Si la dejasteis pasar en su día en cines, desde hoy tenéis disponible en Prime Video la película Respira protagonizada por Milla Jovovich y Jennifer Hudson.

En ella el suministro de aire es escaso en un futuro cercano, lo que obliga a una madre y una hija a luchar para sobrevivir cuando dos extraños llegan desesperados por un refugio oxigenado.

RESPIRA: CRÍTICA DE LA PELÍCULA
Parece que la obsesión de Hollywood por aniquilar a la raza humana no tiene fin, mutando de una catástrofe a otra con la esperanza de encontrar la fórmula definitiva del miedo. Si hace unos años eran los zombis los que monopolizaban nuestras pesadillas y después pasamos por una pandemia global que la realidad se encargó de superar, ahora el cine de supervivencia parece haberse estancado en la privación sensorial y elemental. Si en “Un lugar tranquilo” no podías hacer ruido y en “A ciegas” no podías mirar, en “Breathe” (2024) la premisa se reduce a lo más básico: no puedes respirar. Stefon Bristol (“See You Yesterday”) regresa a la silla de director, aunque esta vez cambia los viajes en el tiempo y la crítica social afilada por un futuro distópico que, irónicamente, se queda sin aire a los veinte minutos de metraje.

La película nos sitúa en un planeta Tierra que ha decidido tirar la toalla. Tras un evento de extinción masiva —cuyos detalles se despachan con la habitual vaguedad para no distraer al personal—, la atmósfera se ha vuelto irrespirable y el paisaje se ha teñido de un tono ocre perpetuo, como si alguien hubiera aplicado un filtro de Instagram de “atardecer en Marte” y se le hubiera roto el botón de deshacer. En este escenario desolador, Maya (Jennifer Hudson) y su hija Zora (Quvenhané Wallis) viven atrincheradas en un búnker subterráneo, sobreviviendo gracias a un generador de oxígeno diseñado por el padre de familia, Darius (Common), quien convenientemente ha desaparecido para dejar que las mujeres carguen con el peso dramático de la función. La rutina de supervivencia, que podría haber sido un estudio interesante sobre el aislamiento y la locura, se rompe rápidamente con la llegada de unos extraños que afirman conocer al marido ausente.

Aquí es donde la cinta empieza a mostrar sus costuras, revelando que, en el fondo, no estamos ante una gran obra de ciencia ficción especulativa, sino ante un “home invasion” de manual disfrazado con máscaras de gas y trajes de protección llenos de polvo. La líder de los recién llegados es Tess, interpretada por una Milla Jovovich que parece haber aceptado su destino como la reina indiscutible del cine apocalíptico de serie B. Jovovich, lejos de sus días de gloria matando zombis en Raccoon City, ofrece aquí una actuación que oscila entre la amenaza calculadora y el cansancio visible, como si ella misma fuera consciente de que el guion no le exige más que poner cara de pocos amigos y empuñar un arma con estilo. Su objetivo es simple: entrar, conseguir la tecnología que les permita respirar y, si es necesario, pasar por encima de quien sea.

El mayor problema de la película no es su falta de originalidad, algo que a estas alturas casi damos por descontado en el género, sino su incapacidad para generar una tensión genuina que justifique su existencia. El guion, escrito por Doug Simon, comete el pecado capital de hacer que personajes supuestamente inteligentes tomen decisiones estúpidas al servicio de la trama. Ver a Jennifer Hudson, una actriz con un Óscar en la estantería y un talento vocal descomunal, reducida a un papel que le exige poco más que jadear, gritar y mirar monitores con preocupación, es un desperdicio de recursos que clama al cielo. Su personaje, Maya, debería ser una madre coraje, una leona protegiendo a su cría, pero la escritura la convierte en un manojo de nervios que a menudo parece olvidar las reglas básicas de supervivencia que se supone que lleva años practicando.

Por otro lado, tenemos a Quvenhané Wallis, aquella niña prodigio de “Bestias del sur salvaje”, que ya ha crecido y trata de dotar a su personaje, Zora, de una rebeldía adolescente que choca frontalmente con la gravedad de la situación. La dinámica madre-hija, que debería ser el corazón emocional que bombea sangre a la historia, se siente forzada y, por momentos, irritante. Las discusiones familiares en medio de un apocalipsis irrespirable tienen un pase, pero cuando estas ponen en peligro la seguridad del refugio cada cinco minutos, la empatía del espectador empieza a asfixiarse. Es difícil temer por la vida de los protagonistas cuando uno pasa gran parte del metraje deseando entrar en la pantalla para cerrarles la puerta que se han dejado abierta o para decirles que dejen de gastar el poco oxígeno que tienen en gritos histéricos.

A medida que avanza la trama y el conflicto escala, la película se adentra en un territorio predecible de tiroteos, traiciones y sacrificios heroicos que hemos visto mil veces. La premisa del oxígeno como moneda de cambio y recurso finito se diluye en favor de la acción convencional, desaprovechando la oportunidad de explorar dilemas morales más profundos. ¿Hasta dónde llegarías por una bocanada de aire limpio? “Respira” plantea la pregunta, pero está demasiado ocupada haciendo que sus personajes corran por pasillos oscuros como para detenerse a responderla con algo de sustancia. Incluso el clímax, que intenta ofrecer un giro y una resolución catártica, se siente precipitado y poco merecido, dejando una sensación de “ya visto” que ni siquiera la presencia de Sam Worthington en un papel secundario (y olvidable) logra mitigar.

Si decidís verla, hacedlo bajo vuestra propia responsabilidad, pero no digáis que no os avisé: es probable que al terminar sintáis la necesidad imperiosa de abrir una ventana y respirar hondo, solo para aseguraros de que el mundo sigue ahí fuera, mucho más interesante y vivo que lo que acabáis de presenciar en pantalla.

R. Martín