Economia
“El Carbón: Una Mirada Crítica por Ricardo Ávila”

Cuando el miércoles anterior Gustavo Petro se presentó en las instalaciones de Corferias en Bogotá para dar inicio a la edición más reciente de la Vitrina Turística de Anato, no logró ocultar su emoción. La razón fue el sólido rendimiento de un sector que forma parte de las prioridades de su administración, ya que tanto el número de turistas que visitan el país como los ingresos generados por la denominada “industria sin chimeneas” continúan en ascenso.
Quizás por esta razón, al dirigirse a los asistentes, subrayó que la transformación del modelo económico que ha promovido desde su campaña está comenzando a materializarse. “Pasar de la extracción a la producción”, resumió el presidente, quien no dudó en afirmar que “estamos logrando un éxito” en este aspecto.
El carbón se presenta en acumulaciones, en forma de capas o yacimientos. Foto:iStock
Como evidencia, mencionó la disminución en las ventas del mineral que representa el segundo renglón de las exportaciones del país, según los datos más recientes del Dane. “Es que el mundo ya no está comprando carbón”, aseveró con determinación y en múltiples ocasiones a lo largo de su discurso.
No obstante, no pasó mucho tiempo antes de que tal afirmación generara controversia en las redes sociales y los medios de comunicación. La explicación es que, de acuerdo con las propias estadísticas oficiales, la situación es diferente.
Para comenzar, en 2024, el carbón exportado por Colombia aumentó, en lugar de disminuir, alcanzando las 64,6 millones de toneladas, lo que representa una subida del 7 por ciento en comparación con el año anterior. Es cierto que la facturación se redujo en un 22 por ciento, a 7.106 millones de dólares, pero esto está relacionado con un escenario de precios internacionales diferente, después de los picos observados a inicios de esta década.
Y al ampliar la perspectiva, lo que queda claro es que la realidad es distinta a lo que sostiene la Casa de Nariño. Tal como reportó en diciembre la Agencia Internacional de Energía, el año pasado la demanda de carbón alcanzó un nuevo récord histórico de 8.771 millones de toneladas.
Desde una mirada retrospectiva, el consumo global se ha duplicado en las últimas tres décadas, en gran parte gracias a Asia. Aunque el avance de fuentes alternativas —como los paneles solares y los aerogeneradores— ha sido responsable de una importante expansión de la capacidad actual, los combustibles fósiles no han desaparecido del panorama ni lo harán en el futuro cercano.
Foto:China Network/Reuters
Por ejemplo, un informe recién divulgado sostiene que la edificación de plantas de generación de energía a base de carbón en China alcanzó en 2024 su nivel más alto desde 2015. El documento señala que la expansión añadirá 94,5 gigavatios en nuevas instalaciones y que se han reactivado proyectos que estaban paralizados, sumando 3,3 gigavatios adicionales. Para ponerlo en perspectiva, dicho aumento equivale a aproximadamente cinco veces la capacidad instalada de Colombia en todas las modalidades disponibles.
El dilema
Por lo tanto, resulta claro que otorgarle la partida de defunción al mineral es, cuando menos, erróneo.
Numerosas estimaciones indican que el carbón se mantendrá como una fuente de energía relevante en las próximas décadas y que su consumo oscilará alrededor de los 9.000 millones de toneladas anuales.
Para quienes están preocupados por el cambio climático, esto representa una noticia negativa, ya que las emisiones de dióxido de carbono generadas por la combustión del mineral son consideradas como las principales culpables del calentamiento global. Este argumento fue cuestionado recientemente por Robert Howarth, un académico de la Universidad de Cornell en Estados Unidos, autor de un estudio que continúa generando debate.
En su investigación, el especialista afirma que la huella de carbono del carbón es inferior a la del gas natural licuado, porque durante la producción de este último se emiten grandes cantidades de metano. A raíz de aquella afirmación, el gobierno de Joe Biden decidió detener el avance de varias propuestas, lo que fue posteriormente revertido por Donald Trump.
De cualquier forma, la ciencia ha estado tratando de abordar el problema de la contaminación atmosférica. Se han desarrollado filtros más eficaces y sistemas de captura de carbono que luego son almacenados, aunque la implementación de estos últimos es limitada, ya que incrementa los costos operativos de una planta.
Todo lo anterior es relevante para Colombia, que es, con diferencia, el principal productor de carbón en América Latina -con más de la mitad de los depósitos identificados en la región- y el quinto exportador a nivel mundial. Según la Agencia Nacional de Minería, las reservas probadas sobrepasan los 1.500 millones de toneladas, aunque el potencial es mucho mayor, superando las 16.500 millones de toneladas.
Dicha abundancia se relaciona con formaciones geológicas que dan lugar a yacimientos de diferentes características. El mineral extraído en La Guajira y Cesar es valorado por sus cualidades térmicas, además de tener una menor cantidad de impurezas y bajo contenido de azufre. Su uso principal es en grandes calderas de agua, cuyo vapor impulsa las turbinas que generan electricidad.
Por otro lado, en distintas zonas de los Andes colombianos existe carbón metalúrgico, que actúa como reductor químico en varios procesos industriales. Este, a su vez, puede transformarse en coque tras un proceso de calentamiento y es utilizado por la industria siderúrgica.
A pesar de que el carbón térmico ha tenido un peso predominante en las exportaciones del país, el metalúrgico no solo posee un valor superior, sino que también muestra mayor resiliencia en el mercado internacional. En 2017, se alcanzó un récord de exportaciones al superar los 100 millones de toneladas, pero el cierre de algunas minas clave llevó a una disminución que se ha podido revertir parcialmente.
Carlos Cante, presidente de Fenalcarbon, menciona que en 2024 se extrajeron aproximadamente 74,5 millones de toneladas, de las cuales 67 corresponden a la categoría térmica. En términos generales, el consumo interno se eleva a diez millones de toneladas, y la mitad se destina a las plantas de generación térmica ubicadas en diferentes regiones de Colombia.
Además, el directivo destaca que de casi un millar de títulos mineros otorgados, alrededor de 30 son de lo que se denomina “la gran minería”, a cargo de empresas multinacionales. El resto corresponde a compañías pequeñas y medianas que operan unas 3.000 instalaciones, muchas situadas en el altiplano cundiboyacense, los santanderes o áreas de Antioquia, solo por mencionar las más relevantes.
Fuera de las divisas, la actividad genera 130.000 empleos, según el ministerio correspondiente. Gracias a la bonanza de los precios que se dispararon al final de la pandemia y tras la invasión de Rusia a Ucrania, los aportes a las arcas públicas -entre impuestos sobre la renta, regalías y otras contribuciones- sumaron, en 2022 y 2023, más de 29 billones de pesos.
Cuentas por hacer
Así las cosas, y más allá de lo que considere el presidente de la
República, la nación está obligada a evaluar las acciones que debe tomar en relación con la industria del carbón. Este análisis debe comenzar por aceptar que la utilización del recurso mineral va a persistir, debido a una razón fundamental: la velocidad del consumo energético seguirá creciendo a un ritmo más acelerado que el de la economía global.
Elementos como los mega centros de datos que tendrán que construirse para soportar el crecimiento de la inteligencia artificial, junto con la expansión del transporte eléctrico, se combinan con un aumento en la demanda residencial. La necesidad de incrementar la generación de kilovatios es una de las pocas certezas que hay en relación con el futuro, lo cual requiere más plantas de producción que aseguren la disponibilidad en cualquier momento o circunstancia.
En este contexto, Colombia no tiene por qué hacer concesiones. Desaparecer gradualmente del grupo de exportadores no serviría en absoluto para frenar el calentamiento global, sino que probablemente abriría las puertas a productores de carbón de menor calidad.
Además, no se pueden ignorar las vulnerabilidades internas, tanto en el ámbito económico como en el social. Eliminar la segunda fuente de ingresos por exportaciones generaría numerosos traumas, lo que no significa que no sea crucial ampliar el espectro para que sectores como el turismo o la agroindustria puedan crecer.
Expresado de otra manera, no se trata de reemplazar, sino de añadir fuentes de desarrollo que permitan edificar una sociedad más equitativa y próspera. Esto puede realizarse de manera más inclusiva y con el máximo respeto por el entorno, incluyendo la restauración de las áreas que han sido explotadas.
También es importante considerar la aparición de tecnologías en campos como el hidrógeno verde. Gracias a la investigación científica, los depósitos de carbón actuales podrían facilitar el acceso a combustibles no contaminantes en un futuro cercano.
Y en esa lista, es esencial sumar las prioridades. Es conocido que las probabilidades de racionamiento eléctrico a partir de 2026 están en aumento debido a que los proyectos que deberían haber comenzado a operar no lo hicieron.
Frente a la inminencia de un corte de energía, el próximo gobierno deberá definir cómo suplir las carencias en el menor tiempo posible. En esa situación, construir plantas de generación térmica impulsadas por carbón, en la boca de mina, no suena nada irracional, incluso si se establecen rigurosas exigencias en cuanto a la contaminación. Cabe recordar que, si no fuera por las existentes, el país ya habría sufrido apagones.
Reconocer estas realidades obliga a detectar los cuellos de botella, que son muchos. Estos van desde los bloqueos, como los que repetidamente afectan al tren que transporta el mineral del Cerrejón a Puerto Bolívar, en La Guajira, hasta una carga fiscal superior a la de otras actividades. Por ejemplo, tras la declaración de conmoción interior en el Catatumbo se instituyó un tributo que afecta directamente las exportaciones de carbón.
Es prudente actuar, a la luz de los nuevos escenarios en el ámbito internacional. En caso de que la apertura estadounidense hacia Rusia resulte en la eliminación de las sanciones impuestas a Moscú, es más probable que la oferta aumente y los precios del mineral se desplomen.
Si esto sucediera, la situación para Colombia se volvería desafiante. Una de las razones es que varios de nuestros clientes importantes se encuentran en Asia, como sucede con Corea del Sur, India o Japón. Además, sería necesario reactivar las relaciones con Israel, cuyas puertas están cerradas actualmente debido a la situación en Gaza y las sanciones impuestas por Bogotá, además de explorar nuevos mercados.
No obstante, lo más primordial es eliminar la incertidumbre actual que surge no solo de posturas ideológicas, sino de verdades incompletas o la difusión de datos falsos. Cualquier trayecto que se decida requiere comenzar con un análisis sincero que busque reparar los errores del pasado y, al mismo tiempo, captar el interés de los inversionistas que podrían estar interesados incluso en la creación de cadenas industriales dentro del país, debido a las ventajas competitivas del carbón colombiano.
Nada de esto será viable sin una política pública estable y comprensiva. Sin restar importancia a sus compromisos con la sostenibilidad ambiental, el país tiene cómo mantenerse relevante en un sector que sería erróneo eliminar y más aún si se intenta hacerlo por vías indirectas.
En última instancia, el desafío es que, en lugar de sustituir unos problemas por otros, haya espacio para las soluciones. Como menciona Juan Camilo Nariño, presidente de la Asociación Colombiana de Minería, “no se trata de borrar lo que hemos hecho en el pasado, sino de forjar un futuro mejor en el cual el carbón tiene un papel significativo que desempeñar”.
RICARDO ÁVILA PINTO
Especial para EL TIEMPO
En X: @ravilapinto




