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¿Cuántos muertos tiene que poner el fútbol para que se tomen medidas serias contra los violentos?… (Opinión)

El estadio General Santander de Cúcuta. El partido contra Atlético Bucaramanga. El cierre de fronteras de la capital de Norte de Santander. Una presunta riña entre barras bravas. Una puñalada en el pecho. Un hincha del Bucaramanga muerto. La violencia vuelve a marcar la agenda del fútbol colombiano.
Es la confirmación de que las medidas que se anuncian después de cada escándalo de violencia en los estadios siguen siendo reactivas, simbólicas e inservibles. El problema no es la falta de comunicados ni de ruedas de prensa, mucho menos poner en fondo negro el logo de la Dimayor como símbolo de luto.
Las soluciones restrictivas no han funcionado
Esta tragedia evidencia la ausencia de una política sostenida que entienda el estadio como un espacio social y no solamente como un perímetro de seguridad.
Disturbios en Cúcuta Foto:Captura de pantalla
Desde hace años, la respuesta institucional se repite como un libreto de copiar y pegar: sanciones a tribunas, partidos a puerta cerrada, prohibiciones temporales de ingreso y promesas de controles más estrictos por parte de la Dimayor.
A eso se suman los cierres de fronteras entre ciudades vecinas decretados por alcaldías, puras restricciones que la gente “se pasa por la galleta” y que, además, castigan al hincha común, mientras dejan intactas las estructuras que sostienen la violencia.
Disturbios en Cúcuta Foto:Captura de pantalla
Las soluciones restrictivas no han funcionado y hay cientos de titulares que lo confirman: por cada muerto, cada herido, cada estadio dañado, cada local destruido cerca del escenario deportivo.
Siempre, siempre, los violentos han encontrado la manera de mantenerse en el fútbol, por una razón sencilla: esto hace parte de esta sociedad. Es el mismo comportamiento del que se pega del pito porque no le dan la vía, del que insulta al otro cuando lo rozan, o del que golpea a sus hijos con lo que encuentra para “educarlos”.
Disturbios en Cúcuta Foto:Captura de pantalla
El caso del hincha de Bucaramanga vuelve a exponer la fragilidad de un sistema que no cuenta ni con identificación ni con seguimiento. Sin una base de datos nacional efectiva, sin mecanismos reales de trazabilidad y sin coordinación entre clubes, autoridades y Dimayor, las sanciones se diluyen. El violento sale por una puerta y entra por la otra.
El fútbol es un espectáculo privado, pero también es el mejor reflejo de la sociedad colombiana: una que no invierte en formación, prevención ni en lo social, que son las herramientas que realmente pueden desactivar la agresión antes de que estalle.
Disturbios en Cúcuta Foto:Captura de pantalla
El discurso oficial insiste en que el fútbol es una fiesta, pero la experiencia de muchos hinchas se parece más a una carrera de obstáculos.
Familias que prefieren quedarse en casa, niños que crecen viendo los partidos por televisión porque el estadio no es un lugar seguro. La violencia no solo expulsa personas de las tribunas: distorsiona la esencia misma del fútbol como punto de encuentro.
El fútbol colombiano necesita pasar de la reacción a la prevención. De lo contrario, las medidas seguirán siendo titulares de un día y la violencia, una costumbre de siempre.
Camila Espinosa
para EL TIEMPO
@Camilanoticia1







