Economia
“Lecciones del Apagón Chileno: Reflexiones para Colombia y Latinoamérica”

El corte de energía que se experimentó en gran parte de Chile el 25 de febrero llevó a la evacuación del metro de Santiago, la capital, y sumió a la ciudadanía en el desconcierto.
Foto: AFP – JAVIER TORRES
Resume e infórmame rápido
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
Nadie podía asimilarlo. Ni el famoso cantante Sebastián Yatra, ni la banda juvenil Morat, ni los pasajeros del metro de Santiago, ni los millones de chilenos a los que les fallaron de inmediato los aparatos eléctricos. Así como tampoco los clientes de bancos, los emprendedores mineros, ni las grandes y pequeñas…comerciantes. El 25 de febrero de 2025, hace apenas dos semanas, Chile se quedó sin suministro eléctrico y hasta los hospitales y centros de salud experimentaron interrupciones en sus servicios por más de siete horas.
La vida cotidiana y comercial de una de las principales economías de América Latina se vio trastocada sin previo aviso, ocasionando pérdidas millonarias y un sentimiento de inquietud general. Los eventos deportivos fueron cancelados, las escuelas cerraron sus puertas, las fuerzas del orden fueron movilizadas para vigilar las calles y el célebre Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar detuvo su actividad de ese día, en la que actuaban como artistas principales Yatra y Morat.
La desconfianza, similar a la experimentada en numerosas ocasiones por naciones de América Latina en los últimos dos años, se originó tras una falla en el sistema de interconexión eléctrica del país, cuya causa aún se investiga, al igual que sus repercusiones. Mientras algunos ofrecen justificaciones, otros prometen medidas disciplinarias y muchos más anuncian pleitos por los daños causados; a todos les quedó grabada la sensación de desconcierto durante las siete horas de la repentina interrupción del servicio eléctrico.
Corte de energía, como se le denomina en varios países de la región a esta situación, que va mucho más allá de que las luces no funcionen: esa sensación de parálisis forzada a nivel nacional (que parece sacada de un relato de García Márquez) y de ese frenazo económico inesperado, con todas las repercusiones que ello conlleva.
México, Brasil y Argentina, los otros gigantes de América Latina, también han padecido cortes de energía (por intervalos incluso más prolongados que las siete horas que vivió Chile recientemente) y ni hablar de Venezuela, Cuba y Nicaragua. En este último país ni siquiera existen estadísticas confiables respecto a la cantidad, extensión territorial y duración de cada corte de luz.
En Colombia, la palabra aquella es casi desconocida para la población más joven, ya que hace más de tres décadas no se vive un corte de energía. Sin embargo, en las memorias de los millennials y los adultos mayores resuenan las imágenes de 1992 y 1993, cuando al caer la noche la gente corría a sus casas huyendo de la inseguridad, la venta de velas aumentó, las áreas comerciales contaban con ruidosas e improvisadas plantas generadoras de energía en cada tienda y los electrodomésticos en los hogares se turnaban para dejar de funcionar.
A pesar de los retos climáticos y del crecimiento constante de la demanda de energía, Colombia ha logrado evitar el retorno de los cortes de energía. Y ha conseguido esto gracias a las reformas que se implementaron tras la crisis energética de principios de los años 90. El desastre social y económico causado por esa situación, con racionamientos de hasta nueve horas diarias, impulsó la reestructuración del sector eléctrico y la creación de las leyes 142 y 143 de 1994, que promovieron la liberalización del mercado en los segmentos de generación y comercialización, permitieron la entrada de inversión privada y establecieron una institucionalidad robusta para la regulación y planificación del sector.
Dichas reformas facilitaron la llegada de inversiones superiores a US$30.000 millones y la consolidación de una matriz energética diversificada. El 63 % de la generación de energía en Colombia proviene de fuentes hidroeléctricas, contando con plantas como Hidroituango (1.200 MW en funcionamiento y otros 1.200 MW en construcción), San Carlos (1.200 MW), El Quimbo (400 MW) y Betania (540 MW), administradas por las empresas EPM, Isagén, Enel y Celsia. Además, el país ha fortalecido su capacidad térmica y fomentado fuentes renovables como la energía solar y eólica.
“Después de más de 30 años sin cortes eléctricos, gracias a un diseño de mercado sólido y estable,
y tras haber escuchado en CERAWeek —uno de los acontecimientos energéticos más relevantes del planeta, organizado por S&P Global sobre la necesidad de priorizar la fiabilidad eléctrica—, Colombia debería aprovechar todos los recursos energéticos que posee, ya que el mensaje fundamental que tengo es que el mundo desea contar con opciones y no debemos restringir ningún tipo de tecnología”, afirmó la presidenta de Acolgén, Natalia Gutiérrez, quien además enfatizó algunas enseñanzas adquiridas, entre ellas la relevancia de una complementariedad eficaz entre las tecnologías de generación de energía y la urgencia de un marco regulatorio estable que proporcione confianza a los inversores: “Sin esto, no conseguiremos atraer las inversiones que requerimos tanto en nuevas redes como en nuevas plantas de generación”, manifestó.
Tomás González, exsecretario de Minas y Energía, no duda del vasto potencial de Colombia, pero advierte que la carencia de señales claras ha obstaculizado su materialización. “Durante los últimos 30 años hemos acumulado la inversión necesaria para ampliar el sistema y garantizar la atención de la demanda, pero la última subasta fue un fracaso el año pasado porque no estaban las señales adecuadas”, señala.
A pesar de los progresos, Colombia no está libre de obstáculos. El aumento de la demanda de energía requiere inversiones anuales entre $10,9 y $13,3 billones para asegurar el suministro en la próxima década. Por otro lado, el proceso de transición energética demanda una planificación eficaz en la inclusión de energías renovables, garantizando que estas fuentes sean fiables y complementarias al sistema actual.
“El volumen de energía que consumimos diariamente sigue creciendo, y si la oferta se mantiene sin cambios, en 2026 las plantas que poseemos serán insuficientes para satisfacer las necesidades”, advierte Camilo Marulanda, presidente de Isagén. Según él, las señales regulatorias inconsistentes y la inestabilidad en las políticas tributarias han paralizado varios proyectos. “Hace un par de años, cuando la reforma tributaria eliminó alrededor del 70 % de los beneficios fiscales que tenían los proyectos de energía solar y eólica, eso generó inestabilidad en las reglas del juego”, comenta.
Colombia ha mostrado resistencia ante crisis energéticas, pero su estabilidad en los años venideros dependerá de mantener un marco regulatorio sólido, acelerar la implementación de proyectos de infraestructura y optimizar la eficacia en la distribución y transmisión de energía. Lo que evidencia la región es que los apagones pueden suceder en cualquier instante si no se llevan a cabo las inversiones y ajustes necesarios a tiempo.






