Apenas unos meses atrás, el mundo hablaba del “milagro argentino”. La inflación comenzaba a ceder, el tipo de cambio se estabilizaba, el FMI volvía a confiar y las inversiones llegaban a raudales. Javier Milei, el excéntrico economista que irrumpió como un vendaval en la política argentina, parecía estar logrando lo imposible: rescatar a su país del abismo económico.

Pero hoy, en medio de tensiones políticas crecientes, una fragmentación legislativa alarmante y viejos fantasmas del pasado que amenazan con regresar, la pregunta resuena con más fuerza que nunca: ¿puede sobrevivir el milagro libertario sin una mayoría política que lo sostenga?


Del colapso al shock: el inicio de la era Milei

Cuando Milei asumió la presidencia en diciembre de 2023, Argentina estaba al borde del colapso. Una inflación anual que superaba el 200%, una economía paralizada y un déficit fiscal que rondaba los 54.000 millones de dólares dibujaban un escenario casi distópico.

La respuesta del nuevo presidente fue contundente: un ajuste fiscal sin anestesia. Recortes a subsidios, congelación de salarios estatales, reducción de empleo público y negociaciones duras con el FMI marcaron el primer tramo de su gobierno. El costo social fue alto: la pobreza aumentó en los primeros meses, el consumo se contrajo y el país quedó sumido en una recesión técnica. Pero el impacto económico no tardó en notarse: superávit primario, inflación controlada y crecimiento de la inversión fueron los frutos tempranos del plan de estabilización.


Estabilización y señales de recuperación

Hacia finales de 2024, el gobierno de Milei comenzó a liberar los controles cambiarios. El cepo fue levantado y, sorprendentemente, el peso se apreció. La inflación mensual bajó del 20% a niveles del 1,5%-2%, y la economía comenzó a mostrar señales de reactivación.

Las exportaciones agrícolas crecieron, los aranceles a la soja y el maíz se redujeron, y la inversión en Vaca Muerta alcanzó cifras récord. Por primera vez en años, Argentina mostraba superávit comercial energético, impulsado por el alza de la producción interna de petróleo y gas.

En paralelo, la confianza en el peso se recuperaba y muchos argentinos empezaron a retirar sus ahorros del mercado informal para volver al sistema bancario formal. El crédito creció y el consumo de bienes durables, como autos y electrodomésticos, se disparó.


El obstáculo político: sin mayoría no hay revolución

Pero no todo es estabilidad económica. Milei ha gobernado, hasta julio de 2025, gracias a los decretos de necesidad y urgencia (DNU). Eso se terminó. A partir de ahora, cada reforma necesitará la aprobación del Congreso, y el escenario es dramático: su partido, La Libertad Avanza, cuenta con solo 39 de los 257 diputados.

Las próximas elecciones legislativas del 26 de octubre serán clave. Milei necesita obtener al menos 90 diputados para asegurar la continuidad de su proyecto. Una cifra casi inalcanzable sin alianzas fuertes.

Y ahí está el problema: el presidente, con su estilo confrontativo, ha quemado puentes con antiguos aliados como el PRO de Mauricio Macri. Las disputas internas, los egos y los choques de egos (el suyo incluido) han dejado a Milei aislado políticamente.


¿Un país dividido o simplemente mal distribuido?

Lo que ocurrió en Rosario lo ejemplifica bien: el peronismo ganó porque la oposición fue dividida. Mientras el oficialismo se presentaba unido, los antiperonistas iban por separado. Resultado: Milei perdió incluso en lugares donde había invertido y mejorado la seguridad.

Si esta división persiste, el peronismo podría recuperar terreno en todo el país. Y como bien señala Fonseca, no basta con tener razón económica si no se tiene poder político para implementar reformas.


Crítica editorial: el costo de la ideología sin estrategia

Javier Milei ha demostrado que, con determinación y coraje, se pueden tomar decisiones impopulares en beneficio del país. Su plan económico ha mostrado resultados sorprendentes. Pero gobernar no es solo tener razón, es construir consensos. Y ahí es donde el presidente falla.

Argentina necesita reformas estructurales profundas, especialmente en el sistema tributario, el sistema judicial y la eficiencia del gasto público. Pero sin mayoría legislativa, sin alianzas sólidas y con una política basada en el culto al ego, el camino hacia una Argentina libre podría truncarse.

Milei quiere ser el Messi del liberalismo, pero no alcanza con tener el talento: hay que tener equipo. Y hoy, su equipo está fracturado.


Conclusión: el futuro de Argentina no depende solo de Milei

Los próximos meses serán decisivos. Si Milei logra reorganizar a la oposición no peronista, reconstruir alianzas y dejar de vivir del pasado, podrá consolidar el milagro económico que muchos ya celebran.

Pero si se encierra en su propio personaje, si sigue gobernando como un outsider sin red política, el riesgo de retroceso es real. Y Argentina no se puede permitir perder otra década.

Porque como bien sabemos los latinoamericanos: los errores de hoy se pagan por generaciones.