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Wiseman y el legado del documental | Televisión
Los tiempos —ya lejanos— del documental egotista me pillaron en la carrera. Gustaban mucho y ganaban muchos premios aquellos productos de Michael Moore en los que no importaba el tema a tratar, el protagonista era Michael Moore. Salió en 2004 el documental Super Size Me, donde el difunto Morgan Spurlock hacía el experimento de hacer tres comidas al día en el McDonald’s durante 30 días para demostrar que la comida rápida engorda. Por increíble que pueda parecer, un documental con semejante tesis ganó premios importantes y fue nominado a otros tantos, por no mencionar las ganancias de una película que había costado 65.000 dólares.
Todo el mundo hablaba de estos documentales que han dejado una huella imborrable en el audiovisual. Más de 20 años después, cuando busco documentales sobre algún tema marginal (llevo desde diciembre investigando sobre los Apalaches sin ningún motivo en particular), YouTube insiste en recomendarme lo que los autodenominados creadores de contenido entienden como documental: refritos de cosas que han encontrado en otros vídeos y que después han ordenado de la manera más sensacionalista posible. La imagen de portada siempre es el propio autor señalando un fotograma de la obra, y en rojo un texto sensacionalista como, por ejemplo, “Increíbles paletos endógamos de los Apalaches”. A esto los muy sinvergüenzas lo llaman documental.
En la carrera (cuando Michael Moore era poco menos que un semidiós), tuve la inmensa suerte de tener de profesor de Documental a Gilbert Rigaud quien nos insistió en buscar todo lo contrario a aquella impenitente exhibición de ego. Aprendimos y escuchamos sobre esos documentales que apenas pasan por televisión: Lanzmann, Mekas, Marker, Rouch… autores que se colocan detrás del visor de la cámara y no delante del objetivo. Hay que ser ágil para filmar sin ser visto, y atento para mirar sin ser visto, porque un documental no solo ve, un documental mira.
La muerte este pasado lunes de Frederick Wiseman me ha llevado a pensar en la dificultad de transmitir la esencia del género documental a gente que no ha conocido más que reportajes personalistas hechos por y para analfabetos funcionales. Cada año se hacen buenos documentales, pero no llegan a un gran público que apenas distingue entre un reportaje televisivo, un vídeo de YouTube y un documental. Y hoy prácticamente todo lo que sucede se documenta y, sin embargo, los vídeos no son documentales y los selfies no son autorretratos. Hay grandes documentales por descubrir, pero nos lo ponen muy difícil.
