Sir Alec Guinness no solo reprochaba a España su obsesión por encarcelar a Augusto Pinochet, cuando ese país primitivo ni siquiera había ajustado cuentas con Franco. También denigraba las interpretaciones de Adolf Hitler que se esforzaban por satanizarlo, «olvidando que no era un monstruo, sino un hombre que acariciaba a los niños y que sabía sonreír».