En Colombia, las leucemias agudas representan la principal causa de cáncer en menores de 18 años. De acuerdo con el Instituto Nacional de Salud (INS), la tasa de notificación en esta población fue de 12,8 por cada 100.000 habitantes durante 2023.
Dentro de esa cifra, las leucemias —incluyendo la leucemia linfoide aguda (LLA), la leucemia mieloide aguda (LMA) y otras variantes— concentraron el 38 % de los casos notificados, con mayor impacto en niños entre 1 y 9 años.
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La LLA continúa siendo el cáncer hematológico más frecuente en el país, con una tasa estimada de 3,7 casos por cada 100.000 menores de 18 años. Según el INS, “las leucemias agudas tienen la mayor incidencia de cáncer en menores de edad en Colombia: 4,6 casos por cada 100.000”.
El panorama refleja una situación compleja en materia de detección. La ausencia de programas sistemáticos de diagnóstico temprano dificulta la identificación oportuna de la enfermedad en jóvenes, cuyos síntomas suelen confundirse con afecciones comunes. “En Colombia, la falta de programas de detección temprana dificulta el diagnóstico oportuno del cáncer en jóvenes”, señala el informe técnico.
A nivel global, la carga de la enfermedad también es significativa. En 2022 se diagnosticaron más de 275.000 niños y adolescentes con cáncer en el mundo, y se estimaron 105.645 fallecimientos en menores de 19 años, lo que equivale a una tasa ajustada de 4,1 por cada 100.000 habitantes, según el Observatorio Global del Cáncer (Globocan). Colombia ocupa el octavo lugar en la región en cuanto a incidencia estandarizada de leucemias en menores de 19 años.
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La leucemia linfoide aguda (LLA) es el tipo más frecuente, con 3,7 casos por cada 100.000 menores de 18 años.
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La leucemia se origina cuando algunas células sanguíneas adquieren mutaciones genéticas que alteran su comportamiento normal. “El ADN contiene las instrucciones que indican a la célula cuándo crecer y cuándo morir. En la leucemia, las mutaciones comunican a las células sanguíneas que continúen creciendo y dividiéndose”, explican. Como resultado, la médula ósea produce células anormales que desplazan a las sanas, reduciendo la cantidad de glóbulos rojos, blancos y plaquetas en buen estado.
El desarrollo de la enfermedad puede ser agudo o crónico, dependiendo de la velocidad de proliferación de las células afectadas. En la leucemia aguda, las células inmaduras se multiplican rápidamente y la enfermedad avanza con rapidez, lo que exige un tratamiento oportuno y agresivo. En la leucemia crónica, las células más maduras se acumulan lentamente y pueden no causar síntomas durante varios años. Además, la clasificación médica distingue entre leucemias linfocíticas, que afectan los linfocitos del sistema inmunitario, y leucemias mielógenas, que comprometen las células precursoras de glóbulos rojos, blancos y plaquetas.
Entre los factores de riesgo identificados se incluyen los tratamientos previos con quimioterapia o radioterapia, ciertos trastornos genéticos como el síndrome de Down, la exposición a sustancias químicas como el benceno, el tabaquismo y los antecedentes familiares de la enfermedad. Los síntomas iniciales suelen ser inespecíficos: agotamiento, palidez, pérdida de peso y sudoración nocturna, signos que con frecuencia se atribuyen a infecciones leves. En fases más avanzadas pueden presentarse moretones, sangrados frecuentes, sensibilidad térmica y dolor bajo la caja torácica por aumento del hígado o del bazo.
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El Plan Decenal de Salud Pública 2022-2031 busca reducir la mortalidad por cáncer infantil a menos de 4 casos por cada 100.000 habitantes y alcanzar tasas de supervivencia superiores al 70 %.
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El Plan Decenal de Salud Pública 2022-2031 fijó metas para reducir la mortalidad infantil por cáncer a menos de 4 casos por cada 100.000 habitantes y garantizar que los menores con leucemia aguda reciban tratamiento dentro de los cinco días posteriores al diagnóstico. También contempla lograr tasas de supervivencia superiores al 70 % en los casos atendidos.
Las autoridades sanitarias recomiendan mantener los controles periódicos tras el tratamiento. “Durante las citas de seguimiento, los médicos evalúan los síntomas, realizan análisis de sangre y exámenes de médula ósea para determinar si existen signos de recaída”, señalan.
Si bien no existe una medida preventiva específica, los especialistas coinciden en que adoptar hábitos saludables —como evitar el consumo de tabaco, realizar actividad física y mantener una alimentación equilibrada— puede contribuir a reducir el riesgo de complicaciones y favorecer una recuperación más estable en los pacientes diagnosticados.
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DIANA K. RODRÍGUEZ T.
Periodista de Portafolio

