Irati Gorostidi acaba de cumplir 37 años, y lleva una década embarcada en la investigación de la comuna hippie Arco Iris, que floreció en 1978 en un caserón del valle de Lizaso (Navarra). En el documental Simón 62 (2022), mostró que aquel caserón alberga hoy monjes de clausura; en el corto Contadores (2023), con el que viajó a Cannes, recreó las raíces obreras de la comuna, y hasta el 6 de enero puede verse en Tabakalera (San Sebastián) su instalación inmersiva Arcoíris 82. Aunque la guinda es Aro berria –Nueva era en euskera–, película que se presentó en el Festival de San Sebastián, una mezcla de reconstrucción histórica y de experiencia sensorial extrema que recrea los rituales de sexo tántrico a los que se entregaban los miembros de la comuna.

¿El pasado de sus padres en Arco Iris ha sido un tema en su familia?

En casa no se hablaba mucho de eso. Fue muy impactante descubrir fotos en las que vi que no sólo habían vivido en una comuna, sino que ahí se hacían cosas muy raras. Luego me impactó que no sólo fueron los cien que vivían en Lizaso, sino otros miles que se apuntaron a los cursos de meditación que eran la principal fuente de ingresos. Me pareció muy llamativo que tanta gente que tenía su familia afuera se metiera en estos procesos tan intensos y luego volviera a su vida.

Entre esos procesos hay una larga sesión de sexo sin penetración en grupo, ¿es eso sexo tántrico?

Sí, esa secuencia refleja una búsqueda de la liberación sexual, después de 40 años de dictadura donde todo lo que no era la reproducción de la familia se consideraba pecado. Crecieron con todo ese discurso super interiorizado en sus cuerpos y la manera de superarlo fue ese tipo de prácticas. Esa secuencia dialoga con la de la catarsis, que es la expresión de emociones muy reprimidas y viscerales. Las dos escenas quieren ser una experiencia para el espectador, que pueda sentir que está en esa carpa con ellos.

¿No cree que quizás se fueron de un extremo al otro, como si se hubieran perdido algo en medio?

Es posible. Yo lo entiendo desde esa voluntad de ruptura radical. No se trataba solo de cambiar el sistema político, sino también la forma de relacionarse, de tener sexo, de vivirlo todo. En la película se menciona a Wilhelm Reich, un pensador que influyó mucho en los movimientos sociales de la época, y su teoría, resumida en plan burdo, sería “si tienes mal sexo, votas fascismo”.

No se trataba solo de cambiar el sistema político, sino también la forma de relacionarse, de tener sexo, de vivirlo todo

¿Por eso la película arranca con una reunión sindical?

Sí, porque estaban en un proceso revolucionario, y quisieron trasladarlo a la esfera íntima y afectiva. Era un momento de cambio en la organización de la lucha obrera, que salía de la clandestinidad, de una forma más asamblearia a otro tipo de organización.

Volviendo a esas escenas, ¿cómo coreografió a 50 personas retorciéndose de esas maneras?

No quiero desvelarlo todo, porque creo que es interesante que el espectador se haga preguntas. Pero es una mezcla de realidad y de ficción, y es muy difícil saber dónde está el límite, incluso para mí. Hemos elegido a los participantes en función de su experiencia en prácticas de este tipo. Se movían muchas cosas en esa carpa en esos momentos. Sobre todo a nivel grupal. Era muy potente.

Si son tan largas las escenas, ¿es para provocar un efecto inmersivo?

La experiencia tiene que ser inmersiva porque esas imágenes, si no se sostienen en el tiempo, son anecdóticas. Lo potente es ver cómo empiezan y en qué estados van entrando. Creo que permiten al espectador algo cercano a experimentar ese tipo de prácticas, ver a dónde te llevan y vivir emociones que pueden ser incómodas.

¿Es consciente de que las comunas hippies suelen provocar rechazo?

Eso es porque a veces han derivado en una secta, ya que son contextos en los que es fácil que se den abusos de poder. Pero está bien recordar que hubo una voluntad de organizarse de otra manera. Al menos intentaron buscar alternativas a la vida alienante del sistema capitalista y planteárselo de forma práctica, no tanto desde la especulación teórica. En ese sentido me identifico mucho con el impulso, con lo que les atrajo a esa comunidad.


Fotograma de la película

¿Por qué cree que desapareció Arco Iris?

Por distintos motivos. Tenía un nivel de intensidad que dura lo que dura, y a partir de la caída del muro de Berlín fue más difícil creer en las utopías.

¿Cree que queda algo de todo eso hoy en día?

A mí me atrae mucho la idea del “cohousing”, una forma de vida no tan comunitaria, pero compartiendo algunos aspectos del día a día, como un acompañamiento en la crianza y en los cuidados de la vejez, pensando en un círculo afectivo que no se reduzca solamente al ámbito de la pareja. Hay proyectos de viviendas cooperativas que funcionan y hacen la vida más llevadera.

¿Sus padres quedaron marcados por la experiencia? ¿A qué se dedican?

Sí que les marcó. Eran vegetarianos y mi padre se ha dedicado al Tai Chi y a la meditación, y mi madre también estuvo en herboristerías, cosas que, de alguna manera, estaban relacionadas. Pero mis padres sólo fueron el punto de partida, la película recoge experiencias de muchísimas personas que he ido fusionando en la ficción. Para mí ha sido un trabajo de autoconocimiento muy interesante, que me ha transformado muchísimo.