en la memoria de muchos.

Cuando los colores de los trajes comenzaron a lanzar destellos, como producto del reflejo del sol, en pleno cumbiódromo de la Vía 40, sintió el peso real de lo que significa la declaratoria de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. No era un título lejano; era una responsabilidad que se movía con nosotros. El asfalto vibraba bajo los tambores. La gente coreaba el nombre del Congo Grande. Unos gritaban el de Adolfo, otros el de la Reina. Cada gesto encontraba respuesta inmediata.

Dentro del Congo Grande, más de 60 danzantes sostienen turbantes, machetes y llevan consigo 150 años de memoria en el marco de una tradición que se baila con el cuerpo y el legado familiar.

Foto:Cortesia Hansel Vásquez

El calor de la ciudad contrastaba con el ánimo del público. Desde las graderías caían voces que pedían más vueltas, más fuerza en el paso. Vi niños levantarse para imitar el movimiento de la capa. Vi adultos mayores aplaudir con la misma energía que los jóvenes. La alegría era contagiosa. No se trataba solo de ver un desfile; era participar desde la orilla.

En medio del recorrido comprendí el esfuerzo físico que implica sostener el ritmo. El traje pesa, el maquillaje se corre con el sudor, el sol cae sin tregua. Aún así, nadie baja los brazos. Cada danzante mantiene la postura de su cabeza ante el peso del turbante, levanta el machete y da pasos con firmeza. Yo sentí el cansancio, pero también la fuerza que venía del grupo. Cuando uno aflojaba, otro animaba.

Dentro del Congo Grande, más de 60 danzantes sostienen turbantes, machetes y llevan consigo 150 años de memoria en el marco de una tradición que se baila con el cuerpo y el legado familiar.

Foto:Cortesia Hansel Vásquez

Hubo un instante en que levantó la mirada y vi la fila interminable del Congo Grande de Barranquilla avanzando como un solo cuerpo. Más de un siglo de historia resumido en ese movimiento. Pensé en Brachi convocando a artesanos y vendedores del mercado y en la decisión de ponerle el nombre al grupo. Pensé en todo lo que ha pasado desde entonces para que hoy esa comparsa siga siendo un pilar de esta fiesta que corre por las venas del barranquillero.

Ser hacedor por un día me permitió entender que el Carnaval no se explica solo con historias y anécdotas. Se entiende en el sudor compartido, en el abrazo antes de salir, en la coordinación invisible entre más de 60 personas que saben cuándo girar y cuándo avanzar. Se siente en la reacción del público que reconoce la trayectoria y la celebra a gritos.

Dentro del Congo Grande, más de 60 danzantes sostienen turbantes, machetes y llevan consigo 150 años de memoria en el marco de una tradición que se baila con el cuerpo y el legado familiar.

Foto:Cortesia Hansel Vásquez

Contenido

Al final del recorrido no era el mismo que llegó en la mañana. Entendí que la tradición no es un concepto vacío que se repite para llenar discursos; es una experiencia que se vive desde adentro, que se construye paso a paso, bajo el sol de Barranquilla y frente a una ciudad que responde con la misma intensidad con la que nosotros bailamos.

Jesús Blanquicet

Enviado especial de EL TIEMPO

Barranquilla

Conforme a los criterios de

Continue Reading
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Copyright © 2023 DESOPINION.COM