Colombia
Además de ser alcalde, a Lucho Garzón le gusta celebrar, bailar al ritmo de Daniel Santos y su Sonora Matancera: perfil de 2003

Cuando la profesora Inés lo vio escribir sus primeras planas con la zurda, le dijo “enviado del diablo”, le amarró la mano satánica a la espalda y lo obligó a aprender a escribir con la derecha, como era el derecho. Tenía 8 años, estudiaba en la escuela Palermo y esa fue la primera vez que Lucho Garzón se sintió atacado por cuenta de la izquierda.
Una izquierda que, además de ser su aliada a la hora de escribir o de patear un balón, se convirtió en una obsesión que lo llevó a una cartera sindical, que lo obligó a salir dos veces del país por cuenta de las amenazas, que lo impulsó a inscribirse en una frustrada lista al Senado, que lo hizo pelear con godos pero también discutir con muchos compañeros, que lo motivó a lanzarse como candidato presidencial conquistando más de 670 mil votos y que, este año, le regaló. el mayor triunfo de la izquierda democrática en el país. Con una votación histórica de 794.020 votos, Lucho Garzón obtuvo el tiquete a la Alcaldía de Bogotá.

Lucho Garzón con su padre cuando era niño.
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Aparte de unos cuantos semestres nocturnos de derecho en la Universidad Libre, Garzón se formó en la carrera de la vida. Una vida que, de pequeño, giraba alrededor de las escenas que construía desde su casa, en la parte alta de la funeraria Gaviria de la calle 43 con 13. “El plan era asomarse por la ventana y armar un cuento diferente con cada velorio —recuerda Lucho—. Me quería adivinar quién era la vida, quiénes eran los parientes que sufrían y cuáles iban solo a chismosear. Crecí en medio de muertos y floristerías y por eso no me gusta regalar flores. Si de detalles se trata, prefiero una buena fiesta con vinos y serenata”.
Sí, a Lucho le gusta celebrar. Bailar en Café y Libro o en Son Salomé al ritmo de Daniel Santos y su Sonora Matancera. Abrazar el 31 de diciembre a doña Eloísa, su madre, a su compañera Marcela y a sus hijos Eduardo Andrés y Ricardo. Y apagar las velas el 15 de febrero, en una gran ceremonia que se convierte en un homenaje a la vida ya todas esas fiestas que, de chiquita, no pudo tener.
Hasta los 10 años vivió en la casa de los alemanes Hilda y Werner, donde doña Eloísa trabajaba como empleada doméstica. Una familia estricta que le enseñó valores como la honestidad, la lealtad o la puntualidad, pero que también le marcó diferencias que a duras penas entendía. “Quiero mucho a los alemanes, pero vivir en esa casa me generaba muchas preguntas”, dice. No podía entender por qué el hijo de la muchacha tenía que ir a la escuela a pie y sin lonchera mientras que a los hijos de los señores los recogía el autobús azul del colegio Andina. La respuesta era sencilla: porque en la cocina estaban el olor a cebolla, las ollas sucias, el perro y el hijo de la muchacha.
El primer recuerdo es el de la primera comunión, en la iglesia Santa Teresita, a los 7 años, con el padre Benigno y con un vesti do y un misal regalados por los alemanes.

Bogotá, agosto 29/03. Lucho Garzón, candidato a la alcaldía de Bogotá por el Polo Democrático.Foto Claudia Rubio/El Tiempo Digital
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“Por la tarde, después de la ceremonia, estaba jugando con unos amigos en la avenida Caracas con 43 cuando un señor se acercó a preguntar quién era el hijo de Eloísa. Entonces levanté la mano, el señor me miró y me pasó un billete de dos pesos. Muchos años después me enteré de que era mi padre”.
Un padre que nunca estuvo. Porque Lucho es hijo de madre soltera, al igual que su madre. Una madre que se dedicó a lavar ropa ya planchar, mientras oía radionovelas y cantaba rancheras. Y el hijo, con la banda sonora que decía “Ya vamos llegando a Pénjamo, ya brillan allá sus cúpulas…”, intentaba completar la plana con la mano derecha.
Fue buen estudiante, juicioso y ordenado, a pesar de que buena parte de la adolescencia la vivió escapado de su casa, tentando la noche y ganándose unos pesos a punta de hacerles mandados a las prostitutas y de comprarles aguardiente a los borrachos. Ahí, alumbrado por la luna, se enamoró por primera vez a los 12 años. Nunca supo su nombre. Solo sabía que se paraba en la misma esquina, con esa falda que parecía de colegiala. “Siempre me decía ‘monito’ y me daba la plata para que le comprara chicles. Pero yo quería que me viera como a un hombre, por eso un día seguí los consejos de un amigo que me dijo que si me untaba petróleo la barba me crecía. Pero no lo logró. La barba no creció y ella me siguió diciendo ‘monito’”.

Bogotá, agosto 29/03. Lucho Garzón, candidato a la alcaldía de Bogotá por el Polo Democrático.
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el trabajador
Después de intentar como cadi, carpintero, maletero y vendedor de avisos, entró a trabajar a Ecopetrol como mensajero de la oficina de relaciones públicas. allí comenzó una carrera sindical que duró 30 años y que lo llevó a la presidencia de la Unión Sindical Obrera (USO) y de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT).
Ahí conoció a Candelaria Torres, la mujer de Magangué con quien estuvo casado diez años y quien es la madre de sus hijos. Lucho recuerda con humor esa etapa:
“Yo era el presidente de la USO y ella era la recepcionista de Ecopetrol. Me decía ‘el ascensorista’ porque vivía metido en el ascensor para tener la excusa de mirarla cada vez que se abría la puerta. Me casé en la capilla de la casa de los jesuitas, en la calle 66 con 9a., a escondidas porque me avergonzaba que mis amigos izquierdosos supieran que me había casado por la iglesia”.
El amigo más querido fue Leonardo Posada, quien murió asesinado en Barrancabermeja el 30 de agosto de 1986, a las 6 de la tarde. Además de compartir un ideal político, los unían el fútbol, la rumba y la lectura de El Fantasma.

Reconocimiento del Alcalde, Lucho Garzón a las Servidoras y Servidores públicos del Distrito. Evento que reunió a más de 2000 personas en Compensar.
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“Era un tipo muy comprometido, pero muy irreverente. Me repetía que todos los días había algo qué aprender y que la izquierda tenía que cambiar, salir de esa cosa panfletaria. Su muerte me derrumbó, no sólo porque era mi amigo del alma, sino porque generó mi primera pelea fuerte con el sindicalismo. Leonardo se murió porque en la USO se había firmado una convención colectiva que impedía que el hospital de Ecopetrol lo utilizara el pueblo”.
“Allá llegamos con él desangrándose, pero como el servicio era solo para los trabajadores no lo atendieron. Y ahí empezó la discusión. ¿No es suficiente proteger al trabajador, dónde queda la relación con el resto de la sociedad? Leonardo se murió diciéndome que no quería himnos. Él pedía boleros”.
Esos boleros que a Lucho le gusta cantar con Marcela Hernández, su compañera desde hace cinco años, una psicóloga que trabaja en proyectos y programas que reivindican los derechos de los niños, de los jóvenes y de las mujeres.
Y esos boleros con los que crecieron sus hijos Eduardo Andrés y Ricardo, unos cómplices con quienes suele hablar de política, jugar fútbol, subir a Monserrate o comer hamburguesa. Con Eduardo, estudiante de ciencias políticas que durante la campaña fue su secretario privado, se identifica en la pasión por la política. Y con Ricardo se encuentra a la hora de los partidos.

Bogotá, julio 22 de 2003 , Lanzamiento de la campaña a la alcaldía mayor de Bogotá del excandidato presidencial Lucho Garzón
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“Uno de los días más importantes que he vivido con mi papá fue cuando estuvimos tres meses los dos en España y cumplimos con el sueño de ver jugar en vivo al Real Madrid —recuerda Ricardo—. Nos inscribimos en una peña que salía desde Madrid hacia Valladolid y nos compramos camisetas, bufandas y cornetas, pensando que todos iban a ir cantando en el autobús. PAGero en la peña había solo viejitos, que no abrieron la boca durante todo el camino. Eso nos dio mucha risa y aunque no pudimos cantar nos divertimos. Cuando llegamos, caminamos por Valladolid y luego nos fuimos al estadio. Esa noche, el Real empató a un gol”.
Y el padre y los dos hijos se reúnen los domingos para ir a nadar, comer hamburguesas en El Corral y chismosear. Los tres se confiesan chismosos, pero Lucho acepta que es el peor. Le gusta averiguar, preguntar y dar consejos; oficio que complementa con la pasión por las revistas de farándula y las telenovelas.
Es vanidoso y, a pesar de que la pinta despista y hace pensar en un tipo descomplicado, puede tardar varios minutos escogiendo el saco cuello de tortuga y cuidándose muy bien de que las medias salgan con el pantalón. El pelo siempre tendrá que estar bien cortado —característica que le heredó al alemán— y el copete —heredado del cantante Enrique Guzmán— bien peinado.
Pero a pesar de cuidarse la panza, la ropa y el peinado, el diente desportillado se queda así, sin importar la insistencia del dentista y de Ángel Becassino, el publicista que logró arreglárselo en el afiche de la campaña a punta de Photoshop. El diente, que se le quebró cuando camino a la escuela lo atropelló una señora que manejaba un Studebaker, se ha convertido en una marca del pasado. Un pasado que a pesar de las dificultades lo enorgullece y lo llena de nostalgia.
“Espero, algún día, poder escribir una novela de mi papá —dice Eduardo Andrés—. Sería la historia de un luchador, de un niño que durante años rezó para no crecer y poder así entrar gratis a ver los partidos de Millonarios en la tribuna de gorriones, y que, muchos años después, luego de trabajos y sacrificios, es el personaje más importante, el invitado al saque de honor en El Campín”.
MARTA BELTRÁN
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